Árabes buenos, árabes malos por Gema Martín Muñoz

Publicado en Opinión

Sin que se sepa muy bien cómo, considerando el altísimo nivel de información solvente disponible y el apoyo práctico de los académicos asesores, Estados Unidos cayó en su propia trampa, aquella que consiste en exportar la virtud, como si la democracia liberal fuera una mercancía acomodable a todo contexto histórico, cultural o religioso. Al día de hoy sigue siendo inexplicable la aventura en Irak, paradigma de incompetencia profesional y de grave pérdida en términos estratégicos. El sueño de la Ilustración derivada de la gran tríada recientemente resacralizada por el dúo Negri-Hardt, es decir Maquiavelo-Descartes-Spinoza, y oficializada por los philosophes franceses, podrá darse o no en el mundo árabo-islámico, pero no emergerá de un día para otro, por decreto.

Ahora bien, junto a ese trabajo "endógeno", tan mal o nada conocido en nuestro mundo occidental, el intelectual libre e independiente árabe también tiene derecho y obligación de denunciar a Israel, las injerencias y ocupaciones extranjeras y la pésima influencia de éstas en sus territorios. A ese "humanista árabe perfecto", a ese "árabe bueno" que se reclama constantemente, no le debería, por coherencia, faltar ese atributo.

En este contexto, apretar las tuercas a los intelectuales árabes que no abrazan fervorosamente los valores y los códigos occidentales con una política de virtual exclusión sería un error. Excluye importantes interlocutores y mediadores sociales. La simplista pero intensa búsqueda del "árabe bueno" (moderno, secularizado y occidentalizado), como único posible embajador de su sociedad y su cultura, no sólo sirve de pantalla para ocultar con frecuencia el conocimiento eficaz de la diversa realidad árabe, sino que además contiene un mensaje subliminal perverso: al menos que pruebe ser de los "buenos", todo árabe es un presunto "malo".

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