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Ankara, Bruselas, Madrid, Rabat: un hilo conductor por Máximo Cajal

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EL PAÍS 28/11/05

La Alianza de Civilizaciones tiene vocación universal, como universal es la amenaza cuyas causas más profundas también trata de combatir; el riesgo creciente de que la brecha abierta en el seno de la comunidad de naciones sea insalvable, acabe convirtiéndose en trinchera, y socave la paz y la estabilidad internacionales.

Para hacer frente a esa minoría violenta que practica el odio y la intolerancia no basta con la sola respuesta de las fuerzas de seguridad, por mucho que consigan desbaratar numerosas conspiraciones terroristas o detener a los responsables de los atentados cometidos, ya que no conseguirán disuadir o intimidar a cuantos están dispuestos a seguir sus pasos. Porque de lo que se trata es de erradicar la semilla de una perversión, implantada por quienes predican el extremismo y la exclusión en unas mentes que no dudan en sacrificar a los demás al precio incluso de sus propias vidas. Sumidos como estamos en el temor y en la perplejidad, este fenómeno brutal ha provocado, por sus dimensiones, la aparición de una conciencia generalizada de que es vital hacer lo imposible para atajarlo, para poner fin a esta deriva sangrienta. Que es acuciante una movilización de los gobiernos, de los organismos internacionales y, sobre todo, de la sociedad civil para fortalecer el entendimiento mutuo y el respeto a los valores compartidos.

Pero si las medidas policiales no bastan, tampoco es solución el recurso a las fuerzas armadas, por cuanto el adversario no es identificable ni cuantificable. Puede ocultarse tras la puerta de al lado, ser nuestro vecino, en Madrid, en París y en Londres, pero también en Moscú, en Ammán, en El Cairo o en Kuala Lumpur. ¡La guerra!, que centuplica el rencor y su secuela de daños colaterales. ¿Acaso lo es el recurso exclusivo y obediente al Gran Hermano? La vuelta al unilateralismo, que también algunos reclaman, los que descalifican groseramente a la Alianza de Civilizaciones -pues se diría que andamos sobrados de remedios-, sin concederle siquiera el beneficio de la duda. Los mismos que proponen meter a la OTAN en el conflicto de Oriente Medio, receta ideal para atizar más, si cabe, el resentimiento árabe contra Occidente. O cuya imaginativa aportación a la reforma de las Naciones Unidas, que desean ver muertas, se circunscribe a dejar el monopolio del derecho de veto en manos de Washington.


Así están las cosas, en vísperas de la reunión en Palma de Mallorca del Grupo de Alto Nivel, establecido por el secretario general Kofi Annan, cuyo mandato consiste en encontrar vías de acción concretas para hacer frente al mal que nos aqueja. Esta cita, y el hecho de que coincida con la conmemoración del X aniversario del arranque del Proceso de Barcelona, me induce a establecer un vínculo entre las dos iniciativas, relación que en nada contradice la evidencia del alcance regional de la Conferencia Euromediterránea frente a la aspiración global de la Alianza de Civilizaciones. No creo, en efecto, que desmienta la vocación planetaria de esta última el intento de poner a prueba sus objetivos, así como el papel de algunos de sus actores, en el espacio, sin duda más acotado, que es la cuenca del Mediterráneo.

Ello es así porque la propuesta copatrocinada por los primeros ministros José Luis Rodríguez Zapatero y Recep Tayyip Erdogan va a medirnos a todos por unos mismos raseros. Se engañan quienes piensan que el reto solamente afecta al otro. Que su reclamo no nos atañe -a los occidentales, a los europeos y a los españoles en particular-, pues según ellos estamos por encima de todo asomo de sospecha. Grave error. Porque las varas de medir de esta Alianza son tanto más exigentes cuanto más asentados están los valores que propugna. Así sucede, desde luego, con la democracia, con la salvaguarda de los derechos humanos, la igualdad de género y el buen gobierno. Pero también nos son exigibles principios como el respeto ajeno, el aprecio de la diversidad, el rechazo de los prejuicios y de los estereotipos, y el combate diario contra el racismo, la xenofobia y contra todos los extremismos y fundamentalismos.

