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“A los musulmanes de Occidente y sus conciudadanos” por Tariq Ramadan.

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TARIQ RAMADAN

Tenemos muchos motivos para estar preocupados . Los atentados terroristas perpetrados en todo el mundo , la llamada guerra contra el terrorismo y el aumento de las tensiones relacionadas con la inmigración se han conjugado para retratar al Islam como una amenaza para las sociedades occidentales . El miedo y las patéticas reacciones que lo acompañan se han incorporado a la mentalidad ciudadana. Aunque a menudo son legítimas, esas reacciones están siendo explotadas con fines políticos.


Casi ninguna sociedad occidental se libra de las enojosas cuestiones acerca de la “identidad” o de las tensiones relacionadas con la “integración”.Los musulmanes deben afrontar alternativas bien definidas : pueden adoptar una actitud de víctimas , o hacer frente a sus dificultades y convertirse en miembros de pleno derecho de su propia historia. Su destino está en sus manos. Nada cambiará hasta que acepten la res-ponsabilidad plena de sí mismos, realicen una crítica y una autocrítica constructivas, y respondan a la espeluznante “evolución del miedo” con una “revolución de la confianza ” bien cimentada.


Los acontecimientos de los últimos años han llevado a los pueblos occidentales a enfrentarse a nuevas realidades.  La presencia de millones de musulmanes entre ellos les ha hecho ser conscientes de que sus sociedades han cambiado. Ello ha dado lugar a temores e interrogantes legítimos, aunque tal vez los hayan expresado con cierta confusión.


Enfrentados a estos interrogantes, los musulmanes deben mostrar confianza en si mismos y en su capacidad para vivir y comunicarse con toda serenidad en las sociedades occidentales. La revolución de la confianza dependerá de la fe en nosotros mismos y en nuestras convicciones.


La labor consiste en reapropiarse de nuestra herencia y desarrollar hacia ella una actitud positiva, aunque crítica, que afirme que las enseñanzas del Islam llaman a los musulmanes a la vida espiritual y a la reforma de si mismos. A su vez, los inmigrantes musulmanes deben respetar las leyes de los países en los que residen.


Enfrentados a unos temores legítimos, los musulmanes occidentales deben desarrollar un discurso crítico que rechace la actitud de victimas y , por el contrario, critique las interpretaciones radicales, literales y/o folklóricas de sus fuentes (Corán y Hadith). También es importante que no avalen la confusión que rodea los debates relacionados con sus sociedades: los problemas sociales no son “problemas religiosos” y no guardan relación alguna con el Islam como tal.


Lamentablemente, los argumentos que ayer eran coto exclusivo de eztrema derecha han hallado un sitio en el seno de las formaciones políticas tradicionales de Europa. Carentes de ideas creativas para fomentar el pluralismo cultural  o combatir la creación de guetos sociales, numerosos políticos prefieren la peligrosa retórica de proteger la “identidad”, defender los “ valores occidentales” o imponer limitaciones extrictas a los “extranjeros”, utilizando, cómo no, el aparato de las nuevas leyes de seguridad para combatir el terrorismo. Los términos implícitos del debate suelen reducirse a una distinción entre dos entidades:”nosotros, los occidentales” y “ellos, los musulmanes”.


El discurso racista prolifera y el pasado se reinterpreta de un modo que excluye al Islam de la más remota participación en la creación de la identidad occidental, de ahora en adelante redefinida como puramente grecorromana y judeocristiana.


En respuesta , los ciudadanos musulmanes no deben confinarse en su aislamiento, deben hacerse oír , salir

 De sus guetos religiosos, sociales y culturales y dar pasos para conocer a sus conciudadanos. Las políticas de quienes explotan el miedo pretenden generar precisamente lo que afirman combatir: al acusar a los musulmanes de no estar integrados y de encerrarse en una identidad religiosa, intentan aislarlos.


La hora de la reconciliación está muy cerca. Los musulmanes deben unirse a sus conciudadanos para reconciliar sus sociedades con sus ideales. Actualmente, la tarea consiste en comparar los ideales proclamados de los derechos humanos y de la igualdad (entre hombres y mujeres, personas de distintos orígenes, etcetera) con la realidad. Para influir en nuestras sociedades, debemos aportar una crítica construcctiva y comparar las palabras con los hechos.


