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Barbarie, religión y progreso por Juan Luis Cebrián

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EL PAÍS  17/09/2006

Tanto el Oxford Dictionary como el DRAE coinciden en que civilizar es sacar a algo o alguien de un estado bárbaro o salvaje, instruyéndole en las artes de la vida -añade el libro inglés- de modo que pueda progresar en la escala humana. O sea que, aunque una civilización sea el conjunto de creencias y valores que conforman una comunidad, a la civilización en sí podemos definirla como el progreso a secas. Las civilizaciones, en cambio, constituyen un concepto más ambiguo e impuro: hacen referencia no sólo a los valores culturales, éticos o de cualquier otro tipo que sustentan la sociedad, sino también a sistemas o mecanismos de organización de la misma. Tienen, por eso, que ver con la cultura y la educación, pero también, y en gran medida, con el poder.

En la historia de las culturas desempeña, a no dudar, un papel relevante la de las religiones, y de ahí se deriva el frecuente abuso intelectual que tiende a confundir éstas con las civilizaciones propiamente dichas. Sería absurdo negar que la religión, y su práctica, han tenido enorme influencia en el devenir de los humanos. Pero, a estas alturas, resulta un dislate hablar de civilización cristiana (últimamente convertida incluso en judeo-cristiana, contra toda evidencia) o de civilización musulmana, tanto como hablar de la civilización occidental, a secas. No obstante, estos son términos de uso común en los que hemos sido aleccionados desde la escuela y cuya utilización en el debate comienza a ser casi imprescindible. ¿Qué tiene que ver el pentecostalismo americano o el fundamentalismo de sus telepredicadores con la iglesia de Roma, por mucho que todos reclamen el cristianismo como patrimonio propio? ¿Definiríamos a Indonesia como una muestra ejemplar de la civilización musulmana, por el solo hecho de ser un país cuya inmensa población practica en gran medida dicha creencia? La deriva a confundir o identificar las civilizaciones con las religiones -especialmente con las del libro- permite ignorar el pluralismo que anida en cada una de ellas y del que, sin ir más lejos, constituye una trágica demostración el enfrentamiento en Irak entre suníes y chiíes.


Convertir las civilizaciones en sistemas cerrados, autárquicos, incomunicados entre sí, capaces de confrontarse o aliarse, como en un orden militar, es una impostación ficticia al servicio de la política. La civilización, el progreso como tal, está hecho precisamente de muchas culturas, de muchas y variopintas civilizaciones que a cada rato reciben préstamos del prójimo y otorgan dádivas de su propia identidad. No hay, ni ha habido nunca, desarrollo humano sin mestizaje. Pero si se entienden las civilizaciones como compartimentos casi estancos, en vez de como el fruto indeciso, y aun difuso, del devenir de la sociedad, es fácilmente comprensible también la ambición que padecen quienes contemplan el mundo desde la globalidad de una verdad revelada: asumen siempre la civilización propia como la más avanzada y deseable para la humanidad, y se disponen a extenderla no importa utilizando qué métodos. Los imperios coloniales europeos construyeron, así, el mito conceptual del Oriente, al que correspondió enseguida la autoidentificación de Occidente, común denominador utilizado hoy por Bin Laden para señalar los objetivos de sus acciones terroristas. De nada sirve, por ejemplo, contemplar la evolución reciente de Japón, cuya sociedad asume rasgos culturales de los típicamente llamados occidentales, integrándoles en una tradición milenaria que hace siglos fue penetrada igualmente por el budismo zen.

El establecimiento de identidades formales, diferentes y opuestas entre sí, es condición básica para el juego del poder. Lo mismo nos permite invadir Irak que seleccionar la raza o el carácter de los individuos, como hizo Hitler en su día y pretende ahora emular Tony Blair.

Amartya Sen ha escrito un libro memorable (Identity and Violence) donde pone de relieve que las muchas identidades que suelen coincidir en un individuo o grupo suelen ser complementarias y no discriminatorias entre sí. Su reconocimiento da sentido a la democracia, al ejercicio de la libertad y al pluralismo de las sociedades modernas. Uno puede ser a la vez catalán, español, europeo, arquitecto, hombre o mujer, moreno o rubio, alto o bajo, cristiano, judío o musulmán, sentir su identidad en todas esas cosas a la vez, y de manera prioritaria en alguna de ellas, según las ocasiones. Una identidad no anula a las demás, ni tiene por qué ser contradictoria con ellas.


