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Versos de dentro y fuera

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Image© UNESCO/Juana Ghersa

Poemas expuestos en el festival "Yo no fui".

La poeta argentina María Medrano anima desde hace cinco años talleres de poesía en un penal femenino. Todo un espacio de libertad para las reclusas.

Hoy por hoy

Por Miriam L. P.

Vivo en un lugar oscuro,

Vacío, con nuevas experiencias.

De repente entre tantas rejas

Ruidos de puertas

Que se cierran detrás de mí.

Gritos, piques sonando

Encuentro una hoja blanca

Un lápiz que me acompañan

Me hacen traspasar los muros

Que me separan del mundo

Se termina la hoja

Vuelvo a la cruel realidad

Mi cuerpo no es libre

Pero mi mente sí lo está


Image Usa las gafas negras como vincha, y, sosteniendo en la mano un megáfono de hojalata, inaugura la jornada con estas palabras: “Amistad es una palabra sagrada. Nunca se da sino entre gente de bien. No puede haber amistad donde existe la crueldad, la deslealtad, la injusticia”. Silvia Elena Machado está leyendo de uno de los afiches que una pequeña editorial independiente, Superabundans Haut, pegó sobre las paredes rosadas del salón de usos múltiples de la Unidad 31 del penal de mujeres de Ezeiza, en la periferia de Buenos Aires. Cada viernes, desde hace cinco años, se celebra allí un taller de poesía al que acuden entre diez y quince reclusas. Hoy es día de fiesta, pues se celebra el 2º Festival de Poesía en la Cárcel “Yo no fui”.

Un remolino de personas sigue a Silvia Elena por el salón de usos múltiples de la Unidad 31 de Ezeiza. Su voz sigue el texto del Discurso de la servidumbre voluntaria de Étienne de la Boétie: “Los malvados no se quieren entre sí, sino que se temen. No son amigos, sino cómplices.” El megáfono pasa de mano en mano, y a Silvia Elena, que regresa a la cárcel por primera vez después de diez meses de haber quedado en libertad (y que junto a otras compañeras en libertad participa de la continuidad del taller en una asamblea barrial), le sigue Laura Ross, una “interna femenina” sin fecha de salida al mundo: “Decidíos a dejar de estar sometidos...”. Otras internas, otras voces, leen con dificultad, con timidez, con palmadas en la espalda de sus compañeras. Al terminar, suenan los aplausos. Afuera es un día de sol, pero las guardiacárceles no tienen autorización para abrir la puerta al pequeño patio.


ImageYo no fui

Poema de Liz M.

Lo amo como al cáncer que come mi carne

Lo odio igual que al aire que respiro

Lo deseo tanto como a la muerte

Lo rechazo igual que a la felicidad

Dónde estás

Quiero verte

Decir nunca te amé

No te deseé

Jamás te necesité

Sólo una vez más

Mirarme en tus ojos

Acariciar tu cuerpo

Susurrarte al oído adiós


“Yo no fui” es la frase favorita de Bart Simpson [el niño de 10 años que protagoniza la serie de dibujos animados Los Simpson] que las participantes del taller eligieron hace dos años para bautizar el primer festival y la primera antología poética producida allí. En el libro, María Medrano, la poeta que una vez por semana, junto con otra poeta, Claudia Prado, traspasa las rejas de la cárcel de Ezeiza llevando libros, consignas y textos para compartir que puedan despertar otras palabras, escribe: “La mayoría de las mujeres que participan jamás habían tenido contacto con este género. Algunas decidieron anotarse para ‘matar el tiempo’; otras, para ver de qué se trataba.

Pero lo cierto es que, poco a poco, el taller se fue transformando en un espacio vital (...) Ellas no quieren hacer poesía tumbera (N. de R.: ‘tumbera’ es el modo de designar lo propio del ámbito carcelario en Argentina; así, la ‘tumba’ es la cárcel), porque para ellas, ese lenguaje forma parte del proceso de despersonalización que sufren: cuando se entra a un penal se deja de ser persona para pasar a ser ‘paquete’ (con las llaman las guardiacárceles), se recibe un rebautizo, un apodo tumbero, y el lenguaje cotidiano va mutando en lenguaje carcelario".

Aquí, la poesía se convierte en espacio de resistencia dentro del encierro, aun cuando para el sistema penitenciario forme parte de los talleres culturales, es decir, “no productivos”: no generan dinero como sí lo hacen el de panadería o el de confección de juguetes de peluche (a cambio de participar allí, las presas reciben un pequeño salario que pueden utilizar para ellas mismas o destinar a sus familias).