Nuestras sociedades aguardan la aparición de un nuevo “nosotros”, un “nosotros” que podría unir a hombres y mujeres(de todas las religiones, y sin ninguna religión) dispuestos a emprender la tarea de resolver las contradicciones de su sociedad. Ese “nosotros” representaría esa unión de ciudadanos que aspiran a luchar juntos por su futuro. En estos momentos, ese futuro se desarrolla en el plano local. Es una cuestión de máxima urgencia el poner en marcha movimientos nacionales de iniciativas locales en las que personas de diferentes sensibilidades puedan abrir nuevos horizontes con unos compromisos y una confianza mutuos.


Juntos debemos aprender a poner en cuestión los programas que ofrecen una enseñanza exclusiva de la historia. Debe oficializarse una enseñanza más objetiva de “nuestra historia”.En el ámbito social, debemos comprometernos con una mezcla social mucho más concienzuda tanto en las escuelas como en las ciudades. El compromiso de los ayuntamientos puede suponer una diferencia en la lucha contra la sospecha, y los ciudadanos no deben dudar en llamar a su puerta y recordarles que, una sociedad democrática, el representante electo está al servicio del electorado, y no al revés.


Una revolución de la confianza, el nacimiento de  un nuevo “nosotros” impulsado por movimientos nacionales de iniciativas locales: estas son las líneas de un compromiso responsable. El nuevo “nosotros” reivindica las ventajas de una ética basada en la ciudadanía  y  quiere promover la riqueza cultural de Occidente.


Los ciudadanos deben pensar a largo plazo, por encima y más allá de los plazos electorales que paralizan a los políticos y entorpecen la elaboración de políticas innovadoras y valientes. Corresponde a los votantes, a los ciudadanos, el reivindicar sus ideales y plasmarlos en la realidad.


Tariq Ramadan es profesor invitado de Estudios Islámicos en el Saint Anthony´s Collage de la Universidad de Oxford.

Traducción de News Clips

©2006Global Viewpoint.


ELPAÍS, lunes4deseptiembrede2006 OPINIÓN/13

“La ONU y los Objetivos del Milenio” por Federico Mayor Zaragoza.

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La sociedad civil debe Hacerse escuchar

FEDERICO MAYOR ZARAGOZA

El siglo XXI, ¿el siglo de la gente?

El 22 de julio, las Naciones Unidas han publicado el borrador del documento que contiene las decisiones a adoptar en la reunión plenaria de alto nivel de la Asamblea General los días 14-16 de septiembre de 2005, sobre los Objetivos del Milenio, cinco años después de su proclamación. Se reafirma la importancia esencial del multilateralismo y el compromiso para lograr una efectiva cooperación frente a las amenazas transnacionales así como en el abordaje de las causas de las amenazas y desafíos actuales. El respeto de los derechos humanos constituye la base del desarrollo y de la seguridad – que son a su vez interactivos – y es uno de los fundamentos conceptuales del documento. De igual modo, se afirma que todas las culturas y civilizaciones pueden contribuir al  enriquecimiento de la humanidad junto con el entendimiento de la diversidad religiosa y cultural en todo el mundo,  especialmente a través del diálogo y la cooperación. El documento propone la adopción de medidas concretas en cuatro áreas principales: desarrollo; paz y seguridad colectivas; derechos humanos e imperio de la ley; y el reforzamiento de las Naciones Unidas.

Dentro del apartado del desarrollo se incluye la financiación (Consenso de Monterrey), la cancelación de la deuda, la cooperación sur-sur, el desarrollo rural y agrícola, la lucha contra el sida y otros flagelos en el orden sanitario, reforzar el papel de la mujer, emigración, ciencia y tecnología, necesidades especiales de África... .  En el capítulo de paz y seguridad colectivas, se pone de manifiesto la necesidad de proteger especialmente a la infancia y de incorporar decididamente a la mujer en la prevención y resolución de conflictos; al mantenimiento de la paz se une  - lo que constituye uno de los aspectos más relevantes de este texto – la construcción de la paz, con el establecimiento de una Comisión especial, en calidad de organismo asesor intergubernamental, que presentará anualmente un informe preceptivo a la Asamblea General. Otros puntos de gran importancia son el desarme y no proliferación, particularmente de las armas nucleares, químicas y biológicas, de acuerdo con los correspondientes Tratados y Convenciones; las acciones frente al terrorismo y crimen transnacional... .

