Nunca habrá una solución militar por Daniel Barenboim

Publicado en Opinión

La primera escala de ese largo viaje fue Salzburgo, donde participé en el concierto de clausura de la clase magistralque impartía en verano el director Ígor Markevitch. Tardamos 52 horas enrealizar todo el periplo, con paradas en Montevideo, Río de Janeiro, São Paulo,Recife, isla del Sol y Madrid. Posteriormente, en Roma, tomamos un tren condirección a Salzburgo. A los nueve años, yo sólo hablaba español y un poco deyiddish, que había aprendido de mi abuela. Eso no era un gran problema, ya queno pretendíamos quedarnos en Austria y, en general, yo estaría en compañía deotros músicos. Aunque en Buenos Aires no había sido consciente de que ser judíopudiera ser un problema, en Salzburgo sí empecé a percibirlo. Un día, unosamigos hebreos me llevaron a una imponente cascada de Badgastein y me dijeronque, durante la época nazi, habían arrojado allí a judíos. Así atisbé porprimera vez cuál había sido la suerte del pueblo judío. Los relatos delHolocausto que relataban mis padres también me habían perturbado profundamente,aunque en esa época no pudiera comprenderlos del todo.

En diciembre de 1952 llegamos a Israel. Erainvierno, el año escolar ya había empezado, y yo tenía que aprender otroalfabeto y otro idioma. No fue nada fácil, pero, como era un chico pococomplicado y extrovertido, no tardé en adaptarme, comenzando así una nuevavida, maravillosa y muy intensa. Todo estaba a punto de cambiar y de avanzar.¡Imagínense que fue precisamente en las calles de Tel Aviv donde aprendí ajugar al fútbol! Posteriormente, entré a formar parte de un movimiento juvenily todavía recuerdo lo mucho que menospreciábamos a los hombres con bigote y alas chicas de labios pintados. Teníamos la sensación de que eran superficiales,que simplemente no tenían sustancia.

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