Sen discute la idea -tan extendida- de que los conceptos de libertad, de tolerancia o de convivencia entre religiones e ideologías plurales y diferentes, son prioritaria u originariamente occidentales. Pone numerosos ejemplos de pensadores y gobernantes musulmanes que fueron más respetuosos con las libertades religiosas de sus súbditos que lo eran sus contemporáneos cristianos. Por lo demás, insiste en que una identidad impuesta o heredada, mantenida en nombre de los principios o de la tradición, no es comparable a la que es consecuencia de una elección libre. Es la libertad de los ciudadanos, su derecho a elegir, lo que caracteriza a las democracias. Coincido, por lo mismo, con él en que la multiculturalidad sólo es plausible y beneficiosa cuando se produce como corolario de la diversidad pluralista que emana del ejercicio de la libertad. El multiculturalismo ejercido en nombre de principios heredados a través de la familia o la religión, e impuestos a veces coactivamente por el entorno social, no puede merecer la protección ni la simpatía de los poderes del Estado. Por eso la escuela pública debe instruir acerca de las diversas religiones y su papel histórico, político y social, pero desde el punto de vista democrático es inadmisible establecer en ella aulas para el adoctrinamiento religioso, cualquiera que sea la confesión que se propague.

Estas son cuestiones que merecen un mejor análisis tanto a la hora de hablar del diálogo o la alianza de civilizaciones como a la de plantearse los problemas generados por la oleada de inmigrantes, legales o no, que llega a los países desarrollados. Una sociedad democrática es lo menos parecido a una sociedad homogénea, pero no puede convertirse en una federación de tribus en la que cada una establezca sus propias normas de comportamiento y su relación con el resto. Por mucho que dialoguen entre sí. Es preciso el establecimiento de unos valores comunes, que quizá puedan reducirse a un solo enunciado: el ejercicio de la libertad. Sólo desde esa plataforma, que presupone el respeto al otro y la duda sobre el yo, podrá construirse el diálogo y el acuerdo.


En su prólogo al famosísimo libro de Ibn Hazm, El Collar de la Paloma, don José Ortega y Gasset insiste en su apreciación de que "la Edad Media europea es inseparable de la civilización islámica ya que consiste precisamente en la convivencia, positiva y negativa a la vez, del cristianismo y el islamismo sobre un área común impregnada por la cultura grecorromana", lo que le lleva a concluir que los primeros escolásticos no fueron los monjes de Occidente sino los árabes, a los que Aristóteles llega antes que a la mayoría de los pensadores cristianos.

La idea de que son las religiones las que limitan y definen el entorno de la civilización ha llevado a sugerir que ese es el motivo fundamental por el que el progreso fue diferente a ambas orillas del Mediterráneo. Pero si lo fue, y cuando lo ha sido, se debió fundamentalmente a las imposiciones del poder. Sin las Cruzadas y la Inquisición, sin la insidiosa Reconquista ibérica, podríamos -¿quién sabe?- haber asistido al florecimiento de una civilización mediterránea, ecuménica y no sincretista, en la que convivieran diversos legados de la cultura grecolatina, lo mismo que conviven hoy las dos Europas, la de la cerveza y el vino, la de la mantequilla y el aceite de oliva, en una sola idea de democracia. El poder religioso, aliado con el trono, se encargó sin embargo de eliminar el pluralismo, tanto en el seno del islam como en el de la cristiandad. Los liberales de unas y otras religiones sufrieron persecución y exilio por los poderes de esta tierra. Lo único que podemos decir ahora es que no tuvo que ser así, y que todavía podría no ser así. Ojalá (ua xa Alah) que la Alianza de Civilizaciones, impulsada por Rodríguez Zapatero y las Naciones Unidas, sirva al menos para reflexionar al respecto, escapando a la tentación, demasiado evidente, de convertirse en un elemento más de la propaganda política.

