Ankara, Bruselas, Madrid, Rabat: un hilo conductor por Máximo Cajal

Publicado en Opinión

EL PAÍS 28/11/05

La Alianza de Civilizaciones tiene vocación universal, como universal es la amenaza cuyas causas más profundas también trata de combatir; el riesgo creciente de que la brecha abierta en el seno de la comunidad de naciones sea insalvable, acabe convirtiéndose en trinchera, y socave la paz y la estabilidad internacionales.

Para hacer frente a esa minoría violenta que practica el odio y la intolerancia no basta con la sola respuesta de las fuerzas de seguridad, por mucho que consigan desbaratar numerosas conspiraciones terroristas o detener a los responsables de los atentados cometidos, ya que no conseguirán disuadir o intimidar a cuantos están dispuestos a seguir sus pasos. Porque de lo que se trata es de erradicar la semilla de una perversión, implantada por quienes predican el extremismo y la exclusión en unas mentes que no dudan en sacrificar a los demás al precio incluso de sus propias vidas. Sumidos como estamos en el temor y en la perplejidad, este fenómeno brutal ha provocado, por sus dimensiones, la aparición de una conciencia generalizada de que es vital hacer lo imposible para atajarlo, para poner fin a esta deriva sangrienta. Que es acuciante una movilización de los gobiernos, de los organismos internacionales y, sobre todo, de la sociedad civil para fortalecer el entendimiento mutuo y el respeto a los valores compartidos.

Pero si las medidas policiales no bastan, tampoco es solución el recurso a las fuerzas armadas, por cuanto el adversario no es identificable ni cuantificable. Puede ocultarse tras la puerta de al lado, ser nuestro vecino, en Madrid, en París y en Londres, pero también en Moscú, en Ammán, en El Cairo o en Kuala Lumpur. ¡La guerra!, que centuplica el rencor y su secuela de daños colaterales. ¿Acaso lo es el recurso exclusivo y obediente al Gran Hermano? La vuelta al unilateralismo, que también algunos reclaman, los que descalifican groseramente a la Alianza de Civilizaciones -pues se diría que andamos sobrados de remedios-, sin concederle siquiera el beneficio de la duda. Los mismos que proponen meter a la OTAN en el conflicto de Oriente Medio, receta ideal para atizar más, si cabe, el resentimiento árabe contra Occidente. O cuya imaginativa aportación a la reforma de las Naciones Unidas, que desean ver muertas, se circunscribe a dejar el monopolio del derecho de veto en manos de Washington.

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