Existe, pues, un hilo conductor que va de Rabat a Bruselas y de Ankara a Madrid, test de la credibilidad de nuestro discurso y de nuestra acción. Una prueba diaria para Turquía, en su camino por armonizar el credo que practica la gran mayoría de su población con los valores de modernización que proclamó Kemal Atatürk.


En el combate pacífico de tantos hombres y mujeres por salir al paso del nacionalismo exacerbado y del islamismo radical, y por alzarse paulatinamente a los estándares exigibles de la Unión Europea, una vez felizmente aceptada la demanda turca de adhesión el pasado 3 de octubre. Hilo éste, que es la Alianza, que también recorre Marruecos, cuya llamada a las puertas de Bruselas se ha recordado en días pasados. También el pueblo marroquí, y su Gobierno, tienen un largo trecho por delante para avanzar sin vacilación en el proceso de reformas puesto en marcha por el rey Mohamed VI. A Bruselas, a la UE, le corresponde desempeñar aquí un papel decisivo. El de seguir alentando y ayudando a las sociedades turca y marroquí, y a sus gobiernos, a progresar por la vía de la modernidad, al tiempo que mantiene su vigilancia y su nivel de exigencia, pero haciéndolo con generosidad y con visión política.

No está menos en juego la credibilidad de España. Su especial responsabilidad en su triple condición de copatrocinadora, con Turquía, de esta iniciativa; de vecina de Marruecos y de socio de la Unión Europea, objeto del deseo turco y marroquí. Difícilmente estaremos a la altura de tanto compromiso si no somos capaces de orientar nuestros sentimientos en el sentido de la apertura de miras; si no borramos nuestras prevenciones producto de una Historia escrita por manos españolas a lo largo de medio siglo de franquismo; la pesadilla de un imperio. Si no asumimos con rigor el desafío del Islam español, al que pertenece buena parte de esos millones de nuevos ciudadanos que nutren nuestra población. Si no nos preguntamos con coraje a qué España, a cuál de las Españas, han de prestar, ellos también, su adhesión. Es ésta una tarea urgente. Nos corresponde a los españoles dar ejemplo y estar a la altura de las expectativas creadas por la Alianza de Civilizaciones.

A los musulmanes de Occidente y sus conciudadanos por Tariq Ramadan

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Tenemos muchos motivos para estar preocupados. Los atentados terroristas perpetrados en todo el mundo, la llamada guerra contra el terrorismo y el aumento de las tensiones relacionadas con la inmigración se han conjugado para retratar al Islam como una amenaza para las sociedades occidentales.

El miedo y las patéticas reacciones que lo acompañan se han incorporado a la mentalidad ciudadana. Aunque a menudo son legítimas, esas reacciones están siendo explotadas con fines políticos.

 Casi ninguna sociedad occidental se libra de las enojosas cuestiones acerca de la “identidad” o de las tensiones relacionadas con la “integración”. Los musulmanes deben afrontar alternativas bien definidas: pueden adoptar una actitud de víctimas, o hacer frente a sus dificultades y convertirse en miembros de pleno derecho de su propia historia. Su destino está en sus manos. Nada cambiará hasta que acepten la responsabilidad plena de sí mismos, realicen una crítica y una autocrítica

constructivas, y respondan a la espeluznante “evolución del miedo” con una “revolución de la confianza” bien cimentada.

 Los acontecimientos de los últimos años han llevado a los pueblos occidentales a enfrentarse a nuevas realidades. La presencia de millones de musulmanes entre ellos les ha hecho ser conscientes de que sus sociedades han cambiado. Ello ha dado lugar a temores e interrogantes legítimos, aunque tal vez los hayan expresado con cierta confusión.

 Enfrentados a estos interrogantes, los musulmanes deben mostrar confianza en sí mismos y en su capacidad para vivir y comunicarse con toda serenidad en las sociedades occidentales. La revolución de la confianza dependerá de la fe en nosotros mismos y en nuestras convicciones.