Cerco al África negra por Susana López

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EL PAIS 14/07/2006

¿De qué invasión hablamos? En el último debate del estado de la nación se ha dicho: "Por las fronteras europeas entran cien veces más" (que en pateras o cayucos por Canarias). Y más aún por los aeropuertos. "En el caso de España, las entradas irregulares van por este orden: fronteras aéreas, fronteras terrestres, fronteras marítimas", certifica la Agencia Europea de Fronteras. De los cerca de cuatro millones de inmigrantes empadronados, los que pertenecen al África subsahariana representan un irrelevante 3%, reconoce Moratinos. Según el padrón (INE), mientras, por ejemplo, sólo de Ecuador hay 492.000 personas empadronadas, de 13 países del África subsahariana hay en conjunto 140.000. En pateras u otras embarcaciones, arribaron a nuestras costas, en los últimos siete años, 100.000, pero en sólo un año (2004) se registraron 700.000 nuevos empadronamientos de extranjeros.

La población extranjera en Canarias, la encabezan ciudadanos de la Unión Europea (Alemania, Reino Unido...). De fuera de la UE, la encabezan los de Colombia, Venezuela, Argentina, Cuba, Ecuador... En su mayoría, países de los que somos deudores por la acogida de nuestra emigración (¿lo hemos olvidado?). Los mayores aumentos de inmigración en Canarias, durante 2004-2005, provienen de Uruguay, China, Chile, o de Rumania y Bulgaria, que próximamente se incorporarán a la UE. Los inmigrantes subsaharianos que logran llegar con vida a sus costas no se quedan en Canarias. Los recluyen de inmediato en campos de internamiento, hasta que los expulsan (en muchos casos sin garantías y a un país distinto del suyo), o los mandan a la península, con un expediente de expulsión y la prohibición de permanencia o entrada por un periodo de entre tres y nueve años, lo que les deja indocumentados y sin salida. En definitiva, pese a que son negros, muy negros, son poco visibles en la población canaria, salvo en la arribada, aunque es cierto que el espectáculo es terrible y que puede deteriorar la "imagen turística" de las islas. Lo cual no parece que justifique -sin que nos llene de vergüenza e indignación- el clamor de sus dirigentes políticos para que se tomen medidas tan extremas como la intervención de la Armada.


Quieren ignorar que Canarias no es la opción de estos inmigrantes sino la única salida que les ha dejado (por el momento) el blindaje con SIVEs costosísimos de las costas andaluzas, o los muros y alambradas de Ceuta y Melilla (ahora la terrible SIRGA tridimensional), tras los tremendos sucesos del año pasado, sin que se hayan depurado responsabilidades ni en España ni en Marruecos. Como saben perfectamente los dirigentes políticos y los medios de comunicación, la concentración en Canarias se produce cuando se van cerrando uno tras otro aquellos puntos de salida que permitían su diversificación y una menor "visibilidad" (con menos riesgo y menos muertos, aunque eso no importe). También influye la mayor desesperación y premura en la huida -distorsionando los flujos-, ante las noticias de un continuo y cada vez más agresivo "encerramiento" del África negra. ¿O no se trata de eso?

Si los originarios de todos estos países juntos representan un raquítico 3% del total de inmigrantes; si uno solo de los países emisores, como decimos, triplica con creces el número de los subsaharianos de 13; si estamos tan "saturados" ¿cómo es que podemos "soportar" las verdaderas "avalanchas" que entran por aeropuertos y fronteras terrestres, sin alarma política, social ni mediática, y no es "soportable" el número incomparablemente menor de quienes llegan en pateras y cayucos huyendo de la pobreza y las guerras, hasta el punto de utilizar sistemas de blindaje inhumanos, al ejército, a la legión o a la armada para impedir que lleguen los que logran sobrevivir? ¿Cómo se explica, además, que España sea "de los primeros" países de la UE-15 en abrir sus fronteras "sin limitación" (Caldera), desde el 1 de mayo de este año, a los trabajadores de los 10 países de la ampliación, levantando la moratoria hasta 2011 que les fue impuesta? Resultaría cómico, de no ser por la inmensa tragedia que representa, que la población acabe creyendo, como parece ser, que su bienestar, su empleo y su seguridad peligran por los pocos miles que logran llegar tan penosamente a nuestras turísticas costas desde el África negra.


