El laicismo como antídoto por Fermín Álvarez Castillo

Publicado en Opinión

Conviene recordar, en este tiempo de incertidumbres y conflictos bélicos, que la defensa de la libertad de conciencia y de la libertad religiosa es fundamento y anclaje de la democracia y de la paz.

A lo largo de la historia de la humanidad, han sido innumerables las guerras, y prácticamente en todas se reconoce el rastro del integrismo religioso. Por eso, ante la barbarie inducida por los de siempre, los intolerantes, se debe alzar la voz en defensa de la libertad, la igualdad y el respeto. Así es como se construye el laicismo, como energía tranquila, serena, inclusiva y democrática. Y es que la laicidad cobra fuerza porque es un movimiento que se nutre de otros. Un movimiento de progreso pacífico, en el que pueden reconocerse y coincidir grupos diferentes, desde los religiosos que apuestan por la pluralidad, hasta los ateos, pasando por racionalistas, librepensadores o agnósticos. Pero, además, la laicidad asienta su propio caudal en el terreno de nuestro tiempo, en el mestizaje de nuestras sociedades, en las personas que se quieren y se respetan con independencia de su color, creencias, orientación sexual u origen.

Nos ha tocado compartir un momento en el que la mundialización de la economía, la revolución de los transportes y la tecnológica, están generando cambios rápidos y a gran escala. Cambios que probablemente sólo pueden compararse a los que se produjeron con la revolución industrial y que, lógicamente, están generando inseguridades e incertidumbres. Así, ante la caída de los grandes dogmas y de determinadas certezas, puede tomarse el camino que nos separa o aquel que nos une, suma y reúne en la convivencia y la confianza. Debemos creer y defender, pues, que el espacio público es el único camino que nos permite avanzar sin dejar a nadie atrás. Así, debemos apostar por las libertades, por los derechos de ciudadanía, por la solidaridad por encima de las diferencias culturales e identidades particulares, reconociendo los valores comunes y aceptando que nuestra diversidad es una fuente de riqueza. Debemos apostar, pues, por los espacios de encuentro y por el laicismo como clave de futuro.

Por todo ello, debemos decir no a los fundamentalismos, a los particularismos excluyentes, a cualquier expresión que fomente el machismo, el racismo y la homofobia. Y debemos decir sí a la solidaridad, al respeto y a la integración desde la diferencia de cada cual. Sí, ahora más que nunca, a la Alianza de Civilizaciones, no sólo a escala global, sino también en nuestras casas, barrios, ciudades. Un sí laico. Y es que la diversidad de nuestra sociedad, que es nuestra riqueza, marca la urgencia de avanzar hacia la laicidad. Porque el laicismo es el antídoto de todos los integrismos religiosos y extremismos políticos.

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