Véronique Tadjo, coleccionista de recuerdos de viaje

Publicado en Opinión

Image©UNESCO/ Véronique Tadjo

"Ciclo de vida", cuadro de Véronique Tadjo fotografiado por la artista en su jardín de Nairobi (Kenya).

El exilio comienza cuando no se tiene la posibilidad de recuperar el país que hemos dejado, dice Véronique Tadjo, poeta, novelista y pintora galardonada con el Gran Premio de Literatura de África Negra 2005. Véronique Tadjo nació en París en 1955, pero creció y se educó en Abidján. Actualmente vive en Sudáfrica después de haber recorrido el mundo.

Entrevista realizada por Bernard Magnier, periodista francés especializado en literatura africana.

¿De qué manera han influido en sus obras sus múltiples viajes?

Podría poner una pequeña bandera en cada uno de mis escritos. Todos mis textos llevan la impronta de los lugares donde vivía en el momento de su redacción. He tomado e incorporado muchos elementos recogidos aquí y allá, como una coleccionista que trae recuerdos de todos sus viajes.

Desde que nací, los viajes han sido parte de mi vida. Me casé con un periodista, lo que hizo que los desplazamientos continuaran: Inglaterra, México, Nigeria, Kenya, y hoy en día, Sudáfrica…

Mi primer libro de poemas, Latérite (Hatier, 1997), nació a raíz de una travesía que hice por el desierto cuando me fui de París, después de terminar mis estudios. Añoraba mi tierra y pensé que sería una buena idea viajar lentamente, retornar a Côte d’Ivoire por carretera y descubrir el desierto. Conocer el desierto era mi sueño. En lugar de tomar fotos, me dediqué a escribir para conservar las experiencias que iba viviendo. Fue ese viaje el que suscitó en mí el deseo de escribir.

Image ¿Desde el punto de vista de la escritura, es usted sensible al ambiente que la rodea?

Completamente. Cuando se vive con la gente uno termina por integrar sus esperanzas y sus problemas. Nace también el deseo de conocerlas y comprenderlas mejor. No me gusta encerrarme bajo llave cuando escribo. Me gusta participar en la vida cotidiana, intercambiar, comunicar, recibir algunas ideas y transmitir otras tantas.

A veces me digo que si no hubiera vivido en Kenya, el genocidio en Rwanda no me hubiera afectado de una manera tan intensa. Había muchos refugiados rwandeses en Nairobi, y los periódicos abordaban regularmente el tema en la época en la que viví allí. Escribir L’Ombre de Imana (Actes Sud, 2000), libro que me permitió exorcizar lo sucedido en Rwanda, fue la consecuencia lógica.

Ha vivido durante largos años lejos de Côte d’Ivoire. ¿Cuál es su reacción ante la crisis que afecta a ese país?

Durante mucho tiempo viajé con un corazón y un espíritu tranquilos, diciéndome que podría regresar a casa cuando lo deseara. Las cosas han cambiado con la crisis en Côte d’Ivoire. Tuve la impresión de que la puerta se cerraba bruscamente dejándome fuera. Me resultó difícil comprender lo que estaba sucediendo, cómo se había llegado a esa situación. Me sentí alienada, como si tuviera que retomar todo desde cero.

Creo que el exilio comienza cuando no se tiene la posibilidad de recuperar el país que hemos dejado, cuando el camino de regreso se vuelve doloroso. De alguna manera, creo que muchos ciudadanos de Côte d’Ivoire han debido sentir lo mismo. La idea de un cambio irremediable. La sensación de que nada volverá a ser como antes.

Image Son muchos los escritores que viven en el exilio. ¿Piensa que el exilio es una situación propicia para escribir?

Existe un exilio voluntario y un exilio forzado. Cuando uno está exiliado, pero se siente sereno, la situación puede ser “confortable”. La lejanía permite relativizar las cosas, tomar cierta distancia. En ese caso se tiene la posibilidad de “extraerse” de lo cotidiano y de mantener la cabeza a flote. Se puede adoptar una actitud de observador, lujo que los que viven permanentemente en el ojo del huracán no se pueden permitir.

No obstante, el exilio sólo puede ser sereno si se tiene la posibilidad de regresar periódicamente al país de origen. En caso contrario, terminamos por funcionar a partir de recuerdos vagos y esto puede llegar a ser un estorbo. El país deja de ser algo real para transformarse en un mito.

En el caso de un exilio triste, no veo ninguna ventaja, pues se vive un desgarramiento que, si bien estimula la escritura, puede al mismo tiempo provocar un sentimiento de intensa desesperación. A medida que la memoria de las pequeñas cosas se desvanece, la conciencia de sí se desintegra. No queda más que una difícil alternativa: trazar una raya sobre la vida de antaño y adoptar otra, o vivir con una herida abierta.

Desde la aparición de su primer libro, el lugar de las mujeres en el paisaje literario africano ha evolucionado mucho. ¿Qué opina usted de esta evolución?

Las mujeres alzan la voz y dan pruebas de un dinamismo en la escritura que, a decir verdad, es bastante notable y lógico. Fueron necesarias varias generaciones para que las mujeres pudieran tener acceso a la educación. También pasaron varias generaciones antes de que pudieran tomar la palabra en sociedades donde estas prácticas no eran incentivadas. Con la entrada de las mujeres en la vida activa y en la política, las mentalidades han ido evolucionando. Hoy en día las nuevas generaciones benefician de mayor apertura y movilidad.

No obstante, hay que lamentar que el paso por Europa siga siendo un requisito indispensable para obtener el reconocimiento fuera de las fronteras del país de origen. Esto se debe en gran parte a la falta de infraestructuras editoriales en el continente.

Me preocupa también que la mundialización absorba todas las formas de escritura para comercializarlas mejor. Sería interesante ver a largo plazo hacia dónde va la literatura escrita por mujeres. ¿Cuales son sus corrientes? ¿En qué medida el discurso femenino es diferente del de sus predecesores masculinos? Un poco como en la política.

Y en cuanto a la literatura para jóvenes ¿Que opinión le merece la evolución de la producción de estos últimos años?

La literatura para jóvenes es, a mi parecer, el eslabón perdido de la cadena. No se puede tener una literatura vivaz que encuentre su público si no se ha inculcado en los jóvenes el gusto por la lectura y por los libros. Por fortuna, se advierte una evolución positiva. Los editores africanos han comprendido que existe un mercado local prometedor: los menores de quince años representan la mitad de la población africana.

Los libros para jóvenes son cada vez más variados en cuanto a los temas y las ilustraciones. Eso está muy bien puesto que permite a los jóvenes dejar volar su imaginación.

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