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Darfur exige justicia

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La orden de arresto de La Haya contra el presidente de Sudán, prueba de fuego para África

EL PAÍS

Más de medio año después de que lo solicitase el fiscal Moreno Ocampo, la Corte Penal Internacional (CPI) ha ordenado la detención del presidente de Sudán, Omar al Bashir, por alentar y encubrir crímenes de guerra y de lesa humanidad en la región de Darfur, donde desde 2003 las tropas de Jartum y sus aliados locales se libran a indecibles atrocidades contra tribus rebeldes no árabes y civiles indefensos. Estimaciones conservadoras de esta tragedia africana cifran en más de 200.000 los muertos en este territorio sudanés del tamaño de Francia, y en casi tres millones los desplazados. La fiscalía considera a Al Bashir, primer jefe de Estado en ejercicio inculpado por la CPI, responsable de una campaña de genocidio, acusación que espera mayores pruebas para su inclusión en el sumario.

Existe una Corte Penal Internacional, pero no una policía mundial. Una cosa es una orden de arresto y otra ver ante un tribunal a Al Bashir, un sátrapa blindado por el momento en su propio país -dos décadas en el poder tras un golpe de Estado- que se mofa regularmente del Consejo de Seguridad y considera su persecución un nuevo complot colonialista. Para ello se necesitará una decidida cooperación internacional. Pero la arrogancia del líder sudanés, que ayer se organizó un baño de masas en Jartum y anuncia su comparecencia este mes en una reunión árabe en Qatar, debería verse atemperada por precedentes considerados impensables en su momento, como los de Slobodan Milosevic, Radovan Karadzic o su relativo vecino Charles Taylor, el hombre que hizo de Liberia un experimento de terror. La idea de enjuiciar al presidente sudanés en su propio país, mediante un tribunal mixto, del tipo de los establecidos por la ONU para Sierra Leona o Camboya, un globo sonda avanzado por algunas diplomacias de Gobiernos afines, resulta impensable. En el descompuesto y violento Sudán es imposible celebrar un proceso justo en el que los testigos gozasen de la debida protección. Semejante supuesto implicaría en la práctica renunciar a la justicia.

Al margen de sus eventuales repercusiones en Sudán -el Gobierno canceló ayer el permiso a una decena de organizaciones humanitarias extranjeras y se insinúan represalias contra el personal local de la ONU-, la decisión de La Haya representa una prueba de fuego para los dirigentes africanos. Contra la decencia más elemental, y olvidando que cientos de miles de víctimas son africanos indefensos, se han venido alineando sin fisuras con el hombre que ha convertido en un cementerio una parte de su propio país. El ominoso silencio de años de la Liga Árabe o la Unión Africana sobre los horrores de Darfur es más lamentable si se considera que hay 30 Estados africanos entre los fundadores de la Corte Penal, en 2002. El argumento de que la justicia internacional impedirá la paz en Darfur resulta a estas alturas una falacia tan cómplice como inadmisible.

El laicismo como antídoto por Fermín Álvarez Castillo

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Conviene recordar, en este tiempo de incertidumbres y conflictos bélicos, que la defensa de la libertad de conciencia y de la libertad religiosa es fundamento y anclaje de la democracia y de la paz.

A lo largo de la historia de la humanidad, han sido innumerables las guerras, y prácticamente en todas se reconoce el rastro del integrismo religioso. Por eso, ante la barbarie inducida por los de siempre, los intolerantes, se debe alzar la voz en defensa de la libertad, la igualdad y el respeto. Así es como se construye el laicismo, como energía tranquila, serena, inclusiva y democrática. Y es que la laicidad cobra fuerza porque es un movimiento que se nutre de otros. Un movimiento de progreso pacífico, en el que pueden reconocerse y coincidir grupos diferentes, desde los religiosos que apuestan por la pluralidad, hasta los ateos, pasando por racionalistas, librepensadores o agnósticos. Pero, además, la laicidad asienta su propio caudal en el terreno de nuestro tiempo, en el mestizaje de nuestras sociedades, en las personas que se quieren y se respetan con independencia de su color, creencias, orientación sexual u origen.