La labor consiste en reapropiarse de nuestra herencia y desarrollar hacia ella una actitud positiva, aunque crítica, que afirme que las enseñanzas del Islam llaman a los musulmanes a la vida espiritual y a la reforma de sí mismos. A su vez, los inmigrantes musulmanes deben respetar las leyes de los países en los que residen. Enfrentados a unos temores legítimos, los musulmanes occidentales deben desarrollar un discurso crítico que rechace la actitud de víctimas y, por el contrario, critique las interpretaciones radicales, literales y/o folklóricas de sus fuentes (Corán y Hadith). También es importante que no avalen la confusión que rodea los debates relacionados con sus sociedades: los problemas sociales no son “problemas religiosos” y no guardan relación alguna con el Islam como tal.

 Lamentablemente, los argumentos que ayer eran coto exclusivo de los partidos de extrema derecha han hallado un sitio en el seno de las formaciones políticas tradicionales de Europa. Carentes de ideas creativas para fomentar

el pluralismo cultural o combatir la creación de guetos sociales, numerosos políticos prefieren la peligrosa retórica de proteger la “identidad”, defender los “valores occidentales” o imponer limitaciones estrictas a los “extranjeros”, utilizando, cómo no, el aparato de las nuevas leyes de seguridad para combatir el terrorismo. Los términos implícitos del debate suelen reducirse a una distinción entre dos entidades: “nosotros, los occidentales” y “ellos, los musulmanes”.

El discurso racista prolifera y el pasado se reinterpreta de un modo que excluye al Islam de la más remota participación en la creación de la identidad occidental, de ahora en adelante redefinida como puramente grecorromana y judeocristiana.

En respuesta, los ciudadanos musulmanes no deben confinarse en el aislamiento, deben hacerse oír, salir de sus guetos religiosos, sociales y culturales y dar pasos para conocer a sus conciudadanos. Las políticas de quienes explotan el miedo pretenden generar precisamente lo que afirman combatir: al acusar perpetuamente a los musulmanes de no estar integrados y de encerrarse en una identidad religiosa, intentan aislarlos.


La hora de la reconciliación está muy cerca. Los musulmanes deben unirse a sus conciudadanos para reconciliar sus sociedades con sus ideales. Actualmente, la tarea consiste en comparar los ideales proclamados de los derechos humanos y de la igualdad (entre hombres y mujeres, personas de distintos orígenes, etcétera) con la realidad. Para influir en nuestras sociedades, debemos aportar una crítica constructiva y comparar las palabras con los hechos.

 Nuestras sociedades aguardan la aparición de un nuevo “nosotros”,un “nosotros” que podría unir a hombres y mujeres (de todas las religiones, y sin ninguna religión) dispuestos a emprender la tarea de resolver las contradicciones de su sociedad. Ese “nosotros” representaría esa unión de ciudadanos que aspiran a luchar juntos por su futuro. En estos momentos, ese futuro se desarrolla en el plano local. Es una cuestión de máxima urgencia el poner en marcha movimientos nacionales de iniciativas locales en las que personas de diferentes sensibilidades puedan abrir nuevos horizontes con unos compromisos y una confianza mutuos.

Juntos debemos aprender a poner en cuestión los programas que ofrecen una enseñanza exclusiva de la historia. Debe oficializarse una enseñanza más objetiva de “nuestra historia”. En el ámbito social, debemos comprometernos con una mezcla social mucho más concienzuda tanto en las escuelas como en las ciudades.


Las sociedades occidentales no ganarán la batalla contra la inestabilidad social mediante un planteamiento basado únicamente en la seguridad. Las instituciones sociales, la educación cívica y la creación de empleo son preceptivas en las ciudades. El compromiso de los ayuntamientos puede suponer una diferencia en la lucha contra la sospecha, y los ciudadanos no deben dudar en llamar a su puerta y recordarles que, en una sociedad democrática, el representante electo está al servicio del electorado, y no al revés. Una revolución de la confianza, el nacimiento de un nuevo “nosotros” impulsado por movimientos nacionales de iniciativas locales: ésas son las líneas de un compromiso responsable. El nuevo “nosotros” reivindica las ventajas de una ética basada en la ciudadanía y quiere promover la riqueza cultural de Occidente. Los ciudadanos deben pensar a largo plazo, por encima y más allá de los plazos electorales que paralizan a los políticos y entorpecen la elaboración de políticas innovadoras y valientes. Corresponde a los votantes, a los ciudadanos, el reivindicar sus ideales y plasmarlos en la realidad.