Ante tanta hipocresía, habrá que decirlo de una vez: ni España ni Europa quieren negroafricanos, pudiendo seleccionar mercancías humanas más "homologables" o que contribuyan a fortalecer nuestras relaciones económicas y comerciales con sus respectivos países. Del África negra interesan sus riquezas y materias primas, que "nuestras" multinacionales, con el apoyo incondicional del gobierno de turno, controlan cómodamente a través de gobiernos corruptos y señores de la guerra. Su gente no pinta nada. Total, gracias a las generosas "ayudas al desarrollo" de los poderosos, su renta por habitante (capacidad de consumo) ha bajado del 38% de la media mundial en 1960 al 23% actual. Aun así, instalados en el cinismo, sobrecoge que medidas como las que están anunciando el Gobierno y la UE (como un éxito del Gobierno Zapatero) no hayan despertado el mínimo clamor en eso que llamamos opinión pública. Lo que se pretende ahora no es ya blindar la frontera sur de Europa sino cercar la parte de África que aún pueda significar una esperanza de salida, aunque sea hacia la muerte. En otras palabras, no es sólo impedir la llegada sino impedir la salida desde África, con impactante despliegue. Descanse en paz el artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el Derecho de Asilo, que creíamos conquistas irrevocables de la humanidad.

Ciudadanía antes que teocracia por Abdennur Prado

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EL PAÍS 06/05/2007

El Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) ha visto cómo el Tribunal Constitucional de Turquía anulaba la designación de su candidato a la presidencia del país, una decisión presentada como la enésima muestra de la tensión entre laicismo y religión. Pero no nos confundamos: en realidad, el AKP es un partido cercano a las democracias cristianas europeas, en cuyo programa no figura la idea de crear un Estado islámico, sino la de avanzar desde un laicismo excluyente de lo religioso hacia una laicidad más inclusiva.

Para encontrar un islamismo refractario al laicismo hay que fijarse en aquellos movimientos que en el mundo islámico reivindican la aplicación de la Sharia (ley islámica) como solución a los males que padecen sus países. Tras el fracaso del panarabismo y la deriva de los regímenes laicos hacia el totalitarismo, el aumento del componente religioso en la política de muchos países del Tercer Mundo se presenta como una lucha por la liberación cultural, la representación política y un desarrollo más equitativo.

El problema es que cuando estos grupos hablan de aplicar la Sharia, suelen remitirse a la jurisprudencia del periodo clásico del islam, codificada en un contexto patriarcal y autoritario. En la práctica, esto conduce a la implementación de la pena de muerte, castigos corporales, y toda una serie de leyes discriminatorias hacia la mujer, los homosexuales y las minorías religiosas. Los promotores de esta concepción anacrónica de la Sharia viven obsesionados con "relislamizar la sociedad", inmiscuyéndose en todos los ámbitos, ahogando el pensamiento crítico y condenando a sus países al subdesarrollo. Para muchos musulmanes, esta política conduce a la destrucción del islam, transformado en una religión de Estado. La única salida pasa por superar la tentación de construir un Estado islámico, y aceptar que las leyes deben basarse en valores universales y no en la imposición de ninguna religión. Sin libertad de conciencia no hay progreso. Esto es más conforme al islam, tal y como muchos lo entendemos.


La problemática de la Sharia nos remite a la tensión entre lo global y lo local, en la cual la religión juega un papel cada vez más grande. Desde esta perspectiva, podemos realizar una comparación entre el discurso islamista y el de la Conferencia Episcopal Española (CEE). En ambos casos nos encontramos con un repliegue identitario, que defiende la supremacía de una religión como algo esencial para la supervivencia nacional. Así, el cardenal de Toledo, Antonio Cañizares, afirma que "una España unida sería una España más católica" porque el país "tiene su origen en la fe, en la unidad católica". Lo mismo sostiene el arzobispo de Madrid, Rouco Varela: "Muchos apuestan por una España no católica, pero en el fondo el alma de España vibra a través de la historia de su conciencia, de su cultura, de todas las épocas gloriosas de su Historia... España será católica o dejará de existir como tal".

No nos equivoquemos a la hora de identificar los problemas. En la España de principios del siglo XXI nadie, ningún colectivo medianamente representativo, invoca la Sharia, ni los castigos corporales, pero, en cambio, sí hay fuerzas poderosas que defienden que todos los ciudadanos sean gobernados según la moral católica. Si alguien tiene dudas, que lea la instrucción pastoral Orientaciones morales ante la situación actual de España, del 23 de noviembre de 2006, donde la Conferencia Episcopal defiende "la unidad histórica, espiritual y cultural de España", afirmando el derecho de los ciudadanos a ser gobernados según este criterio religioso (la pastoral dice: "De acuerdo con un denominador común de la moral socialmente vigente fundada en la recta razón y en la experiencia histórica de cada pueblo"). La Conferencia Episcopal rechaza algunas leyes aprobadas por el Parlamento -divorcio, aborto, matrimonios homosexuales- con el argumento de que constituyen "una desobediencia a los designios divinos" y son contrarias al "patrimonio espiritual y moral históricamente acumulado".