Nos ha tocado compartir un momento en el que la mundialización de la economía, la revolución de los transportes y la tecnológica, están generando cambios rápidos y a gran escala. Cambios que probablemente sólo pueden compararse a los que se produjeron con la revolución industrial y que, lógicamente, están generando inseguridades e incertidumbres. Así, ante la caída de los grandes dogmas y de determinadas certezas, puede tomarse el camino que nos separa o aquel que nos une, suma y reúne en la convivencia y la confianza. Debemos creer y defender, pues, que el espacio público es el único camino que nos permite avanzar sin dejar a nadie atrás. Así, debemos apostar por las libertades, por los derechos de ciudadanía, por la solidaridad por encima de las diferencias culturales e identidades particulares, reconociendo los valores comunes y aceptando que nuestra diversidad es una fuente de riqueza. Debemos apostar, pues, por los espacios de encuentro y por el laicismo como clave de futuro.

Por todo ello, debemos decir no a los fundamentalismos, a los particularismos excluyentes, a cualquier expresión que fomente el machismo, el racismo y la homofobia. Y debemos decir sí a la solidaridad, al respeto y a la integración desde la diferencia de cada cual. Sí, ahora más que nunca, a la Alianza de Civilizaciones, no sólo a escala global, sino también en nuestras casas, barrios, ciudades. Un sí laico. Y es que la diversidad de nuestra sociedad, que es nuestra riqueza, marca la urgencia de avanzar hacia la laicidad. Porque el laicismo es el antídoto de todos los integrismos religiosos y extremismos políticos.

“En Argelia son las mujeres las que por propia iniciativa deciden participar"

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Los derechos de la mujer en Argelia avanzan lentamente empujados por activistas como Faïka, Zohra y Semhane. Estas tres mujeres visitan España para recordar la lucha de su país y las reivindicaciones que aún quedan por alcanzar.

Aida Sánchez

Mejorar el sistema de justicia, conseguir la igualdad real entre hombres y mujeres y alcanzar oportunidades sociales y políticas inclusivas son las principales apuestas de los colectivos que desde Argelia luchan por los derechos de las mujeres. Faïka Medjahed, responsable del servicio de mujer, en el Instituto Nacional de la Salud Pública Argelina; Zohra Ounas, fundadora y miembro de la directiva de la Asociación AFEPEC; y Semhane Khelil, miembro del equipo de Solidaridad Internacional en Argelia son el ejemplo de que a través de la sensibilización, el asociacionismo y la participación, las mujeres pueden hacer la fuerza necesaria para reivindicar sus derechos y construir otra sociedad.

Las tres visitan España invitadas por Solidaridad Internacional para intercambiar experiencias sobre participación política y social de las mujeres y para acercarnos la realidad de Argelia. Un país en el que durante los años 90 (década en que más de 60.000 personas murieron víctimas de la violencia en Argelia) defender la igualdad entre sexos convertía a las activistas en heroínas.

“La Constitución argelina garantiza la igualdad de sexos, pero en la vida diaria vemos que nuestras salidas laborales y nuestras opciones de participación siguen estando muy limitadas", explica Zohra. “La educación básica está asegurada. Incluso hay muchas mujeres que tienen carreras universitarias en Argelia, pero el siguiente paso, el acceso al mundo laboral para las mujeres es muy difícil, hay que hacer frente a muchas injusticias, barreras burocráticas y discriminaciones”, añade.


Participación y asociacionismo

A través de sus entidades impulsan campañas para promover la participación y el asociacionismo. “Son las mujeres las que por propia iniciativa deciden participar y reivindicar sus derechos. Y no sólo participan en asociaciones de mujeres o feministas, también hay mucha presencia femenina en asociaciones culturales, de desarrollo comunitario, de defensa de los derechos humanos”, explica Semhane. “Participan de forma muy productiva y no consideran la participación ‘una cuestión de hombres’”, añade.

"Llevamos a cabo seminarios para las mujeres, organizamos actividades y talleres formativos y también tenemos centros de escucha para acompañar a las mujeres que comparten con nosotras problemas específicos, sobre todo, relacionados con la discriminación, así como con el acoso sexual y psicológico", explica Zohra.

