Cristianos, moros y un grupo de judíos con greñas por Vicente Molina Fox

Publicado en Opinión

En mi infancia, y quizá todavía hoy, este episodio de lucha libre y conversión portentosa era el favorito de los niños, llevados numerosamente por las familias al templo sobre todo en la representación del 15 de agosto. Inesperada entre tanta liturgia y en lugar tan decoroso, es fácil de imaginar la pasión del público infantil por la tradicionalmente llamada joià (judiada), que deja traslucir, es evidente, un antiguo poso de maniqueísmo hasta hace no muchos años subrayado por el trazo caricaturesco de alguno de los judíos y en especial del más exaltado, aquél a quien María Virgen agarrota el brazo; durante décadas, el personaje lo interpretó un hombre entregado al Misteri y querido en la ciudad, el legendario Manolico el Obreret, y las greñas de pincho de su peluca constituían un motivo de especial atención y regocijo para los más pequeños de la parroquia. Los responsables del Misterio de Elche, dentro de un constante proceso de revisión de las partes musicales y escénicas de la obra, han cuidado también -sin que ninguna comunidad judaica lo reclamase- la caracterización teatral de los hebreos, que, aunque siguen representando el esquemático factor de discordia basada en una visión dogmática muy elemental, llevan ahora un vestuario elegante y digno, pelucas bien peinadas, y sufren, por así decirlo, una conversión menos farandulera.

También últimamente se producen cambios en las celebraciones de moros y cristianos tan extendidas por todo el Levante español. En el mismo Elche desfilan en agosto estas comparsas, junto a cartagineses, fenicios y pobladores más antiguos, pero los moros y cristianos de mayor espectacularidad que yo conozca en mi provincia son los de Alcoi, Xixona y La Vila-Joiosa; en esta última, como en El Campello, los invasores norteafricanos llegan en barcas, lo que permite vistosas escaramuzas en la playa. Como refrenda la historia de España, los musulmanes son al fin de la contienda derrotados, lo cual, siguiendo las mejores leyes de la narrativa antimaniquea, no significa que los perdedores sean antes degradados o ridiculizados en el relato festivo.

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