El carácter arcaico de este discurso salta a la vista. A principios del siglo XXI parece claro que las narrativas tradicionales de formación de las identidades nacionales no nos sirven como instrumento para lograr la cohesión social, sino todo lo contrario. Y esto es tan válido para Irán como para España. No olvidemos que si nuestro país ha sido durante siglos mayoritariamente católico, no lo ha sido libremente, sino a través de la expulsión de judíos y de musulmanes, la persecución de cristianos unitarios, y a leyes tan aberrantes como "los estatutos de limpieza de sangre" (que no sé si forman parte del "patrimonio espiritual" reivindicado por la Conferencia Episcopal).

En un sistema democrático, ninguno de los campos en los cuales existen identidades diversas puede erigirse en un elemento válido para definir la identidad colectiva. Esto es aplicable a la raza, la religión y la ideología. Un país que sitúa lo étnico como un fundamento de su cohesión, es un Estado racista. Un país que sitúa por encima una ideología es un Estado totalitario. Un país que sitúa una religión como fundamento es un Estado teocrático. Esto conduce a la exclusión de quienes no profesan dicha religión, creando una fractura en el seno de la sociedad.

Frente a estos modelos, la secularización ha generado el concepto de ciudadanía, basado en valores de corte universal, como son la propia democracia, los derechos humanos, la libertad de conciencia, la justicia social y la igualdad de género. Estos son los principios éticos y jurídicos a través de los cuales es posible lograr la cohesión social, con independencia de la religión, la etnia o la ideología de cada ciudadano. Esta secularización no debe verse como antirreligiosa, sino como posibilitadora de la convivencia interreligiosa, en un plano de igualdad. Y, sobre todo, esta secularización es valiosa en la medida en que sitúa al individuo como objeto de derecho, por encima de todo atavismo colectivo.

Si realmente queremos una España socialmente cohesionada, ayudaría mucho que la Conferencia Episcopal se emancipara de un modelo de Estado-nación basado en el catolicismo. Como musulmán español, me atrevo a afirmar que con ello saldrá ganando el propio cristianismo. Como saldrá ganando el islam el día en que los mal llamados Estados islámicos superen el modelo identitario basado en la supremacía del islam. Sólo entonces podremos unirnos en la construcción de una sociedad civil a escala planetaria, capaz de hacer frente a los abusos de la globalización neoliberal.

Véronique Tadjo, coleccionista de recuerdos de viaje

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Image©UNESCO/ Véronique Tadjo

"Ciclo de vida", cuadro de Véronique Tadjo fotografiado por la artista en su jardín de Nairobi (Kenya).

El exilio comienza cuando no se tiene la posibilidad de recuperar el país que hemos dejado, dice Véronique Tadjo, poeta, novelista y pintora galardonada con el Gran Premio de Literatura de África Negra 2005. Véronique Tadjo nació en París en 1955, pero creció y se educó en Abidján. Actualmente vive en Sudáfrica después de haber recorrido el mundo.

Entrevista realizada por Bernard Magnier, periodista francés especializado en literatura africana.

¿De qué manera han influido en sus obras sus múltiples viajes?

Podría poner una pequeña bandera en cada uno de mis escritos. Todos mis textos llevan la impronta de los lugares donde vivía en el momento de su redacción. He tomado e incorporado muchos elementos recogidos aquí y allá, como una coleccionista que trae recuerdos de todos sus viajes.

Desde que nací, los viajes han sido parte de mi vida. Me casé con un periodista, lo que hizo que los desplazamientos continuaran: Inglaterra, México, Nigeria, Kenya, y hoy en día, Sudáfrica…

Mi primer libro de poemas, Latérite (Hatier, 1997), nació a raíz de una travesía que hice por el desierto cuando me fui de París, después de terminar mis estudios. Añoraba mi tierra y pensé que sería una buena idea viajar lentamente, retornar a Côte d’Ivoire por carretera y descubrir el desierto. Conocer el desierto era mi sueño. En lugar de tomar fotos, me dediqué a escribir para conservar las experiencias que iba viviendo. Fue ese viaje el que suscitó en mí el deseo de escribir.