Contar los traumas

“Un hito a conseguir por las mujeres argelinas sería poder hablar con normalidad de nuestros traumas. Vivimos una guerra de independencia muy cruenta, y también otras guerras y desastres como inundaciones, terremotos y situaciones muy angustiosas y parece que no podemos hablar de ello, como si fuera un tabú”, comenta Faïka. “Parece que aún tememos expresarnos. Tenemos que hablar e intentar superar estos traumas que todas hemos padecido. Confesar que nos sentimos discriminadas, por ejemplo, no ocultar nuestra situación”, añade.

Para Zohra otro de los retos de las mujeres argelinas es seguir en el camino que han empezado a crear, desmontando roles y pisando fuerte en el mundo laboral. “Ya hay mujeres conductoras de taxis, de autobuses, de trenes, carpinteras, mecánicas, artistas, ingenieras, empresarias… Tenemos que seguir así demostrando que nos podemos imponer y tener éxito”, explica.

Mujer, musulmana y policía por Montse Martínez

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Rukshana Begum, de 24 años, origen bangladesí y pionera en Gran Bretaña, asegura que llevar el 'hijab' aumenta la confianza de la ciudadanía. Noruega autorizará el uso del velo islámico a las agentes de la ley.

EL PERIODICO

Confianza, igualdad ante la ley, respeto, empatía, y pluralidad cultural; en definitiva, riqueza. Es solo una pequeña selección de los mensajes que, en cuestión de segundos, pueden captar los sentidos de un ciudadano británico al cruzarse por la calle con una mujer policía con hijab, el velo islámico. Así lo ha constatado una de ellas, Rukshana Begum, de 24 años, agente de la policía metropolitana de Cambridge y pionera en el Reino Unido del uso del velo mientras va de uniforme.

"Es una experiencia muy positiva", arranca la agente desde el otro lado del hilo telefónico tras insistir en que no puede lamentar, harto al contrario, ningún episodio de racismo contra su persona.

Su contundente valoración funciona a modo de mensaje para sus colegas de Noruega. El Gobierno del país nórdico anunció el miércoles que, tras un informe favorable de la policía, va a permitir el uso de la prenda islámica a las agentes. Uno de los argumentos destacados por el Ministerio de Justicia es "aumentar el reclutamiento en el seno de la comunidad musulmana". "Consideramos --argumenta la directora de la Policía, Ingelin Killengreen-- "que la necesidad de aumentar el reclutamiento y de modelar una policía que refleje todas las capas de la sociedad, independientemente de convicciones y etnias, prevalece sobre la exigencia de la neutralidad del uniforme".

Además de Gran Bretaña, solamente Suecia y, en breve, Noruega son los países europeos que permiten el controvertido velo en sus fuerzas de seguridad. El uso en escuelas y otros centros oficiales genera beligerantes debates a lo largo y ancho de la UE. En EEUU está permitido.


La consecución de un sueño

El debate en Noruega surgió el pasado mes de octubre cuando Keltum Hasnaui Missum, una mujer musulmana de 23 años que había trabajado como guardia de seguridad, ingresó en la academia de policía y remitió una carta al departamento interesándose por la posibilidad de trabajar con el hijab.

Poco podía imaginar que su sueño de ser policía y su necesidad de defender el uso de una prenda fundamental para su identidad religiosa iban a desatar un debate de la envergadura del que se ha producido en la sociedad noruega. Hasnaui Missum llegó a Oslo en el año 2000 y noruegos son sus tres hijos, el más pequeño, un recién nacido de cuatro meses.

Bangladesí de origen

En Gran Bretaña, se permite el uso del hijab desde hace una década pero no fue hasta el 2007 cuando Rukshana Begum decidió ponérselo. De hecho, según el Sindicato de Policías Musulmanes, solamente hay diez mujeres en toda Gran Bretaña que lleven el velo mientras van de uniforme.

Originaria de una familia de Bangladés, Rukshana Begum ya nació en Cambridge y su historia vital es un reflejo constante de tesón y determinación. Sus padres pusieron el grito en el cielo cuando dijo que quería ser policía, pero ahora su progenitor se enorgullece al verla defender públicamente su religión.