En cuanto a los derechos humanos y el imperio de la ley,  se propone el reforzamiento de todos los dispositivos de las Naciones Unidas al respecto y la implantación del Programa Especial para la educación en derechos humanos; la protección de refugiados; la Corte Internacional de Justicia; la democracia – “reafirmamos que la democracia constituye un valor universal”... -; seguridad humana; cultura de paz e iniciativas para el diálogo entre culturas y civilizaciones - ...” promover una cultura de paz y de diálogo a escala nacional, regional e internacional... - ; ... .

Y, en relación a las Naciones Unidas, se subraya “el compromiso de reforzar las Naciones Unidas para incrementar su autoridad y eficacia,  reafirmando la posición central que corresponden a la Asamblea General y al Consejo Económico y Social, que debe, entre otras funciones, “centrarse en las relaciones entre paz y desarrollo”...; y, muy importante, se establece, como órgano subsidiario de la Asamblea General, un Consejo de Derechos Humanos, con un mandato bien definido... .

El importante documento que, con particulares sentimientos de esperanza estoy exponiendo, comprende también reformas de la gestión, del Secretariado, para la “coherencia del sistema de las Naciones Unidas” en su conjunto.  Considero especialmente relevante destacar, por último, la cooperación que se  establece entre las Naciones Unidas y la UIP (Unión Interparlamentaria) así como con las Organizaciones No Gubernamentales (ONGs), la sociedad civil y el sector privado. En el preámbulo de uno de los documentos más luminosos de nuestro tiempo, la Constitución de la UNESCO, que se crea en Londres en 1945 “para construir la paz en la mente de los hombres”, se dice que “una paz fundada exclusivamente en acuerdos políticos y económicos entre gobiernos no podría obtener el apoyo unánime, sincero y perdurable de los pueblos y, por consiguiente, esta paz debe basarse en la solidaridad intelectual y moral de la humanidad”.

Hasta ahora, si miramos cuidadosamente hacia atrás, la gente nunca ha figurado en el estrado.  Hemos sido súbditos, plantando en surcos ajenos, luchando por causas con frecuencia opuestas a las nuestras.  Ahora ha llegado el momento de participar, de ser tenidos en cuenta, de ser ciudadanos plenos.  Ha llegado el momento de la solidaridad impulsada y ejercida por la sociedad civil sobre la base de la fraternidad que proclama el artículo primero de la Declaración  Universal de los Derechos Humanos: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.  Distintos – cada ser humano es único – pero radicalmente iguales, sin preeminencias de ningún orden, unidos por unos valores esenciales, aceptados por todos.  “El respeto de la diversidad de las culturas, la tolerancia, el diálogo y la cooperación, en unclima de confianza y de entendimiento mutuos, están entre los mejores garantes de la paz y la seguridad internacionales”, se afirma en la Declaración de la UNESCO sobre la Diversidad Cultural, (2001).  Y, sin embargo, con excesiva frecuencia, aún en los sistemas democráticos, los ciudadanos han sido contados, en ocasión de comicios electorales y encuestas de opinión, pero no han contado, no han sido tenidos en cuenta.   

Para alzar la voz debida, para participar, para contribuir al establecimiento de democracias genuinas, es imprescindible una educación que nos confiera actitudes y comportamientos cotidianos de entendimiento, de escucha, de amor.  Educación como “soberanía personal”.  Educación que arrumbe para siempre el perverso adagio “Si quieres la paz, prepara la guerra” y promueva en su lugar la construcción de la paz.   

Al haber sustituido todos los pueblos por unos cuantos, la democracia internacional por una plutocracia, los principios morales por el mercado, el mundo está experimentando aquella genial advertencia de Don Antonio Machado: “Es de necio confundir valor y precio”.  Ante las promesas incumplidas, quienes ya no esperaban pero todavía aguardaban manos tendidas en lugar de alzadas, al verse marginados, engañados, siguieron con frecuencia un proceso caracterizado por la frustración progresiva, la radicalización, la animadversión, el rencor... desembocando, como sucede, en estos caldos de cultivo, en flujos emigratorios de  desesperados cuando no en manifestaciones de violencia y agresividad. La sociedad civil tiene ahora, con la nueva tecnología de la comunicación, además de un innegable papel protagonista en la ayuda solidaria, la posibilidad no sólo de hacerse oír, sino de hacerse escuchar.  Para que se cumplan los objetivos del milenio, para que se erradique la pobreza, para que podamos conciliar el sueño sin pensar en nuestros hermanos que carecen de los mínimos recursos de subsistencia, para que la voz que debemos a los jóvenes sea voz oída y escuchada.  Se acerca el momento en que la gente cuente, el momento de la democracia real.  El siglo XXI puede ser, por fin, el siglo de la gente.  De nos-otros.  De todos.

