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Derechos humanos y diálogo transcultural por Ramin Jahanbegloo

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EL PAÍS

Es bien conocida la historia de los ciegos que, unos a otros, describían a un elefante. Uno de ellos le toca la trompa y dice que el elefante es como una serpiente. Otro toca una pata y describe al elefante como una columna. Un tercero pone ambas manos en un costado del elefante y concluye que es más bien como una pared. Ya se trate de un cuento originalmente hindú, persa o budista, el caso es que esta enseñanza ha sido utilizada a menudo para ilustrar que lo que todos vemos en nuestras diferentes culturas es sólo parte de la totalidad, por lo que necesitamos escuchar y aprender para poder cruzar con seguridad el río de la vida.

Nuestra verdadera opción, por lo tanto, será la de aproximarnos a las diferentes tradiciones religiosas y culturas autóctonas y reconocerlas como colaboradoras en la promoción de un mayor respeto de los derechos humanos y de su observancia.

Las culturas tradicionales no son un sustitutivo de los derechos humanos; son un contexto cultural en el que los derechos humanos tienen que ser establecidos, integrados, promovidos y protegidos. Los derechos humanos deben plantearse de una manera que tenga pleno sentido y sea relevante en distintos contextos culturales. En vez de limitar los derechos humanos a su encaje en una determinada cultura ¿por qué no recurrir a los valores de las culturas tradicionales para reforzar la aplicación y la relevancia de los derechos humanos universales?

Hay una necesidad cada vez mayor de resaltar los valores comunes y básicos que comparten todas las culturas: el valor de la vida, el orden social y la protección contra la arbitrariedad. Esos valores básicos están plasmados en los derechos humanos. Las culturas tradicionales deberían ser consideradas y reconocidas como colaboradoras en la promoción de un mayor respeto de los derechos humanos y de su observancia. El reconocimiento y el aprecio de contextos culturales particulares contribuiría a facilitar, más que a limitar, el respeto y la observancia de los derechos humanos. Los derechos humanos universales no imponen un patrón cultural sino el estándar legal de la mínima protección necesaria para la dignidad humana.


En cuanto pauta legal adoptada por las Naciones Unidas, los derechos humanos universales representan un consenso, arduamente conseguido, de la comunidad internacional, no el imperialismo cultural de alguna región en particular o de un conjunto de tradiciones. Los derechos humanos relacionados con la diversidad y la integridad cultural abarcan una amplia gama de protecciones, incluyendo: el derecho a la participación cultural; el derecho a disfrutar del arte; a la conservación, desarrolloy difusión de la cultura; a la protección del patrimonio cultural; a la libertad para la actividad creativa; a la protección de las personas pertenecientes a minorías étnicas, religiosas o lingüísticas; a la libertad de reunión y asociación; el derecho a la educación, a la libertad de pensamiento, conciencia y religión, a la libertad de opinión y de expresión; y el principio de no discriminación.

Todo ser humano tiene derecho a la cultura, incluido el derecho al disfrute y desarrollo de la vida e identidad culturales. Los derechos culturales, sin embargo, no son ilimitados. Existen limitaciones legítimas y sustanciales a prácticas culturales, incluso a tradiciones bien afianzadas. Por ejemplo, ninguna cultura puede hoy día reclamar legítimamente el derecho a practicar la esclavitud.

Algunos creen, equivocadamente, que los derechos humanos son relativos en lugar de universales en lo que concierne a la cultura. Este relativismo supondría una peligrosa amenaza para la efectividad del derecho internacional y para el sistema internacional de derechos humanos. La reclamación de la aceptación y la práctica del relativismo cultural no es creíble. El relativismo cultural se utiliza como plataforma para obtener ventajas políticas o económicas, y no como un compromiso con los altos valores éticos y los ideales que la protección de los derechos humanos supone.

El concepto de derechos no tiene sentido a menos que los derechos sean universales, pero los derechos no pueden alcanzar su universalidad sin un cierto anclaje cultural. Los derechos evolucionan a medida que evolucionan las culturas. No son entidades fijas. El debate entre universalismo y relativismo no tiene sentido. Los ideales universales de los derechos humanos y las particularidades y sensibilidades culturales pueden reconciliarse. Los estándares universales deberían ser el mínimo moral, mientras que las particularidades culturales ofrecerían diferentes marcos para favorecer o impedir la labor de los derechos humanos. Las culturas no pueden quedar excluidas, porque no hay discurso o práctica de los derechos humanos que exista en un vacío cultural. Una aplicación universal de los derechos humanos sin referencia a las particularidades culturales y a los derechos autóctonos disminuiría la fuerza ética de los derechos humanos.