Tariq Ramadan es profesor invitado de Estudios Islámicos en el Saint Anthony’s

College de la Universidad de Oxford.

 

Cultivar las semillas de la democracia por Anwar Ibrahim

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EL PAIS  11/04/2006

Desde el 11-S, Estados Unidos ha seguido lo que la Casa Blanca denomina una "estrategia avanzada de libertad", predicada con la creencia de que la falta de democracia en los países musulmanes ha provocado la difusión de una variedad mortal de extremismo islámico. Envalentonado por una victoria ideológica obtenida con esfuerzo sobre los regímenes de Europa del Este durante la guerra fría, EE UU pretende fomentar de nuevo la democracia en el extranjero para garantizar la seguridad en casa. Sin embargo, a medida que llegan los primeros resultados de esa campaña de democratización en el mundo musulmán, en EE UU reina una ansiedad cada vez mayor por el carácter de esos gobiernos nacientes elegidos libremente. Algunos incluso han empezado a dudar si esos países tienen una capacidad innata para mantener la democracia.

Aunque no se puede negar que las iniciativas estadounidenses de reforma han contribuido significativamente a los acontecimientos en Oriente Próximo, aumentan los temores de que los radicales puedan secuestrar la democracia. Los recientes éxitos electorales islamistas en Irán, Egipto y los territorios palestinos han planteado dudas sobre la capacidad de las fuerzas liberales para triunfar sobre el fundamentalismo. Para Estados Unidos, el temor es real, aunque quizá esté teñido de cierta islamofobia: qué terrible ironía sería que ese gran esfuerzo por propagar la libertad en el extranjero permitiera que los Estados islámicos antiestadounidenses impusieran la sharia, o ley islámica, a su pueblo. El ejemplo del ascenso de Hamás en Gaza y Cisjordania plantea dificultades obvias. Pero sería una falacia suponer que fue la democracia la que optó por el extremismo islámico. Sería más apropiado decir que fueron los años de corrupción y abuso de autoridad de la Administración encabezada por Al Fatah los que llevaron a Hamás al poder. Si el ejercicio de la democracia consiste en que el pueblo descargue su ira e insatisfacción contra los poderes establecidos, el resultado era una conclusión que se sabía de antemano.


Sea como sea, hay quienes afirman que es la "estabilidad", y no la libertad, lo que EE UU debería estar fomentando en todo el mundo islámico. Su punto de vista es que defender la democracia electoral no sirve inmediatamente a los intereses estadounidenses en el extranjero, sobre todo en la guerra contra el terrorismo, y que el corazón y la mente de los terroristas y los suicidas no se ven transformados por las virtudes de la democracia. Afirman que la guerra contra el terrorismo debe librarse con mano de hierro, y no con guantes de seda tejidos con la materia de las libertades constitucionales. Esas visiones de la democracia y la estabilidad en el mundo musulmán no sólo son erróneas, sino que acarrean graves consecuencias.

En cierto modo, la estrategia de Washington puede verse como una expiación de los pecados del pasado, cuando EE UU era un escollo para la democracia en Oriente Próximo. Irán era una democracia en 1953, cuando la CIA urdió el golpe de Estado que lo transformó en una monarquía absoluta. EE UU también ha apoyado a otros tiranos de la región, incluido, por supuesto, Sadam Husein, todo ello en nombre de la estabilidad y la seguridad en el enfrentamiento con el bloque comunista, que duró varias décadas. ¿Está Washington realmente atrapado entre la Escila de apoyar a dictadores y el Caribdis de fomentar unas democracias que podrían llevar al poder a radicales islamistas? Las mejores respuestas a la pregunta de si Estados Unidos debería revaluar su estrategia se encuentran en Indonesia y Turquía, unos ejemplos alentadores de autoafirmación democrática musulmana.