Image ¿Desde el punto de vista de la escritura, es usted sensible al ambiente que la rodea?

Completamente. Cuando se vive con la gente uno termina por integrar sus esperanzas y sus problemas. Nace también el deseo de conocerlas y comprenderlas mejor. No me gusta encerrarme bajo llave cuando escribo. Me gusta participar en la vida cotidiana, intercambiar, comunicar, recibir algunas ideas y transmitir otras tantas.

A veces me digo que si no hubiera vivido en Kenya, el genocidio en Rwanda no me hubiera afectado de una manera tan intensa. Había muchos refugiados rwandeses en Nairobi, y los periódicos abordaban regularmente el tema en la época en la que viví allí. Escribir L’Ombre de Imana (Actes Sud, 2000), libro que me permitió exorcizar lo sucedido en Rwanda, fue la consecuencia lógica.

Ha vivido durante largos años lejos de Côte d’Ivoire. ¿Cuál es su reacción ante la crisis que afecta a ese país?

Durante mucho tiempo viajé con un corazón y un espíritu tranquilos, diciéndome que podría regresar a casa cuando lo deseara. Las cosas han cambiado con la crisis en Côte d’Ivoire. Tuve la impresión de que la puerta se cerraba bruscamente dejándome fuera. Me resultó difícil comprender lo que estaba sucediendo, cómo se había llegado a esa situación. Me sentí alienada, como si tuviera que retomar todo desde cero.

Creo que el exilio comienza cuando no se tiene la posibilidad de recuperar el país que hemos dejado, cuando el camino de regreso se vuelve doloroso. De alguna manera, creo que muchos ciudadanos de Côte d’Ivoire han debido sentir lo mismo. La idea de un cambio irremediable. La sensación de que nada volverá a ser como antes.


Image Son muchos los escritores que viven en el exilio. ¿Piensa que el exilio es una situación propicia para escribir?

Existe un exilio voluntario y un exilio forzado. Cuando uno está exiliado, pero se siente sereno, la situación puede ser “confortable”. La lejanía permite relativizar las cosas, tomar cierta distancia. En ese caso se tiene la posibilidad de “extraerse” de lo cotidiano y de mantener la cabeza a flote. Se puede adoptar una actitud de observador, lujo que los que viven permanentemente en el ojo del huracán no se pueden permitir.

No obstante, el exilio sólo puede ser sereno si se tiene la posibilidad de regresar periódicamente al país de origen. En caso contrario, terminamos por funcionar a partir de recuerdos vagos y esto puede llegar a ser un estorbo. El país deja de ser algo real para transformarse en un mito.

En el caso de un exilio triste, no veo ninguna ventaja, pues se vive un desgarramiento que, si bien estimula la escritura, puede al mismo tiempo provocar un sentimiento de intensa desesperación. A medida que la memoria de las pequeñas cosas se desvanece, la conciencia de sí se desintegra. No queda más que una difícil alternativa: trazar una raya sobre la vida de antaño y adoptar otra, o vivir con una herida abierta.

Desde la aparición de su primer libro, el lugar de las mujeres en el paisaje literario africano ha evolucionado mucho. ¿Qué opina usted de esta evolución?

Las mujeres alzan la voz y dan pruebas de un dinamismo en la escritura que, a decir verdad, es bastante notable y lógico. Fueron necesarias varias generaciones para que las mujeres pudieran tener acceso a la educación. También pasaron varias generaciones antes de que pudieran tomar la palabra en sociedades donde estas prácticas no eran incentivadas. Con la entrada de las mujeres en la vida activa y en la política, las mentalidades han ido evolucionando. Hoy en día las nuevas generaciones benefician de mayor apertura y movilidad.


No obstante, hay que lamentar que el paso por Europa siga siendo un requisito indispensable para obtener el reconocimiento fuera de las fronteras del país de origen. Esto se debe en gran parte a la falta de infraestructuras editoriales en el continente.

Me preocupa también que la mundialización absorba todas las formas de escritura para comercializarlas mejor. Sería interesante ver a largo plazo hacia dónde va la literatura escrita por mujeres. ¿Cuales son sus corrientes? ¿En qué medida el discurso femenino es diferente del de sus predecesores masculinos? Un poco como en la política.

Y en cuanto a la literatura para jóvenes ¿Que opinión le merece la evolución de la producción de estos últimos años?