Sería un error sostener que los derechos humanos son una idea occidental. En realidad son la capacidad moral de la humanidad para proteger, bajo el imperio de la ley, las condiciones necesarias para la dignidad humana. Es decir, que si hay un conjunto normativo universal de principios espirituales en el que pueda hoy basarse el discurso sobre los derechos humanos, es preciso que éste trascienda las penúltimas distorsiones y las reales crueldades que comparten todas y cada una de las tradiciones religiosas del mundo. Requerir que cada particular marco espiritual sea normativo para los derechos humanos exige distinguir entre religión organizada y espiritualidad.

Este debate, que en cierto sentido subyace tras todos los otros, es probablemente el nudo gordiano de los derechos humanos. Hoy quizá más que nunca antes, los símbolos y creencias religiosos están siendo manipulados para promover el odio, la intolerancia y la violencia. Tal vez sea esa manipulación de parte de las ideologías religiosas por el control de la violencia lo que ha dado crédito al debate sobre el "choque de culturas" que divide al mundo mediante fronteras religiosas. Es decir, la política del miedo ha superado desde hace tiempo los principios espirituales y la ética humanitaria de la religión.

Si el miedo es hoy un factor obvio entre los extremistas religiosos, lo es de modo aún más sutil e insidioso en las ideologías religiosas que recurren al miedo como fundamento de la política. Pero son muchos los que hoy se dan cuenta de que la alternativa al miedo no es el valor sino la no violencia. Que las ideologías religiosas hayan originado posiciones fanáticas no es razón para que debamos optar por oposiciones fanáticas. La violencia no es la solución; es el problema.

Al aceptar el Premio Nobel de la Paz, el doctor Martin Luther King Jr. proclamó una "fe audaz" en que "en todas partes la gente pueda tener tres comidas al día para su cuerpo, educación y cultura para su mente y dignidad, igualdad y libertad para su espíritu". Tanto si somos religiosos como laicos, tanto si somos hindúes como budistas, cristianos, judíos o musulmanes, adoptar esa "fe audaz" en los derechos humanos nos ayuda a enfrentarnos a las difíciles decisiones éticas que han de tomarse en nuestro tiempo.

A medida que el mundo se hace más pequeño con la llegada de la globalización, la sola idea de los derechos humanos universales nos sirve para promover los diálogos transculturales. El diálogo transcultural no aspira simplemente a tender puentes entre los enormes conjuntos de culturas que se expresan bajo denominaciones tales como Occidente y Oriente. Aspira a tender puentes donde quiera que un fuerte sentimiento de "nosotros" y "ellos" surge más allá de las fronteras. Aunque la mayoría de nosotros estamos convencidos de que el progreso moral de la humanidad va en la dirección de la promoción de los derechos humanos, deberíamos insistir en que éstos no deben entenderse como un fenómeno ya cumplido. Ni que pertenece a nuestro pasado. Es una opción para nuestro futuro plural.

Educación para la diversidad por Jorge Sampaio

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EL PAÍS

Cómo convivir cuando la diversidad, étnica, lingüística, religiosa o cultural incrementa el desasosiego, divide a las comunidades y somete a creciente presión las democracias? Últimamente, fracturas económicas, sociales, culturales y religiosas exacerban las tensiones intercomunitarias fomentando la errónea noción de que estamos abocados a un "choque de civilizaciones".

Es esencial activar el diálogo para tender puentes, superar conflictos y promover un mejor entendimiento entre los pueblos. Para combatir estereotipos e ideas falsas que provocan hostilidad y desconfianza hay que buscar la raíz de las tensiones que dividen a las sociedades y culturas. Las tensiones se inflaman cuando individuos o grupos perciben amenazados sus valores e identidad. Las oleadas migratorias, particularmente en Europa, han generado resentimiento y hostilidad. Inequívoco indicio del malestar es el éxito de partidos de extrema derecha que propugnan programas anti-inmigración en diversos países europeos.