Hace siete años, Indonesia se lanzó de cabeza a la democracia después de más de tres décadas de dictadura autocrática. Como el mayor país musulmán del mundo, destaca por el que tal vez sea el fenómeno político más importante de la historia reciente de la democracia. Desde entonces, los indonesios han acudido a las urnas en dos ocasiones y rechazado abrumadoramente a los radicales islamistas, que luego intentaron avanzar su programa por otras vías. De nuevo, ello fue recibido con un clamoroso no del pueblo indonesio, incluidas algunas organizaciones musulmanas importantes. En Indonesia, la prensa es libre y las elecciones justas. Las libertades básicas están contempladas en la Constitución y son plenamente reconocidas y respetadas por los poderes establecidos. Por ejemplo, a diferencia de sus vecinos los malaisios, los indonesios pueden congregarse para protestar por las decisiones y políticas gubernamentales sin temor a represalias. Los arrestos arbitrarios y las detenciones políticas son inauditos. Como democracias en ciernes, Indonesia y Turquía todavía tienen un largo camino por recorrer. En Indonesia, se trata de cumplir unos objetivos socioeconómicos de la democracia que sólo pueden conseguirse con el tiempo. En Turquía, la contención de un estamento militar sin restricciones ha contribuido a la ascensión de ese país a la Unión Europea. No obstante, ahora es un modelo, tanto para los países musulmanes como para quienes pretenden ayudarlos.

Para que EE UU triunfe en sus campañas para propagar la libertad, debe recordar que la democracia constitucional no puede arraigar en una sociedad, ya sea laica o islámica, sin el compromiso firme de quienes están políticamente habilitados para proteger los derechos fundamentales de libertad e igualdad para todos. El verdadero cultivo de la democracia exige más que una mera implantación de las elecciones. También pasa por la instauración de procesos democráticos y una nivelación del terreno de juego político. Necesita la garantía de una separación de poderes y la liberación del sistema judicial del dominio de autócratas y tiranos. Por encima de todo, exige la protección de las libertades fundamentales y una prensa libre. Es en estos prerrequisitos de la democracia en lo que EE UU y el mundo musulmán deben invertir con un empeño mucho mayor para que las causas de la libertad imperen de verdad.

Cristianos, moros y un grupo de judíos con greñas por Vicente Molina Fox

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EL PAÍS 15/10/06

Nadie ha pedido aún, que se sepa, la supresión de las fiestas de agosto en mi pueblo, que tienen como base muy singular la representación en el interior de la basílica de Santa María de la Festa d’Elx, más conocida como el Misterio de Elche. Este ya famoso drama sacro enteramente cantado, ópera anterior a todas las óperas, se desenvuelve entre melodías de sublime belleza y un aparato escénico que a menudo corta el aliento de los espectadores -no el de aquellos ilicitanos que bajan de la alta cúpula de la iglesia cantando por el aire durante muchos minutos-, y narra la muerte y asunción de la Virgen, al final de la obra coronada en mitad de su subida al cielo por el Padre Eterno.

Ahora bien, no vamos a ocultar aquí, en un momento en que las también alicantinas y valencianas fiestas de moros y cristianos están siendo escrutadas con tanto celo, que el Misteri contiene un episodio susceptible de incorrección religiosa respecto a otra de las grandes creencias que imperan en el mundo. Se trata del pasaje del segundo acto en el que, al disponerse los apóstoles a dar sepultura solemne al cuerpo de la Virgen María, irrumpe en el templo, en todo momento escenario del drama, un grupo de judíos encabezados por el Gran Rabino. Advertidos por el cántico de la ceremonia, y contrarios a lo que la motiva, avanzan dos de ellos por el llamado andador de la tramoya y se enfrentan, en una escena de acción trepidante, a san Pedro y san Juan, que esgrime como arma defensiva la palma dorada recibida de manos de la marededeu en su agonía. Siendo más numerosos, los hebreos consiguen desbordar a los apóstoles, llegando hasta el féretro de la Virgen, que pretenden llevarse con el fin de evitar que los cristianos proclamen después su resurrección. Un fulminante milagro paraliza las manos del cabecilla cuando está a punto de asir el cuerpo mariano, quedando de inmediato todos los judíos convertidos.