Es esencial, debo repetirlo, como científico, conocer la realidad para poder transformarla.  Y está claro que la sociedad civil irá disponiendo de los mecanismos que le permitan poner de manifiesto rápidamente las mentiras, las excusas, los esfuerzos para, con gran aparato publicitario, demostrar lo que es indemostrable.  No es tolerable que se  pretenda analizar desde occidente la perversidad del aprendizaje del fundamentalismo islámico después de haber permitido durante décadas aprendizajes – incluyendo losmedios audiovisuales – de violencia y de descaro sin límites, después de haber aceptado como “irremediable” que miles de personas mueran diariamente de desamparo y olvido.  El extremismo de cualquier pertenencia es igualmente pernicioso.  Debemos conocer la realidad de los “aprendizajes” creencias que convierten en poco tiempo a las personas en individuos.  Sentimientos  religiosos que aíslan, que habitan de miedo y supersticiones a los conversos... .  De un lado, intentan convertirnos en meros espectadores de lo que sucede.  De otro, se multiplican las actividades de captación en pertenencias que en lugar de liberar, oprimen.

Seguimos viviendo, también en la civilización occidental, aceptando supuestos que hoy resultan ya inadmisibles.  Se ha exigido el silencio, se ha impuesto el “toque de queda” en la conciencia de cada uno. Y ahora en cambio, en el siglo de la gente, la palabra “indiscutible” dejará de existir. La solidaridad dará alas a tantos ciudadanos que, poco a poco, habían desaprendido volar alto y firme por la palabra, por el pensamiento, característica distintiva de la especie humana.  “Es por la fraternidad que se salva la libertad”, escribió Víctor Hugo hace varios siglos.  Es por este sentimiento de fraternidad que pasaremos de individuos a personas, a ciudadanos capaces de persuadir a todos los demás de que el conocimiento de la realidad, la anticipación, la evolución de las normas y criterios, son ingredientes fundamentales para encaminarnos hacia otros puertos y enderezar las tendencias actuales.

Para la transición desde una cultura de fuerza a una cultura de diálogo y de paz, desde la inercia e inmovilismo que pueden provocar la ruptura y la revolución del trastocado panorama actual al que soñamos para nuestros descendientes, es necesaria una tregua.  Lo primero que deberíamos hacer todos, es convenir una pausa para ejercer el deber de memoria – memoria del pasado y memoria del futuro - y pensar, escuchar, aunar voluntades y compromisos para una nueva etapa histórica.  Durante la misma, deberíamos sobre todo – son necesarias sólo unas horas – releer textos que fueron escritos en momentos excepcionalmente críticos y que reflejan la clarividencia con que fueron abordadas las cuestiones básicas: “La más elevada aspiración de la humanidad es el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias” (Preámbulo de la Declaración Universal de Derechos Humanos, 10 de diciembre de 1948).  ¿No es ésta, exactamente, la primera conclusión a la que deberíamos volver a llegar sesenta años después?.   

“La voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público” (Artículo 21 de la Declaración Universal). Es, pues, la gente, la que debe, en último término decidir en qué debe invertirse, cuáles deben ser las prioridades de la nueva gobernación.  Las prioridades deben establecerse teniendo en cuenta, en primer lugar, a las víctimas: a las víctimas de la insolidaridad, que mueren por miles de hambre cada día; a  las víctimas del terror y la violencia; a los efectos de enfermedades todavía incurables;  a los atemorizados; a los niños víctima de un sistema tan injusto que les convierte en soldados al inicio de su adolescencia o les impulsa a la marginación.  Estas son las prioridades, lo quiera o no reconocer la inmensa maquinaria bélica y quienes la controlan.  Sesenta años después de Hiroshima, existen más de 10 mil cabezas nucleares.  ¿Cómo puede vivirse y disfrutar de esta radical realidad de la existencia con una amenaza de esta índole?  Estas son las prioridades de la inmensa mayoría que ha vivido secularmente aceptando los designios de los poderosos.  Es necesario transitar ahora desde la uniformidad excluyente a la diversidad que incluye. Del unilateralismo al multilateralismo, al pluralismo participativo.  De la historia del poder a la historia de la gente.  