No podemos ignorar el alcance de unos síntomas indicadores de un creciente sentimiento de inseguridad susceptible de minar la cohesión social y el modelo de inclusión europeos. Cuestiones como el velo islámico, el lugar de la religión en las escuelas y la igualdad de género, muestran la pervivencia de fuentes de tensión y la presencia de fuerzas dispuestas a explotarlas. La iniciativa popular contra nuevos minaretes en Suiza revela un profundo malestar e ilustra cómo el miedo y los prejuicios enturbian la convivencia.

Las tensiones aparecen también al cuestionarse derechos de las minorías y su lugar en las sociedades, que se enfrentan así a cómo cohonestar los derechos de las comunidades culturales salvaguardando la cohesión social.

En tiempos de tensiones interculturales es importante defender los derechos de las minorías, frecuentemente hostigadas y discriminadas. También lo es apreciar los beneficios que aportan los inmigrantes.

Es indispensable promover una educación para la diversidad para desarrollar conocimientos y aptitudes interculturales en la juventud, y el aprendizaje durante la vida para fortalecer las bases comunes de la convivencia. Eduquemos para los derechos humanos, la ciudadanía y el respeto del otro; para la comprensión mutua y el diálogo intercultural; para la enseñanza "mediática" y la de religiones y creencias; para el diálogo en y entre religiones.


Adquiramos conocimientos interculturales enseñándolos a nuestros ciudadanos y creemos estrategias urbanas para el diálogo intercultural. Necesitamos políticas para la juventud, basadas en la igualdad de oportunidades. Impliquemos a la sociedad civil entera, juventud, líderes religiosos y medios de comunicación.

La Alianza de Civilizaciones aborda las divisiones en y entre comunidades, las "musulmanas y occidentales" especialmente, para promover políticas de gobernanza democrática de la diversidad basadas en un paradigma de respeto a las diferentes culturas y religiones. Pretende desarrollar y profundizar, priorizándolo, el diálogo intercultural en las relaciones internacionales.

Las luchas culturales y políticas evidencian la oportunidad de este enfoque estratégico y la necesidad de políticas novedosas a distintos niveles. De aquí que haya que apostar por la gobernanza democrática de la diversidad en un mundo complejo donde las percepciones polarizadas se nutren de estereotipos y prejuicios, pero también de realidades y de conflictos políticos. Para reducir la división entre sociedades musulmanas y occidentales habrá que resolver previamente algunos de esos conflictos. Pero incluso resueltos, persistirán la suspicacia y la hostilidad que fracturan las sociedades a lo largo de divisiones culturales y religiosas.

Hay unanimidad respecto del profundo foso de percepción que separa a occidentales y musulmanes. Visto en términos de oposición entre dos supuestos bloques monolíticos, islam y Occidente, este foso alimenta más los estereotipos y la polarización, favoreciendo el extremismo. Sin embargo, la mayoría de los pueblos rechaza el extremismo y apoya el respeto de la diversidad. Tanto musulmanes como no musulmanes comparten idéntica preocupación sobre seguridad, estabilidad y paz. Millones de musulmanes temen ver a sus hijos ganados para el extremismo.

Para afrontar este problema es esencial desarrollar nuevas estrategias de promoción del diálogo interreligioso, en el marco de la gobernanza democrática de la diversidad cultural basada en los principios de universalidad de los derechos humanos y libertades fundamentales, igualdad de oportunidades, solidaridad económica y cohesión social.

La Alianza de Civilizaciones persigue cambiar las mentalidades en las sociedades divididas. Tenemos que sensibilizar a los actores políticos en la necesidad de invertir en políticas públicas relacionadas con la diversidad cultural y el diálogo intercultural, dirigidas a desarrollar conocimientos y aptitudes interculturales. Hagamos un frente común para superar las dificultades presentes y aprovechémoslo para abrir nuevas vías hacia un mejor entendimiento y una cooperación reforzada. Demos una oportunidad a un diálogo que, más allá de las palabras, obtenga resultados.