En mi infancia, y quizá todavía hoy, este episodio de lucha libre y conversión portentosa era el favorito de los niños, llevados numerosamente por las familias al templo sobre todo en la representación del 15 de agosto. Inesperada entre tanta liturgia y en lugar tan decoroso, es fácil de imaginar la pasión del público infantil por la tradicionalmente llamada joià (judiada), que deja traslucir, es evidente, un antiguo poso de maniqueísmo hasta hace no muchos años subrayado por el trazo caricaturesco de alguno de los judíos y en especial del más exaltado, aquél a quien María Virgen agarrota el brazo; durante décadas, el personaje lo interpretó un hombre entregado al Misteri y querido en la ciudad, el legendario Manolico el Obreret, y las greñas de pincho de su peluca constituían un motivo de especial atención y regocijo para los más pequeños de la parroquia. Los responsables del Misterio de Elche, dentro de un constante proceso de revisión de las partes musicales y escénicas de la obra, han cuidado también -sin que ninguna comunidad judaica lo reclamase- la caracterización teatral de los hebreos, que, aunque siguen representando el esquemático factor de discordia basada en una visión dogmática muy elemental, llevan ahora un vestuario elegante y digno, pelucas bien peinadas, y sufren, por así decirlo, una conversión menos farandulera.

También últimamente se producen cambios en las celebraciones de moros y cristianos tan extendidas por todo el Levante español. En el mismo Elche desfilan en agosto estas comparsas, junto a cartagineses, fenicios y pobladores más antiguos, pero los moros y cristianos de mayor espectacularidad que yo conozca en mi provincia son los de Alcoi, Xixona y La Vila-Joiosa; en esta última, como en El Campello, los invasores norteafricanos llegan en barcas, lo que permite vistosas escaramuzas en la playa. Como refrenda la historia de España, los musulmanes son al fin de la contienda derrotados, lo cual, siguiendo las mejores leyes de la narrativa antimaniquea, no significa que los perdedores sean antes degradados o ridiculizados en el relato festivo.


Los amigos vileros y alcoyanos que me invitaron más de una vez a sus fiestas patronales tenían la mayoría como gran orgullo pertenecer a las comparsas sarracenas, que-también en esto haciendo justicia a una verdad iconográfica- se adornan con más vivos colores, llevan turbantes y joyas de mayor lucimiento, enarbolan espadas de curva más atractiva y, en suma, parecen pasárselo mejor que los esforzados defensores cristianos (si bien los grandes puros habanos los fuman todos por igual mientras desfilan, otro hábito que no sabemos si está en trance de ser corregido).

La noticia más reciente a ese respecto ha sido la de que los pueblos de Beneixama (Alicante) y Boicarent (Valencia) han decidido suprimir de sus fiestas la traca final de un muñeco musulmán, que en Bocairent, donde se le conocía como la mahoma, era arrojado desde las almenas del castillo cristiano mientras la cabeza mahometana seguía estallando por efecto de los petardos. La medida me parece, por dos motivos, acertadísima, por mucho que algunos la interpreten como una cobarde dejación ante las crecientes presiones del fundamentalismo islámico.

El primer motivo es ético. Aunque algunos se nieguen a aceptarlo y prefieran, en la inercia de sus privilegios e ideas recibidas, cualquier época pasada, el curso del tiempo ha ido eliminando -casi siempre después de la protesta y hasta del sacrificio de las víctimas- aberraciones mantenidas durante siglos en las sociedades más avanzadas. ¿O acaso se ha olvidado ya que los negros del sur de los Estados Unidos no podían sentarse en los autobuses de los blancos ni bañarse en sus piscinas hasta hace unos años; que las mujeres españolas empezaron a ser consideradas sujetos de razón política sólo en la tercera década del siglo XX, o que la humillación social y burla de los homosexuales era un deporte de muchas naciones, éste aún no del todo erradicado?