"Me gusta que se me identifique como musulmana", argumenta la joven, practicante desde niña, para asegurar que su opción ha sido muy bien aceptada tanto por parte del colectivo de mujeres musulmanas como de las propias fuerzas de seguridad británicas.

"Quiero demostrar" --añade en la conversación telefónica-- "que siendo una mujer musulmana no estoy oprimida por nada y se me permite ejercer mis creencias con dignidad". Begum no escatima elogios a la policía británica, a la que califica de "flexible", sabedora de que este asunto es controvertido en países tan permisivos como Holanda, donde el Parlamento se pronunció en contra del uso de la prenda policía.


Superar la desconfianza

La agente británica hace una última e interesante reflexión. Asegura que las minorías acostumbran a desconfiar de las fuerzas policiales y el hecho de ver a efectivos afines a ellos aumenta la credibilidad y confianza. "Transmitir que la puerta de la policía está abierta para todos --finaliza Begum--, "con independencia de su origen y religión, es muy importante". Y es que Gran Bretaña está a años luz.

Hermano Islam por Juan José Tamayo

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Juan José Tamayo, teólogo y escritor, propone en 'Islam. Cultura, religión y política' una revisión de los prejuicios occidentales. Ni intolerante ni peligrosa, la musulmana es una religión que hay que conocer y con la que se debe dialogar

Juan José Tamayo /   EL PAÍS

En el imaginario social y religioso de Occidente ha calado la idea de Samuel Huntington de que el islam es "la civilización menos tolerante de las religiones monoteístas". Estamos ante un estereotipo que constituye uno de los obstáculos más serios para el diálogo interreligioso, junto con el desconocimiento que unas religiones tienen de las otras, incluso entre sectores cultos. Las descalificaciones son tanto más gruesas y viscerales cuanto mayor es el desconocimiento mutuo. Los prejuicios sustituyen a las descripciones objetivas. Las opiniones, muchas veces infundadas, se elevan a la categoría de axiomas. Las certezas se refuerzan cuanto más crasa es la ignorancia. A la hora de juzgar y valorar a las otras religiones no se suele partir de análisis y estudios rigorosos, sino de estereotipos o versiones interesadas que terminan por deformar el sentido profundo de la religión o por ofrecer una caricatura de la misma. Vamos a ver algunos de esos estereotipos en relación con el islam, que dificultan un acceso sereno al mismo e impiden una relación desprejuiciada con los creyentes de esa religión.


1. ¿Religión fundamentalista?

Se acusa al islam de ser una religión en su conjunto fundamentalista e integrista, cuando el fundamentalismo es una desviación o, peor todavía, una perversión, y no pertenece a su esencia, aun cuando contenga algunos rasgos fundamentalistas como sucede en la mayoría de las religiones. Se acusa al Profeta de mujeriego, obseso sexual, iluminado, violento, despiadado, guerrillero, e incluso terrorista y de otros vicios incalificables. Es el caso de las caricaturas, de muy mal gusto y peor calidad, publicadas por el diario danés Jyllands-Postern, en septiembre de 2005, y reproducidas, con ánimo de atizar la polémica, por la revista cristiana noruega Magazinet y por varios medios de comunicación europeos unos meses después, que vienen a confirmar los estereotipos peyorativos de Occidente sobre el islam y que constituyen, en mi opinión, un uso irresponsable de la libertad de expresión, al tiempo que una provocación para el mundo islámico. Provocación que puede hacer descarrilar las iniciativas políticas de paz llevadas a cabo por algunos organismos internacionales y por gobiernos democráticos de Occidente y del mundo musulmán, como España y Turquía, que han copatrocinado la Alianza de Civilizaciones, y cuyos presidentes de Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero y Tayyip Erdogan respectivamente, hicieron llamadas a "oír la voz de la razón", al respeto y a la calma. El problema no es la legalidad o no de la publicación de las caricaturas, sino su moralidad. Coincido con los dos dirigentes políticos citados en que la publicación "puede ser perfectamente legal, pero puede ser rechazada desde el punto de vista de la moral y de la política", porque "no hay derecho sin responsabilidad y sin respeto a las diferentes sensibilidades". Se trata, además, de una irresponsabilidad que pudiera haber arruinado los buenos resultados que hasta entonces estaban dando las múltiples plataformas de diálogo interreligioso e intercultural. Amparándose en la libertad de expresión, que es un derecho irrenunciable, se ha demonizado al fundador del islam, una religión con más de 1.200 millones de seguidores y seguidoras. Demonización que refuerza la creciente islamofobia instalada en la población occidental.(...)