La literatura para jóvenes es, a mi parecer, el eslabón perdido de la cadena. No se puede tener una literatura vivaz que encuentre su público si no se ha inculcado en los jóvenes el gusto por la lectura y por los libros. Por fortuna, se advierte una evolución positiva. Los editores africanos han comprendido que existe un mercado local prometedor: los menores de quince años representan la mitad de la población africana.

Los libros para jóvenes son cada vez más variados en cuanto a los temas y las ilustraciones. Eso está muy bien puesto que permite a los jóvenes dejar volar su imaginación.

Un mundo de contrastes por Doris Lessing

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Image© Chris Saunders

Doris Lessing: "El narrador habita en el fondo de todos nosotros".

Doris Lessing, Premio Nobel de Literatura 2007, se crió en el actual Zimbabwe antes de radicarse en Londres en 1949. Muy apegada al país de su juventud, que la declaró indeseable en 1956 debido a sus posiciones anti-apartheid, la novelista británica le consagró gran parte de la conferencia que pronunció al recibir el premio, titulada “Sobre no ganar el premio Nobel”. Fragmentos.

Estoy de pie en el umbral de la puerta mirando a través de nubes de polvo volátil hacia donde, según me dijeron ayer, todavía quedan bosques en pie. Ayer recorrí en auto kilómetros de troncos cortados y de restos calcinados por el fuego en el lugar mismo donde, en 1956, crecía el bosque más espléndido que he visto en mi vida. Totalmente devastado. La gente necesita comer, tiene que obtener combustible para sus fogones.

Esto sucede en el noroeste de Zimbabwe a principios de los años ochenta. Estoy visitando a un amigo que fue profesor en una escuela londinense. Ha venido para “ayudar a África”, según la expresión consagrada. Es un alma noble e idealista; lo que descubrió aquí, en esta escuela, lo conmocionó al punto que le ha costado reponerse de una depresión. Esta escuela no difiere en nada del resto de los establecimientos construidos después de la Independencia. Consiste en cuatro grandes cubos de ladrillo, plantados unos junto a otros directamente sobre el polvo, uno dos tres cuatro, con la mitad de una sala en un extremo dedicada a biblioteca. Las aulas tienen pizarras pero mi amigo guarda las tizas en el bolsillo, porque se las podrían robar. En la escuela no hay atlas ni globo terráqueo, no hay manuales ni cuadernos ni bolígrafos; la biblioteca no contiene el tipo de libros que a los alumnos les gustaría leer, sólo enormes mamotretos de universitarios estadounidenses, que resulta difícil manipular, sobras de las bibliotecas de los blancos, novelas policiacas, y hasta títulos como Un fin de semana en París o Felicitas encuentra el amor. […]


ImageNos han enseñado a leer, pero no tenemos libros

Mientras estoy con mi amigo en su habitación, algunas personas se acercan tímidamente, y todos, todos mendigan libros. “Por favor, envíanos libros cuando vuelvas a Londres.” Un hombre me dice: “Nos han enseñado a leer, pero no tenemos libros”. Toda la gente que encontré, sin excepción, me pidió libros.

Permanecí allí sólo algunos días, en medio de la polvareda y de la escasez de agua porque las bombas estaban averiadas y las mujeres iban nuevamente a buscar agua al río. Otro profesor idealista que había venido de Inglaterra quedó muy afectado después de ver el estado de la “escuela”.

El último día, era el fin del trimestre, la gente del pueblo sacrificó una cabra; la trocearon y la guisaron en una gran marmita. Era el festín tan esperado de finales del trimestre: un guiso de cabra acompañado de sémola. Mientras la fiesta estaba en su apogeo, retomé la carretera y volví a atravesar la zona de troncos y restos calcinados del antiguo bosque.

Dudo de que muchos de esos alumnos sean premiados alguna vez.

Al día siguiente, estoy en una escuela del norte de Londres, un centro muy bueno, cuyo nombre todos conocemos. Es una escuela de varones. Hermosos edificios, jardines.

Todas las semanas los alumnos reciben la visita de una personalidad. No es excepcional que esa personalidad sea el padre, un pariente o incluso la madre de uno de los alumnos. Para ellos la visita de una celebridad es algo habitual.