La revisión conceptual y legal de las costumbres y principios en nombre de los cuales se ha avasallado, escarnecido y desfigurado groseramente a negros, judíos, árabes u homosexuales (por no hablar de los animales maltratados hasta la muerte en romerías o festejos), es una de las ganancias mayores de nuestra moderna civilización, lo cual, sin embargo, no significa que esas nuevas normas y temperamentos aconsejen desterrar de los teatros El judío de Malta, de Marlowe, quemar los negativos de las fantasías orientalistas del Hollywood clásico ni borrar los cuadros de los grandes maestros antiguos en los que el retrato del otro revela un cierto desdén étnico. Situado en su contexto, ese desenfoque o falsedad habrá de verse como error de un pasado ignorante, y nunca como ofensa actual el hecho de que la pintura siga en un museo y el drama en un escenario.

Pero hay un segundo motivo puramente estético que muchas veces resulta el más ofensivo. Leyendo, por ejemplo, El mercader de Venecia se advierte, junto a ciertos clichés racistas vigentes en su época, el conmovido entendimiento humano que Shakespeare tiene del prestamista Shylock. Lo injuriosamente antisemita ha sido el modo grosero y distorsionado en que, casi hasta ayer mismo, se representaba al judío; Ortega y Gasset, después de asistir en 1910 a una función del drama dada en el Teatro Lara por la prestigiosa compañía italiana de Novelli, se queja de que incluso tan eximio actor convierta a Shylock en una “figura pintoresca”, desprovisto del “dolor milenario” que le confería Shakespeare. El figurón como usurpador del carácter.


Confiemos en que Gran Bretaña nunca prohíba las hogueras y ritos infantiles (con juguetona quema de efigies) que cada 5 de noviembre recuerdan al conspirador católico Guy Fawkes, ejecutado a principios del siglo XVII en momentos de gran histeria anti-papista, ni el Misteri de Elche tenga que eliminar de la acción dramática a sus judíos desafectos. Pero van a venir más tiempos de resistencia difícil y peligrosa al terrorismo de la queja. A veces, ya lo estamos viendo, el posible blanco del ataque se anticipa medrosamente a amenazas no-formuladas. En otras ocasiones, la suspensión de lo hiriente, lo vejatorio y lo estereotipado es un mínimo precio voluntario para equilibrar las cuentas sociales. Unas cuentas que a menudo se remontan a un pasado culpable del que los herederos no tenemos porqué hacernos cómplices. Ese pasado que los nuestros construyeron con sus miradas sesgadas, sus siervos, colonos y mujeres interesadamente caricaturizados, su propia y violenta cruzada religiosa, su general prepotencia primermundista.

Y ahora llega el presente a sorprendernos en casa con la visita, no prevista en el guión, de unas antiguas víctimas que -fanática y vengativamente unos, con pacífica necesidad los otros- piden ser coprotagonistas de la obra sin llevar los postizos del fantoche.

 

Árabes buenos, árabes malos por Gema Martín Muñoz

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EL PAÍS 10/12/2006

Al hilo del desastre en Irak (para utilizar el sustantivo de Tony Blair) y la guerra civil instalada allí (para unirnos a la terminología que acaban de asumir solemnemente los grandes medios norteamericanos, empezando por The New York Times) una cierta perplejidad se ha establecido en algunos círculos occidentales, que no terminan de entender por qué una sociedad determinada rehúsa supuestamente los beneficios de la democracia liberal que generosamente Occidente quiere donarles y, por el contrario, defiende y reivindica una identidad que, para resumir mucho y mal, llamaremos islámica y/o árabe. Si bien, tras esa retórica islámica/árabe que habitualmente acapara toda la atención, reclaman derechos muy internacionales y universales.

Algunos eruditos y profesores, comentaristas árabes incluidos, dan un paso más y responsabilizan principalmente a "los intelectuales árabes", a los que describen como portavoces orgánicos de regímenes políticamente reprobables, teóricos de la nueva insurrección civil islamista o, sencillamente, gente incapaz de ejercer la sana autocrítica. Así, sin más, la generalización es no sólo arbitraria e injusta, sino desdeñosa porque, que se sepa, no es de obligado cumplimiento el decálogo liberal, interpretado ya en su día a sangre y fuego por los poderes coloniales, sobre todo si se percibe como importado y de aplicación expresa o tácitamente hostil al islam.