En “Hago saber”, Enrique Bardosa escribió estos versos: “Con esta autoridad que me proviene de ser hombre... / que lleva nombre simple y olvidable”.  Con esta autoridad, la gente dejará de acatar las decisiones que no emanen de un sistema realmente democrático a escala local y mundial. Del mismo modo que necesitamos cada uno de nosotros tiempo para pensar, para hablar con los demás y, muy especialmente, con los que forman parte de nuestro entorno, ha llegado ahora el momento de una pausa para que todos comprendan que es en beneficio de la inmensa mayoría que debe tener lugar esta transformación, este cambio, que hoy se halla estancado.  Tiempo para reflexionar y para leer.  “La Voz”, publicaba en su número del 7 de abril de 1936, las siguientes declaraciones de Federico García Lorca: “... el mundo está detenido ante el hambre que asola a los pueblos. Mientras haya desequilibrio económico, el mundo no piensa... . El día en que el hambre desaparezca, va a producirse en el mundo la explosión espiritual más grande que jamás conoció la Humanidad.  Nunca jamás se podrán figurar los hombres la alegría que estallará el día de laGran Revolución”.

Federico Mayor Zaragoza ex Secretario General de la UNESCO y copresidente del Grupo de Alto Nivel, designado por el secretario general de la ONU, Kofi Annan, que desarrollará La Alianza de Civilizaciones.

“¿Y la Alianza de Civilizaciones?” Por Santiago Petschen.

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 Santiago Petschen

 

 Después de que el 21 de septiembre de 2004, el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, presentara ante la Asamblea General de Naciones Unidas un proyecto para trabajar a favor de una Alianza de las Civilizaciones, los medios de comunicación se refirieron a ella de forma frecuente y esperanzadora. Tiempo después, el silencio se ha impuesto sobre la cuestión.

 La clave es evitar que se levante un muro infranqueable entre Occidente y el islam

¿Se puede aplicar a dicho contraste, una expresión de los labradores de ciertos pueblos de España, diciendo que tuvo un arranque de caballo y una parada de mula? Creemos que no. Se trata de un proyecto tan necesario que en modo alguno se puede aceptar que se detenga. Y tan complejo que para acertar con él no hay más remedio que pasar por numerosas vacilaciones, intentos e, incluso, tropiezos.


Con la Unión Europea ocurrió lo mismo. Hubo propuestas que no se pudieron ni aplicar. Recordemos las de Coudenhove-Kalergi, Briand y Churchill durante la II Guerra Mundial; también las de la planificación internacional o la de la unión aduanera de la OECE. Otras se descafeinaron como la del Consejo de Europa y otras fracasaron como la de la Comunidad Europea de Defensa. Fue necesario encontrar la genialidad de la concreción: la idea de la CECA y el método de las solidaridades de hecho. Una vez hallada, se pudo llevar a cabo con entusiasmo. Su aplicación fue inmediata y exitosa.


Lo que se hizo con Europa debe hacerse con la Alianza de las Civilizaciones, empresa más ambiciosa y compleja. Y no desilusionarse ni perder la paciencia si se trata de esperar, repetir, fracasar, volver a empezar o seguir buscando. Entre tanto, una de las maneras de aprovechar el tiempo es eliminar planteamientos distorsionantes. Vamos a referirnos a tres de ellos.


Un planteamiento distorsionante es dar la imagen de una alianza de civilizaciones a escala planetaria. Eso tendría la característica de la inconcreción, la generalidad, la dispersión y la ineficacia. Rodríguez Zapatero no lo planteó así. Lo que propuso el presidente del Gobierno español fue hacer una alianza de civilizaciones entre el mundo occidental y el islámico. Ni más ni menos. Algo bien concreto: "cayó un muro; debemos evitar ahora que el odio y la incomprensión levanten otro". La expresión que utilizamos normalmente, que encabeza con interrogante este artículo, es totalmente inadecuada. Debe decirse: Alianza de civilizaciones occidental e islámica. Y propalar el nombre preciso que construya la imagen correcta que debe ser aceptada con normalidad en la vida cotidiana.


Está bien valorar la dimensión de la laicidad. Pero ello no debe dar a entender que se margina a la religión considerándola un espécimen de menor valor, que sólo siendo reducido a la vida privada arreglará los problemas. Para la mayor parte del islam dicha posición es totalmente rechazable. Los valores religiosos deben ser un importante elemento de integración en la formación de la Alianza occidental-islámica. Cristianismo e islam son dos religiones que tienen un amplísimo fondo de creencias comunes. Su base religiosa ha sido fundamento de varias civilizaciones: la occidental, la eslavo-ortodoxa, la latinoamericana (si se acepta la ambigua sugerencia de Huntington), la islámica... Tan grandiosos elementos deben ser aprovechados a favor de la construcción de una obra común. Las declaraciones anuales que se emiten desde la Santa Sede con motivo de la fiesta del Ramadán, dan materia de reflexión para ello.