2. ¿El yihad, sexto pilar del islam?

Se presenta el yihad como guerra santa contra los infieles, cuando esa concepción responde sólo a posiciones integristas radicales y cuando el verdadero significado de yihad es esfuerzo por la propia perfección en el camino hacia Dios y lucha contra el egoísmo. Se presenta la guerra santa como uno de los pilares del islam junto con la unicidad de Dios, la oración, la limosna, el ayuno y la peregrinación a Meca, cuando, en realidad, la idea de guerra santa surge en el cristianismo durante la Edad Media con las cruzadas contra islam. La única forma de guerra que justifica el Corán es la defensiva. Se habla con ligereza y sin matices de terrorismo islámico, vinculando, unas veces inconscientemente y otras a conciencia, terrorismo con islam, cuando es terrorismo de Al Qaeda y de otros grupos extremistas. El terrorismo de estas organizaciones no puede ser identificado con el islam, aun cuando apele a Dios para su justificación, como tampoco se identifica el terrorismo de Estado de Bush con el cristianismo, aun cuando él se declare cristiano y diga que actúa en nombre de Dios.

La Junta Islámica de España emitió en marzo de 2005 una fatwa contra Osama Bin Laden, Al Qaeda y cuantos pretenden fundamentar el terrorismo en el Corán o la Sunna. Según la fatwa, el islam rechaza el terrorismo en todas sus manifestaciones, sea que cause la muerte sea que atente contra personas inocentes o sus propiedades. Los atentados terroristas reivindicados por autodenominados "musulmanes", sigue diciendo la Junta Islámica de España, perjudican gravemente al islam, a quien miméticamente se asocia con la violencia. Asimismo, generan en la ciudadanía una imparable espiral de islamofobia. Quienes cometen dichos actos violentos están transgrediendo las enseñanzas del Corán y se tornan apóstatas de su religión. Es el caso de Bin Laden y su organización Al Qaeda, responsables de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos y del 11 de marzo de 2004 en Madrid. La fatwa considera deber de todo musulmán luchar activamente contra el terrorismo. Pide al Gobierno español y a los medios de comunicación que no utilicen la palabra islam o islamista cuando se refieran a los malhechores responsables de los atentados terroristas, ya que no es conforme a derecho.


3. ¿Religión patriarcal?

Se considera el islam una religión machista, patriarcal, que discrimina, reprime y margina a la mujer. Es verdad que la mujer vive una situación estructural de marginación en no pocos países islámicos, pero esa situación no responde a los orígenes del islam ni a la praxis y al mensaje originario del Profeta, que reconoce personalidad jurídica a las mujeres y reclama respeto a su dignidad, en una sociedad y una cultura donde eran tratadas como esclavas. Es verdad, igualmente, que la estructura organizativa del islam es generalmente patriarcal y que las mujeres no suelen asumir responsabilidades en la esfera pública o en el ámbito de lo sagrado. Eso sucede en la mayoría de las religiones, especialmente las monoteístas.

Pero cabe constatar, igualmente, que en el islam existen, como en el cristianismo y el judaísmo, movimientos feministas cada vez más pujantes que luchan por la emancipación de las mujeres en la sociedad y en la propia religión, leen los textos sagrados desde la perspectiva de género con sentido inclusivo y quieren recuperar la praxis igualitaria de los orígenes. (...) El patriarcalismo, la misoginia y el androcentrismo de las religiones en general y de las monoteístas en particular requieren una revisión profunda que desemboque en una transformación estructural e ideológica

En los últimos años se han desarrollado campañas terribles acusando indiscriminadamente al islam de machista. Un ejemplo es la película Sumisión, del director de cine holandés Theo van Ghog, asesinado el 2 de mayo de 2002. Otro es la política somalí Ayaan Iris Ali, residente en Holanda y miembro del Parlamento de ese país, quien considera la misoginia inherente al islam, relaciona directamente el maltrato a las mujeres con el Corán y, en una ocasión, llegó a proponer que se sondeara la ideología de los musulmanes cuando fueran a solicitar un empleo.