El velo y la cruz por Jorge Urdánoz

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El laicismo es el gran invento de la modernidad para facilitar la convivencia entre los diferentes credos: saca a Dios del salón público y lo instala en el corazón privado de los hombres y de las mujeres libres

EL PAÍS

En su carta al director del viernes 14 de noviembre, María de Andrés Urtasun solicita una explicación para el doble rasero que ella percibe entre el trato dado al crucifijo y al velo de las musulmanas. Según ella afirma, mientras el primero es retirado apresuradamente de las aulas, el segundo no sólo se tolera sino que se defiende con afán. Se trata de una comparación que está adquiriendo un considerable éxito en el imaginario social, por lo que conviene sin duda profundizar en su fundamento.

La primera gran diferencia entre el caso del crucifijo y el del velo apunta al espacio en el que cada uno se sitúa. Ni el laicismo como ideal de tolerancia ni el liberalismo como teoría política subyacente tienen problema alguno con el crucifijo en sí, sino con el lugar en el que algunos se empeñan en colocarlo: la escuela pública. Porque, aunque esos algunos no parezcan querer entenderlo, "público" significa "obligado para todos".

Un crucifijo en un centro público (sea un hospital, un juzgado o una escuela) supone adscribir una y sólo una determinada religión a todos y cada uno de los usuarios de tal centro.

Y, claro, una cosa así choca con la libertad religiosa, porque algunos usuarios adoran a otro Dios, otros no adoran a ninguno y otros no acaban de saber a qué o a quién adorar. De ahí que el fundamento jurídico de la sentencia del Tribunal de Estrasburgo haya sido precisamente ése: la libertad religiosa.

Un inciso: algunos salen aquí con el pintoresco argumento de que los católicos son mayoría en nuestro país, y de que de tal cosa se desprendería la legitimidad de los crucifijos en las escuelas. Da pereza tener que explicar esto, pero es que si la religión del Estado se eligiera por mayoría, entonces nada habría que objetar a que en los países musulmanes todos los niños fueran educados en el islam, en Israel todos lo fueran en el judaísmo, aquí todos en el catolicismo, en Grecia todos en el cristianismo ortodoxo, etcétera.

"A la teocracia por la democracia", un bonito eslogan que aquí asumen sin rubor algunos de nuestros pretendidos liberales, y que pisotea una de las conquistas más elementales de la modernidad: el Estado ha de ser neutral, aconfesional o laico -cosas todas que significan lo mismo- precisamente porque sólo así puede garantizarse para todos la libertad de conciencia.


Pero retomemos la cuestión. La gran diferencia entre el velo y la cruz es que el velo es algo privado. No es un símbolo religioso que se quiera imponer en ciertos espacios públicos, sino una prenda que algunas personas deciden lucir (y soy consciente de todo lo problemático que encierra este "deciden" cuando estamos hablando de niñas o adolescentes).

Un aula, cuando es pública, no puede adornarse con trajes religiosos pertenecientes a una determinada confesión. Nada público puede hacerlo: ni las aulas, ni los libros, ni los temarios, ni (por cierto) los juramentos de los funcionarios, ni (por cierto) los funerales de Estado, ni (por cierto) la declaración de la renta, ni... en fin, nada que obligue a todos. Ésa es la gran diferencia: el velo es algo privado, el crucifijo -el que se ha prohibido en Estrasburgo, quiero decir- pretendía ser público.

Por eso, para enfocar con justicia la cuestión, al velo no habría que compararlo con los gruesos crucifijos de pared de las aulas, sino con los diminutos que muchos de nuestros estudiantes llevan colgados al cuello, con las medallas de la virgen, con las estampas de santos, con la kipá que lucen los judíos, etcétera. Es decir, con símbolos religiosos, sí, pero perfectamente privados. ¿Hay algo en el laicismo que implique prohibir los símbolos religiosos privados? No, en absoluto.

De hecho, si el laicismo garantiza la neutralidad de los espacios públicos lo hace precisamente para que cada uno podamos hacer uso de nuestra libertad individual en el ámbito privado. Es gracias al laicismo que unos pueden lucir una cruz y otros un velo, y ésa es su grandeza civilizatoria.

Contra lo que mezquinamente nos venden algunos en este país, el laicismo no se opone a ninguna religión, sino todo lo contrario: lo que viene a hacer es garantizarlas todas. El laicismo es sinónimo de tolerancia, de igualdad, de respeto. Es el gran invento de la modernidad para facilitar la convivencia entre los diferentes credos: saca a Dios del salón público del trono y lo instala en el corazón privado de los hombres y de las mujeres libres.