Los judíos han sido y son uno de los pueblos más listos de la tierra. Siendo de exiguas dimensiones, sobrevivieron a las grandes civilizaciones egipcia y babilónica que les habían envuelto. Las evoluciones de su religión (pasando de la magia a la razón y del politeísmo al monoteísmo) marcaron la diferencia en los dos mundos en que la Humanidad se halla dividida: el occidental y el oriental. En la actualidad, el 20% de los premios Nobel han ido a parar a manos judías y el pequeño Estado de Israel, en sus 60 años de existencia, ha conseguido (sin contar los de la paz), nada menos que seis Nobeles.


Los judíos no pudieron construir una civilización de larga duración para la que estuvieron germinalmente preparados en tiempos pasados. Su capacidad para ello, debido a la dispersión, se perdió desgraciadamente, en la Historia. Ahora, sin embargo, tienen un peso importante en la civilización occidental. En los Estados Unidos, cierta teología de la derecha cristiana esta tomada del judaísmo. Hay quienes creen que para que tenga lugar la segunda venida del Mesías es necesario que se restablezca Israel en la totalidad de su territorio. ¿De dónde tan abstrusa mescolanza en una teología sobre un reino que como el de Jesús no es de este mundo? Y en Europa hallan favor en el ambiente que produce la repetición de la expresión "judeocristiano" aplicada tanto a lo que toca como a lo que no.


La expresión "judeocristiano" tiene una dimensión real. La destacada por Juan Pablo II reconociendo a los judíos como los hermanos mayores de los cristianos. Pero a nivel de civilización la cuestión es muy diferente. La civilización judía sería una de las del mundo actual distinta de la occidental de no haber sido por la diáspora y por la vida en guetos. Por ello los judíos, en un determinado momento de la Historia, en la Ilustración, que ellos llaman ashkalà, se integraron en una civilización, la occidental, que ya tenía varios siglos de existencia. El nombre de "judeocristiano" no puede estarse repitiendo una y otra vez para aplicarlo a todas las cuestiones, como hacen algunos alumnos cuando en los exámenes se les preguntan cosas relacionadas con este tema. Donde antes siempre decían cristiano ahora van poniendo cada vez más, por automatismo irreflexivo, "judeocristiano". Hubo quien quiso llevar la expresión a la Constitución europea.


En el esfuerzo por hacer una alianza entre la civilización occidental y la islámica, vincular con el nombre y con la imagen lo occidental de base cristiana con lo judío, es altamente negativo. La expresión "judeocristiano" sólo puede ser acrecentadora de la hostilidad que origina la irresuelta cuestión de Israel y Palestina. Entre lo occidental y lo islámico hay que buscar motivaciones para el acercamiento y la simpatía. Y a ello pueden aportar mucho, como pueblo verdaderamente grande, los judíos. Vinculados a una civilización que ellos no fabricaron, pueden ser un factor muy importante en la formación de una alianza, al igual que en el pasado construyeron una religión de base tan racional como la que se apoya en los Diez Mandamientos y de fundamento tan personal como el aportado por el monoteísmo. La solución del problema Israel-Palestina abriría las puertas de esa gran alianza esperada occidental-islámica y el agradecimiento a los judíos se viviría perdurablemente en la historia futura de la Humanidad. Mientras ello no se produzca, la expresión "judeocristiana" debe ser mirada con muchísima prevención y su extrapolación, cuidadosamente evitada. Tiene el valor de una imagen que confunde y que para los islámicos resulta cargada de hostilidad.


Lo que valoramos de los judíos de la antigüedad son sus grandes planteamientos religiosos y humanos de repercusión universal. No el que desalojaran madianitas o mataran filisteos. Lo que ahora tendrá peso en el futuro no será el que defiendan asentamientos o construyan un muro-valla que entra ilegalmente en un territorio ocupado. Serán sus geniales aportaciones a la solución de los grandes problemas del mundo. Es lo que hay que tener en cuenta para construir entre todos la alianza de las civilizaciones occidental e islámica.


Santiago Petschen es catedrático de Relaciones Internacionales en la UCM.


Martes, 8/1/2008, 01:42 h

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