Nunca habrá una solución militar por Daniel Barenboim

Publicado en Opinión

Las consecuencias de la guerra habían dejadoprofundas cicatrices en la Europa de los años cincuenta. Al estar a caballoentre dos mundos, el contraste entre el Viejo Continente e Israel me parecíaespecialmente acusado. En esa época, éste era el Estado más social e idealistaque se pudiera imaginar. Fue una suerte que el país y nosotros fuéramos jóvenesal mismo tiempo. Nadie tenía la sensación de estar trabajando para el Estado,porque no existía tal cosa. El Estado evolucionaba literalmente ante nuestrospropios ojos y alimentaba nuestro idealismo, nuestro compromiso diario, nuestrotrabajo. Los judíos de Israel ya no tenían que ocupar únicamente las llamadasprofesiones liberales desempeñadas en la diáspora (las de artista, abogado,médico o banquero), sino que también podían dedicarse a la agricultura, o serpolicías, soldados o, llegado el caso, hasta delincuentes. El Estado y lapatria, la patria y el Estado se fundieron hasta convertirse en una sola cosa.

La izquierda israelí, el Partido Laborista,estuvo en el poder hasta 1977, algo que se olvida con frecuencia. Fueron 29años. ¿Y por qué? Después de la Guerra de Independencia de 1948, lostradicionalistas no tenían nada que hacer, puesto que la contienda ya estabaganada. Los judíos religiosos seguían esperando al Mesías. De manera que lo quequedaba eran los socialistas. Los vientos no cambiaron hasta después de laGuerra de los Seis Días de 1967. La idea de un Israel de base perdió pie. Derepente, había mano de obra más barata procedente de los territorios palestinosy, no mucho después, aparecieron los primeros millonarios israelíes. El sistemasocialista perdió su equilibrio; la concepción del Estado se tambaleó.

Yo me crié en Israel con una cultura y unosvalores europeos; la directora de mi instituto de secundaria era historiadoradel arte, la clase de mujer que uno encontraría en Berlín-Dahlem. A mí esto mevenía al pelo, porque en mi fase de rebeldía adolescente no quería tenerrelación alguna ni con Argentina, ni con la lengua española, ni con nada quetuviera que ver con la diáspora. Para mí, todo eso era historia. Lo que contabaera el presente y el futuro de Israel. A los 19 o 20 años me convocaron pararealizar el servicio militar obligatorio en el Ejército argentino. Logréposponer el alistamiento dos veces, hasta que finalmente aduje que miciudadanía israelí debía eximirme de ese servicio. El resultado fue que, aexcepción de Israel, podía ir a cualquier sitio con mi pasaporte argentino, yque con el israelí podía viajar a cualquier lugar, salvo a Argentina.

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