Se tiende a presentar la ablación del clítoris y la lapidación como prácticas que degradan la dignidad y la integridad de las mujeres. Degradantes, condenables y punibles, ciertamente son, pero ni responden a prescripción coránica alguna ni tienen que ver con el islam. No son prácticas musulmanas. Nadie puede apelar al Profeta para justificar la lapidación por adulterio a las mujeres. El Corán manda "flagelar a la fornicadora y al fornicador con cien azotes cada uno" (24,3) -lo cual resulta hoy inadmisible-, pero nunca lapidar a ninguno de los dos. Y, sin embargo, son varios los países musulmanes que aplican sistemáticamente la pena de muerte en cumplimiento de una ley islámica que no se basa en el Corán.

Se calcula que alrededor de 200 millones de mujeres han sido sometidas a la ablación del clítoris, que dos millones la sufren al año y que 6.000 la padecen diariamente. Esta práctica se aplica hoy en más de cuarenta países de diferentes tradiciones culturales y religiosas: africanas, amerindias, asiáticas. Se realiza en países musulmanes no árabes como Pakistán, Indonesia, Malaisia, Nigeria y Senegal, en algunos países afroárabes como Egipto, Sudán y Yibuti, pero también entre animistas, judíos, y cristianos en varios países de África como Etiopía, de mayoría cristiana. Es una práctica que forma parte de tradiciones heredadas cuyo objetivo es controlar la sexualidad femenina, si bien, para su justificación, se apela a motivos higiénicos, de madurez, e incluso estéticos. En la mayoría de las comunidades musulmanas no se aplica la ablación del clítoris. Y, sin embargo, en el imaginario social y religioso se la asocia derechamente con el islam.


4. ¿Ilustración o retraso cultural?

Se dice que el islam vive anclado en la Edad Media y que no ha progresado, que necesita pasar por la Ilustración y por la modernidad para salir de su retraso cultural y religioso. Es una idea muy extendida entre los intelectuales occidentales y entre los eclesiásticos del catolicismo. El cardenal belga Godfried Danneels ha osado afirmar que el islam debe experimentar en su seno una Revolución Francesa como, en su opinión, ha experimentado ya la Iglesia católica. Este juicio me parece poco afortunado porque no responde a la historia. Desde finales del siglo XVIII, cuando tuvo lugar la Revolución Francesa, durante todo el siglo XIX y buena parte del siglo XX, los papas y la mayoría de los movimientos políticos y sociales cristianos se opusieron radicalmente al lema de "libertad, igualdad, fraternidad", consideraron la Revolución Francesa como el Anticristo, calificaron los derechos humanos contrarios a la ley de Dios, a la ley natural y lesivos de los derechos -que, en realidad, eran privilegios- de la Iglesia, y definieron las libertades modernas como "libertades de perdición". Pío IX llegó a decir que la Iglesia católica no podía reconciliarse con el progreso. Los papas se parapetaron en la defensa del antiguo régimen y de sus privilegios multiseculares, se declararon contrarios a la separación entre la Iglesia y el Estado y se mostraron partidarios de reeditar la alianza entre trono y altar, que tan buenos réditos les había dado en los siglos precedentes.(...)

No seré yo quien niegue la necesidad de que el islam se adapte a los tiempos. Lo considero obligado. En esa dirección va la revisión ya citada de los hadices llevada a cabo en Turquía por parte de cien expertos. Lo que no tengo tan claro es que la adaptación tenga que llevarse a cabo miméticamente conforme a los parámetros de la modernidad europea. (...)

El problema de las tendencias integristas dentro del islam hoy, como el wahabismo, practicado en Arabia Saudí y exportado a otros países, y el salafismo, es, en mi opinión, que se han olvidado de la Edad Media, donde tuvo lugar la verdadera edad de oro del islam, el momento cumbre del diálogo entre fe y razón, de la espiritualidad sufí, de la filosofía de la religión, etcétera. Es precisamente el olvido del islam de la Edad Media el que ha llevado al desarrollo del fundamentalismo islámico.