Image Pero yo tengo presente la escuela en medio de la polvareda, en el noroeste de Zimbabwe. Miro esos rostros ligeramente expectantes y trato de contarles lo que he visto una semana antes […] Estoy segura de que cualquiera que haya pronunciado un discurso […] conoce ese momento en que los rostros que está mirando se vuelven inexpresivos. Nuestros auditores no entienden lo que decimos: ninguna imagen mental corresponde a lo que les explicamos. En este caso en particular, ninguna imagen de escuela rodeada de nubes de polvo donde el agua escasea y donde el festín del final del trimestre es una cabra que se acaba de sacrificar guisada en una gran marmita.

¿Les es realmente imposible imaginar una pobreza tan desnuda?

Hago lo que puedo. Ellos son chicos bien educados.

Estoy segura de que un día algunos obtendrán premios.

La charla llega a su fin. Ya con los profesores, pregunto, como siempre, si la biblioteca funciona y si los alumnos leen. Y aquí, en esta escuela para privilegiados, oigo lo que oigo siempre cuando visito escuelas de este tipo e incluso universidades.

“Usted sabe cómo son las cosas. Muchos alumnos nunca han leído nada, y la biblioteca funciona a medias.”

“Usted sabe cómo son las cosas”. Sí, en efecto, sabemos muy bien cómo son las cosas. Todos nosotros lo sabemos.

Vivimos en una “cultura en fragmentación” en la que nuestras certezas de hace sólo unas pocas décadas están en tela de juicio y donde es frecuente que hombres y mujeres jóvenes, que han disfrutado de años de estudio, no sepan nada del mundo, no hayan leído nunca nada, conozcan sólo alguna que otra especialización, los ordenadores por ejemplo. […]


Un mundo entre la amenaza y el hastío

Estamos hastiados, todos nosotros en nuestro mundo amenazado. Somos los campeones del cinismo y de la ironía. Algunas palabras e ideas están tan desgastadas que dudamos en emplearlas. Pero ¿por qué no rehabilitar ciertas palabras que han perdido su poder de expresión?

Poseemos una mina –un tesoro– de literatura que remonta a los egipcios, los griegos, los romanos. Todo está allí, toda esa riqueza literaria lista para ser redescubierta sin cesar por cualquiera que tenga la suerte de dar con ella. Un tesoro. Imaginemos que no hubiera existido nunca. ¡Qué vacíos, qué pobres seríamos!

Hemos recibido un legado común de lenguas, poemas, relatos, y no es éste un patrimonio que corre el riesgo de agotarse. Está ahí, siempre.

Disponemos de un patrimonio de relatos, de cuentos, transmitidos por antiguos narradores – conocemos el nombre de algunos de ellos pero no de todos. Este linaje de narradores remonta a un claro en medio del bosque donde arde un gran fuego y donde los antiguos chamanes danzan y cantan, pues nuestro patrimonio de narraciones tuvo su origen en el fuego, la magia, el mundo de los espíritus. Y es allí donde se conserva todavía hoy.

Interroguemos a cualquier narrador moderno y nos dirá que siempre hay un momento en que se siente tocado por el fuego, por ese fuego que hemos dado en llamar inspiración, entusiasmo, y ello se remonta al nacimiento de nuestra especie, al fuego, al hielo y a los grandes vientos que nos han modelado, a nosotros y a nuestro mundo.


El narrador habita en el fondo de todos nosotros. El “hacedor de historias” está siempre en nosotros. Supongamos que nuestro mundo fuese devastado por la guerra, por los horrores que no nos resulta difícil imaginar. Supongamos que nuestras ciudades quedasen sumergidas bajo las aguas, que el nivel de los mares ascendiera… El narrador estará siempre presente, pues es nuestra imaginación la que nos modela, nos mantiene vivos, nos crea, para bien o para mal. Nuestras historias son las que nos recrean cuando estamos desgarrados, heridos e incluso destruidos. El narrador es el hacedor de sueños, el hacedor de mitos, es nuestro fénix, el que representa lo mejor de nosotros mismos en el apogeo de nuestra creatividad.

Esa pobre muchacha que avanza en medio del polvo soñando con una educación para sus hijos, ¿nos creemos acaso mejores que ella, nosotros, que vivimos ahítos, con nuestros armarios repletos, asfixiados por el peso de lo superfluo?

Estoy convencida de que esa joven y las mujeres que hablaban de libros y de educación pese a que no habían probado bocado desde hacía tres días son las que todavía pueden definirnos hoy en día.

Doris Lessing, premio Nobel de Literatura 2007.

®© Fundación Nobel

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