Hay que recordar aquí brevemente que el islam provee una visión global de la existencia a los fieles, que ha inspirado una de las mayores empresas de la humanidad (el profeta Muhammad fue considerado en su día por Time como el hombre más influyente de la historia si se atiende al número de seres humanos que ha adoptado su enseñanza) pero que vive, con muchos matices y fases que no caben aquí, un proceso continuo de cambio y transformación porque tras el dogma están la historia, la sociología, la política y el ser humano.


La fase actual sería, para seguir la división de Abdalah Laroui, la de "la angustiosa autocrítica, el esfuerzo por reevaluar la práctica política de la cultura árabe en el contexto de crisis moral que siguió a la derrota [frente a Israel] de 1967". El periodo anterior, según ese criterio, había estado dominado por la lucha por la independencia nacional frente a las potencias coloniales europeas que ocuparon vorazmente las áreas perdidas por el Imperio Otomano tras su derrota en 1918. Hay opiniones, como la de Bassam Tibi, que en esto bate un récord, según las cuales todo este periodo es una suerte de queja infundada que remite el fracaso social y económico árabe a una pretendida conspiración foránea.

No está solo en su apreciación y menudean en Occidente, a veces representados por intelectuales árabes de "fuera" que buscan seducir a las opiniones occidentales, los textos agresivos contra los intelectuales árabes "de dentro" como si fueran, para empezar, uno solo, una especie de modelo para armar de resonancias cortazarianas, un paniaguado invariablemente pagado por los ministerios de Información de los gobiernos. Hay mucho de eso, desde luego (también en las democracias liberales, por cierto) pero mucho también de esfuerzo por debatir, crear, mejorar y aconsejar. A muchos les cuesta cárcel, acoso y marginación como a Sonallah Ibrahim, Tamim Barghuti, Nawal Saadawi, Michel Kilo, Aref Dalila, por citar a unos pocos. Asimismo, una potente escuela de intelectuales árabes sigue perfectamente atenta a la conexión de los ya muy antiguos vínculos del pensamiento islámico racionalista con la herencia helenística (Ibn Rusd, Ibn Sina, Al-Farabi...), como Nasr Abu Zayd, Abdallah Na'im, Muhammad Hasan Amin... pero si se obtiene o no un periodo de neo-Ilustración entre los árabes será el resultado de su esfuerzo autónomo, no una receta con éxito entre nosotros y llevada a la región por procedimientos poco adecuados, como, por ejemplo, transportarla en los furgones de un ejército de ocupación.


Sin que se sepa muy bien cómo, considerando el altísimo nivel de información solvente disponible y el apoyo práctico de los académicos asesores, Estados Unidos cayó en su propia trampa, aquella que consiste en exportar la virtud, como si la democracia liberal fuera una mercancía acomodable a todo contexto histórico, cultural o religioso. Al día de hoy sigue siendo inexplicable la aventura en Irak, paradigma de incompetencia profesional y de grave pérdida en términos estratégicos. El sueño de la Ilustración derivada de la gran tríada recientemente resacralizada por el dúo Negri-Hardt, es decir Maquiavelo-Descartes-Spinoza, y oficializada por los philosophes franceses, podrá darse o no en el mundo árabo-islámico, pero no emergerá de un día para otro, por decreto.

Ahora bien, junto a ese trabajo "endógeno", tan mal o nada conocido en nuestro mundo occidental, el intelectual libre e independiente árabe también tiene derecho y obligación de denunciar a Israel, las injerencias y ocupaciones extranjeras y la pésima influencia de éstas en sus territorios. A ese "humanista árabe perfecto", a ese "árabe bueno" que se reclama constantemente, no le debería, por coherencia, faltar ese atributo.

En este contexto, apretar las tuercas a los intelectuales árabes que no abrazan fervorosamente los valores y los códigos occidentales con una política de virtual exclusión sería un error. Excluye importantes interlocutores y mediadores sociales. La simplista pero intensa búsqueda del "árabe bueno" (moderno, secularizado y occidentalizado), como único posible embajador de su sociedad y su cultura, no sólo sirve de pantalla para ocultar con frecuencia el conocimiento eficaz de la diversa realidad árabe, sino que además contiene un mensaje subliminal perverso: al menos que pruebe ser de los "buenos", todo árabe es un presunto "malo".

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