Pero, ¿y no es el velo un símbolo machista? ¿No vulnera la dignidad de la mujer, no presupone y potencia su sumisión? Esta segunda acusación va más allá del ámbito del laicismo y acude en su descargo a cierta idea de los derechos humanos. Si el velo atenta contra la mujer, lo hará dentro y fuera de la escuela, y habrá por tanto de perseguirse siempre y en todo caso.

Por estos y otros motivos, buena parte del feminismo (no todo) se sitúa del lado de la prohibición, junto a insospechados compañeros de viaje como los neocon, cierta islamofobia rampante y no pocos partidarios de ese "choque civilizatorio" que más que describir una situación parecen empeñados en provocarla.


La cuestión es desde luego espinosa, y dista de ofrecer nada ni remotamente parecido a una solución sencilla, pero yo adelantaría dos razones por las que creo que el feminismo hace un flaco favor a su causa cuando aboga por la prohibición. En primer lugar, porque al hacerlo así ha de asumir una identificación entre una prenda -el velo- y unos valores -los patriarcales- que está lejos de ser evidente.

El velo no significa lo mismo siempre, ni en todas las culturas, ni para cada una de las mujeres que lo adoptan. Se trata de una generalización abusiva que probablemente genera más problemas que los que resuelve.

En el caso concreto de las escuelas, parece mucho más sensato que decida cada Consejo Escolar atendiendo a las circunstancias del caso. Y, como en todo proceso con garantías -esas garantías jurídicas que configuran uno de los más hermosos avances morales que ha dado al mundo la civilización occidental- "las circunstancias" han de ser siempre actos concretos, no meras prendas de vestir, sean velos, estrellas de David o crucifijos.

Lucir el velo no debe llevar per se a la apertura de un proceso de indagaciones del que los demás alumnos se hallen liberados. Sabemos a qué recuerda eso, y estremece tener que recordar lo obvio.

Pero, en segundo lugar y sobre todo, porque lo que está en juego es la libertad de las propias musulmanas. Que el velo es machista es en muchos casos absolutamente cierto, pero prohibirlo enarbolando esa razón resulta en buena medida contraproducente. La lucha de las mujeres por su liberación ha sido el acontecimiento más fructífero y liberador de la modernidad, pero lo ha sido así porque fueron ellas las que encabezaron la lucha: ellas fueron las protagonistas, como ahora lo han de ser las musulmanas.

Lo que la prohibición lograría sería retirar de la cabeza de las mujeres el mero velo externo, sí, pero al presumible precio de mantener incólume el interno, que es el que principalmente hemos (han) de combatir: el machismo son ante todo ideas y representaciones mentales, y sólo secundariamente ropas, hábitos y servidumbres.

Son ellas las que han de descubrir su camino, sin que les indiquemos cuál es "el adecuado" ni les forcemos a transitarlo. Para bien o para mal, las similitudes que existen entre querer obligar a una mujer a despojarse de una determinada prenda "por su propio bien" y pretender imponer en un país "la democracia" manu militari son demasiado evidentes, demasiado cercanas y demasiado siniestras.

La memoria de las mujeres por Rosa Pereda

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EL PAÍS

Lo nuevo después del Holocausto, me decía hace pocos días Reyes Mate, es la necesidad de incluir la memoria en el análisis. Y, me pareció entender, no sólo la facultad de recordar, sino los recuerdos mismos. Y eso, por dos razones: primero, para establecer los hechos. El recuerdo de la víctima, su sufrimiento, vuelve incontestable cómo fue que pasó lo que pasó. Particularmente cuando resulta inexplicable y sin razón, como en el caso del Holocausto, pero también de algunas otras realidades que, como los mundos de Paul Eluard, existen y están en éste. Es lo que pasa con las categorías del pensamiento, que como lentes focalizadas, cambian irremediablemente el sentido de la realidad que estamos analizando.

Pero la segunda razón es de otro orden, el de la moral, el de la intención del análisis: que los hechos que se analizan no se vuelvan a repetir. Obviamente, no todos los que piensan están en esa idea, que no se deriva de los hechos -algunos, estuvieron y están de acuerdo con la Solución Final; otros niegan que existió- pero sí puede derivarse de su análisis. De ese enfrentamiento con el horror. Lo fastidiado de la memoria es que obliga a las víctimas a recordar, pero también a los verdugos. Y es lógico que se revuelvan panza arriba.