5. ¿Amenaza contra la democracia?

Se tiende a pensar que el mundo musulmán constituye una amenaza múltiple contra Occidente: a) amenaza demográfica, dado su crecimiento incontrolado, frente al decrecimiento de la población occidental; b) amenaza para la democracia, con la que se dice es incompatible, cuando lo que rechaza no es la democracia, como prueba la existencia del modelo democrático en varios países de mayoría islámica, sino la actitud colonial de la Europa "democrática" durante siglos, la injerencia de la política occidental en su política y, en definitiva, el modelo político democrático-liberal y el modelo económico neoliberal occidentales, que se quieren imponer, incluso por las armas, a los países musulmanes haciendo tabla rasa de su identidad religiosa y cultural.

La participación de organizaciones islamistas en las elecciones democráticas se presenta como una amenaza para algunos Gobiernos de países occidentales y de países musulmanes, al tiempo que dichas organizaciones son acusadas de secuestrar la democracia. Sin embargo, en varios países musulmanes han sido los partidos políticos de corte occidental quienes, con el apoyo de los militares, han anulado los resultados electorales que daban la victoria a partidos políticos islamistas, como sucedió en Argelia en 1992. Otras veces ha sido Occidente quien ha dificultado o ha hecho fracasar la acción de Gobierno de partidos islamistas elegidos democráticamente, como el caso de Hamás en Palestina. (...)

Un ejemplo de evolución democrática de un dirigente musulmán es el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan. Siendo alcalde de Estambul fue encausado por apología del integrismo, inhabilitado de por vida para la política y encarcelado por haber leído en público un antiguo poema otomano que dice así: "Las mezquitas son nuestros cuarteles, los alminares nuestras bayonetas, las cúpulas nuestros cascos y los creyentes nuestros soldados". Hoy es un político demócrata, dirigente del partido islamista moderado Justicia y el Desarrollo, y primer ministro de Turquía, empeñado en el ingreso de su país en la Unión Europea.


6. ¿Una religión uniforme?

La imagen que se tiene en Occidente del islam es la de una religión uniforme. Imagen que no se corresponde con la realidad. El islam se caracteriza por la unidad religiosa, el pluralismo ideológico y la diversidad cultural. La unidad religiosa se manifiesta en la fe común en el mismo Dios Único, Trascendente, Omnipotente, Compasivo, Clemente, Compasivo, en la misión profética del Muhammad como mensajero definitivo de Dios y en las prácticas religiosas fundamentales. La diversidad se manifiesta en la plural interpretación de la historia del islam, por ejemplo, entre sunnitas y chiitas, en la diferente aplicación de la ley islámica, atendiendo a los distintos contextos culturales en los que el islam ha arraigado. Creo que puede hablarse de un doble movimiento o de una influencia bidireccional: la islamización, que consiste en la influencia del islam en la cultura de los países donde está implantado, y la indigenización, que consiste en la influencia de la cultura en el islam. De ahí las diferencias tan grandes, por ejemplo, entre el islam de Indonesia y el islam del Norte de África. (...)


7. Guerra y paz

Suele ponerse el acento en el carácter belicista del islam apelando a algunos textos del Corán. No podemos cerrar los ojos a ese tipo de textos, que se dan en todas las religiones. Veamos algunos ejemplos. La Bhagavad Gita parte de una situación bélica de extrema violencia. La pregunta a la que Dios tiene que responder es, en palabras de Ana Agud, la siguiente: "¿Por qué es lo correcto hacer la guerra para conquistar territorios y matar en ella a otros seres humanos?". Es Dios mismo quien legitima la violencia. El hinduismo, empero, presenta la Bhagavad Gita como un libro pacifista. Para ello tiene que desvincularla de su contexto, interpretar las frases referidas a la guerra en otro contexto diferente y entender de manera simbólica sus llamadas a matar. La Biblia hebrea es uno de los libros más llenos de sangre de la literatura universal. En ella hay más de mil textos que relacionan a Dios directamente con la violencia. Tampoco la Biblia cristiana está exenta de violencia: el cristianismo surge de un acto de violencia: el asesinato de Cristo, que recibe una interpretación sacrificialista. -

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