Cristianos, moros y un grupo de judíos con greñas por Vicente Molina Fox

Publicado en Opinión

La revisión conceptual y legal de las costumbres y principios en nombre de los cuales se ha avasallado, escarnecido y desfigurado groseramente a negros, judíos, árabes u homosexuales (por no hablar de los animales maltratados hasta la muerte en romerías o festejos), es una de las ganancias mayores de nuestra moderna civilización, lo cual, sin embargo, no significa que esas nuevas normas y temperamentos aconsejen desterrar de los teatros El judío de Malta, de Marlowe, quemar los negativos de las fantasías orientalistas del Hollywood clásico ni borrar los cuadros de los grandes maestros antiguos en los que el retrato del otro revela un cierto desdén étnico. Situado en su contexto, ese desenfoque o falsedad habrá de verse como error de un pasado ignorante, y nunca como ofensa actual el hecho de que la pintura siga en un museo y el drama en un escenario.

Pero hay un segundo motivo puramente estético que muchas veces resulta el más ofensivo. Leyendo, por ejemplo, El mercader de Venecia se advierte, junto a ciertos clichés racistas vigentes en su época, el conmovido entendimiento humano que Shakespeare tiene del prestamista Shylock. Lo injuriosamente antisemita ha sido el modo grosero y distorsionado en que, casi hasta ayer mismo, se representaba al judío; Ortega y Gasset, después de asistir en 1910 a una función del drama dada en el Teatro Lara por la prestigiosa compañía italiana de Novelli, se queja de que incluso tan eximio actor convierta a Shylock en una “figura pintoresca”, desprovisto del “dolor milenario” que le confería Shakespeare. El figurón como usurpador del carácter.

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