Entonces, le pregunté a Reyes por la memoria de las mujeres.

El tema de las mujeres es espantosamente aburrido. Lo decía la feminista americana Susan Faludi: como las tareas domésticas, que acabas de limpiar el polvo y ya tienes que volver a empezar. Cada día hay que establecer los hechos, hay que demostrarlos, hay que volver obvio que no se pueden repetir. Los hechos, los tozudos hechos, hablan sobre las consecuencias de pensar que las mujeres somos naturalmente inferiores. Quiero decir: inferiores por naturaleza. Según esa idea, que tantos comparten aunque felizmente cada vez menos se atreven a formularla, es la naturaleza la que impone el papel familiar y social de la mujer, y su sitio en la estructura del poder, de la autoridad. No se trata sólo del poder político, también es el poder de tomar decisiones. Incluso, sobre nuestra propia vida.


La supuesta -dada por supuesta- inferioridad (natural) de la mujer, ha dado como resultado más de la mitad de la población, las mujeres, sojuzgadas y humilladas. Por siglos. Recluidas en la "zona húmeda" de que habla Bourdieu, que no siempre es metafórica, pero que siempre está ahí, y contagiadas de la suciedad que quitan. Siempre hay mujeres en las limpiezas, y siempre está la limpieza en el horizonte mental. De los hombres -de los varones- y de las mujeres. Unos, ellos, lo verán como un derecho, el suyo. Otras, nosotras, como una amenaza, real o metafórica, y en el mejor de los casos, como una perplejidad. No conozco una sola mujer que no haya conocido la agresión física, oral, fáctica, por el hecho de ser mujer. Ninguna que no haya tenido miedo en algún momento. Ninguna que no se haya visto limitada alguna vez, por el hecho de ser mujer. Y como todo eso se vive de una en una, cada una en su única vida, la memoria de las mujeres es como para echarse a temblar.

Es, efectivamente, el relato de las víctimas. La versión de las víctimas. Y aquí hay que ser muy claros, porque la tentación es echarles -echarnos- la culpa. No es un mecanismo exclusivo contra las mujeres, pasa siempre. No sólo con los judíos: cuando desaparecieron los chupados de las dictaduras del Cono Sur, algo habrían hecho. El casi centenar de mujeres que están muriendo en España cada año a manos de sus maridos, el millar de ellas que mueren en Europa cada año, castigo a su insumisión. Algo harán. Las apedreadas, violadas legalmente, azotadas en público, quemadas con ácido, en muchas sociedades islámicas, lo son conforme a su ley... ¿Por qué no les escuchamos a ellas? ¿Por qué no nos escucháis?

Sencillamente. Ninguna opresión, ni económica, ni doméstica, ni política, deja de rendir dividendos -léase dineros, servicios, autoestima: poder, en suma- a los opresores. El sistema del poder

No es en absoluto inocente. Es, además de malvado, interesado. Y no tiene nada que ver con la naturaleza. Es propia y enteramente cultural: inventado. Podría haber sido, y será, de otra manera.


¿Y qué hay de los afectos? Aquí está la trampa terrible. Porque cuando hablamos de la opresión de las mujeres, estamos hablando, para empezar, de la estructura familiar, allí donde se afianzan y transmiten los valores, y donde se cristalizan, cotidianamente, las conductas. La familia, que además de un sistema de autoridad, es una red poderosísima de afectos. Para nadie como para las mujeres, la familia es el núcleo de la incondicionalidad. Y, sobre todo para ellas, según lo previsto por el mando y gracias a esos afectos, el lugar donde se realiza su razón de ser. Claro que las mujeres amamos: incluso más allá de la vida. Por amor -escuchemos a las víctimas- se concede esa última oportunidad fatal. Por amor se vuelve a creer esa promesa mil veces incumplida antes. Por amor se disculpa lo imperdonable. ¿Pero hay algo que pueda justificar los sufrimientos infligidos? Desengañémonos: no hay afecto en la violencia. Las mujeres deben saber que el maltrato en el grado que sea es incompatible, rigurosamente incompatible, la prueba del nueve, con el más mínimo afecto.

Porque al final, estamos hablando de un engaño, de una montaña de mentiras, de una trama puramente ideológica y nunca puesta a prueba, que tenemos que desenmascarar. Sólo la memoria del sufrimiento, entrando en el análisis; sólo el relato de las víctimas, fijando los hechos; y sólo el convencimiento de que el sufrimiento es injustificable, puede ayudarnos a terminar con un mal que es una vergüenza.

Estar hablando de este tema, estar quemándose con este tema es, se lo juro, señores, espantosa, horrorosamente aburrido. Pero hay que volver a quitar el polvo. Porque ahí están los hechos, y estamos hablando de sufrimiento. Innecesario, evitable, injustificable. Y tenemos que acabar con él. Chicas, que ninguno de los hombres que haya en vuestra vida sea más que vosotras. Chicos: que ninguna de las mujeres que haya en vuestra vida sea menos que vosotros. Amén.

Alianza de Civilizaciones en la UE por R. Tamames y M. López

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ESTRELLA DIGITAL
El domingo pasado, los visitantes de Medina Azahara, en Córdoba, fueron sorprendidos por una procesión de coches oficiales y de seguridad fuera de lo común que sorprendía hasta a los trabajadores de las instalaciones arqueológicas. La llamativa caravana respondía al hecho de que los ministros de Exteriores turco y español estaban reunidos ese día y no pudieron escoger un escenario más apropósito para los representantes de los dos países que lideran la tan traída y llevada "Alianza de Civilizaciones".
Un día después, ya en Madrid, el secretario de Estado para la Unión Europea, Diego López Garrido, en la presentación de la intervención de Ahmet Davutoglu, ministro de Exteriores de la República de Turquía, en un conocido foro de debate público, afirmaba que España hará "todo lo que sea posible" para agilizar el ingreso de Turquía en la UE, durante su próxima Presidencia de turno del Consejo de la UE, es decir, en el primer semestre del 2010.
A lo cual el Sr. Davutoglu correspondía mostrando la creencia turca de que con la Presidencia española, el proceso "se acelerará desde un punto de vista técnico, y que habrá más actividad desde un enfoque político". Al tiempo que subrayaba las semejanzas entre Turquía y España: los dos países se han enfrentado a duras negociaciones de acceso a la UE, ambos viven bajo la amenaza del terrorismo independentista, y los dos Estados patrocinan la Alianza de Civilizaciones, calificada por el ministro turco como una de las mejores iniciativas internacionales de los últimos veinte o treinta años.
Ahmet Davutoglu ha sido el principal asesor en política internacional del primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, desde su llegada al poder hace siete años, y hasta ahora su objetivo prioritario es la plena incorporación a Europa, sin perder de vista su entorno cercano, de tal forma que no teme declarar que su política exterior consiste en "cero conflictos con los vecinos".
En esa línea, encontramos el acercamiento con Armenia mediante una serie de protocolos que preveían, por primera vez en la historia, el establecimiento de la normalidad en las relaciones diplomáticas, incluyendo la apertura de la frontera común y la creación de una comisión de expertos para el estudio del conocido "genocidio armenio". Además, con relación al conflicto con la minoría kurda el Parlamento ha puesto en marcha de una serie de medidas para mejorar sus derechos, como el relajamiento de las restricciones de uso de su lengua, otrora prohibida, incluyendo el lanzamiento de una empresa estatal para la creación de un canal de televisión en esta lengua.
Con todo, el último informe de progreso de la Comisión Europea, critica la rigidez del Gobierno de Ankara con respecto a Chipre, pues Turquía sigue sin abrir sus puertos y aeropuertos a los ciudadanos y mercancías greco-chipriotas, al tiempo que según quejas presentadas por Grecia, el país más asiático de Europa viola de forma continuada su espacio aéreo. Ante este espinoso tema el ministro Davutoglu afirma que las negociaciones este año han progresado mucho y que en ese sentido esperan "objetividad" de la Presidencia española para alcanzar un acuerdo.
Seguiremos atentos, no sólo a los mediáticos nombramientos que está previsto se produzcan hoy en la Cumbre Informal de Jefes de Estado y de Gobierno de Bruselas, sino también a cómo evoluciona la diplomacia turca y la comunitaria en la senda de la que sin duda puede ser la adhesión de mayor importancia desde la de los Estados de Europa Oriental en el año 2004.

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