El cáncer que come mi carne

San Isidro

Por Silvia Elena Machado

San Isidro

el cruce

corredor largo

no lineal

rejas

no paredes

anónima transitándolo

casi muda la masa

me integro caminando lento

llegando a la salida

apuran el paso

voy quedando atrás

busco controles

no hay


quedé última

sola ante la puerta de rejas

no sé si es tan pesada

me cuesta empujarla

hacerla girar

chirría

así sin más

paseando

olvidarme del desierto de muertos

por los controles del ingreso

Olvidarme

así sin más

desandando pasos

Tijuana


Dos años atrás, cuando leyó sus textos en el Primer Festival, Liz, la muchacha negra de trencitas que caen como cascada sobre la frente, estaba embarazada. Ahora, ve correr a su hijo, Jehová, entre las poetas de la cárcel, las y los poetas de renombre venidos de afuera, los periodistas, las visitas, mientras ella espera su turno para compartir lo que escribe. Dice: “voy a leer algo que me gusta mucho, espero que a ustedes también les guste... ‘Lo amo como al cáncer que come mi carne...’”*

Una muchacha rubia, con un embarazo avanzadísimo, ruega a fotógrafa llegada a presenciar el Festival, que le tome un retrato: quiere enviarlo a su novio, que está afuera, y no siempre puede visitarla. Quiere, además, aprovechar que la cámara es digital para verse, porque en la cárcel no hay espejos.

Por las ventanas, altísimas, se ven aviones: el aeropuerto está a pocos kilómetros, y también por eso a esta Unidad son derivadas mujeres acusadas de narcotráfico en pequeña o mediana escala. Ellas son “mulas”, personas en tránsito hacia otros países a quienes los controles aduaneros descubrieron droga entre el equipaje.

Algunas están a la espera del juicio, es decir, sin condena, otras cumplen sentencias que no comprenden, ya que son muchas las que aprenden a hablar español dentro de la cárcel. Dentro de esta pequeña Babel también han encontrado una manera de integrarse al taller de poesía. En una de las seis mesas del encuentro se escuchan palabras en polaco, en alemán, en rumano: un día María Medrano comenzó a llegar al taller con textos de poetas que escriben en la lengua materna de estas mujeres; traer esos textos al festival, leerlos en el idioma original y traducirlos para compartirlos con compañeras y visitas fue idea de las talleristas.

Carmen, una rumana de 52 años rubia, de voz orgullosa y dulce, recuerda que cuando Medrano llevó un CD con esos textos lloró. “Después empecé a traducir para hacer entender qué decía. Y hoy quería cantarlo, pero estaba tan emocionada que no me animé.” No la traicionaron los nervios de hablar en público, sino el recuerdo de su madre, que murió en Rumania hace una semana. En febrero, Carmen será deportada, la salida habitual para las mujeres acusadas de narcotráfico.

Soledad Vallejos, periodista de "Página 12", Argentina.

Kiran Desai: una vida entre Oriente y Occidente

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Image© Jerry Bauer

Kiran Desai es la ganadora más joven del premio Booker.

Con El legado de la pérdida, Kiran Desai se ha convertido en la más joven laureada con el prestigioso premio Booker (2006). Nacida en Nueva Delhi en 1971, partió de India a los 15 años con su madre, la célebre novelista Anita Desai, para vivir primero en Gran Bretaña y luego en Estados Unidos. Kiran escribe sobre el exilio, la mundialización, la violencia y el pertenecer a dos culturas.

Luego de su segundo libro El legado de la pérdida (Salamandra, 2007) que le valió en octubre 2006 el codiciado Man Booker Prize, la vida de Kiran Desai es una vorágine de viajes y un alud de elogios. Esta tímida y modesta mujer de 36 años, criada en India pero que lleva más de la mitad de su vida en Estados Unidos, es hoy una de las voces más buscadas de los círculos literarios internacionales.

Kiran Desai surca pues el globo, de Hay on Wye (País de Gales) a Dinamarca, China, Sudáfrica, Sri Lanka, Brasil, Canadá, Indonesia, Colombia, una época en la que le toca vivir a los saltos, como “un personaje de dibujos animados” , admite riendo.

Una nueva vida en las antípodas de los ocho años que pasó sin darse tregua escribiendo la novela que le abrió las puertas de la fama. ”Fue un viaje de veras muy largo. Cuando la terminé me sentí triste y abatida”, relata. Pero también admite que vivió con alegría el largo proceso, con frecuencia solitario, de la escritura. Carente de dinero luego de haber gastado el anticipo del editor y sin recursos como para financiarse una cobertura social o incluso una vivienda propia, Kiran Desai pasó por tiempos difíciles.

“Temerosa ante el riesgo que estaba tomando, todo el tiempo en que escribía mi novela fui austera, incluso tacaña”, explica. Cree que el premio que acaban de concederle cambiará las cosas, pues le permitirá ser algo más “excéntrica” y cuando vuelva a escribir “divertirse un poco más”.


ImageLa inmigración es un gran timo

Nacida en una tierra y residente en otra u otras, la prueba más ruda que le infligió la escritura fue la aceptación de su propia identidad. Hija de la renombrada novelista india Anita Desai, Kiran nació en India en 1971. Cuando emigró a Estados Unidos vía el Reino Unido tenía apenas 15 años.

Al principio creyó que se trataba de una “emigración sin historias”. Eso fue antes de empezar a escribir su libro y descubrir “qué significa una vida entre Oriente y Occidente”.

La aventura literaria la condujo a interrogarse sobre el pasado de partidas y exilios de su familia. Una abuela materna alemana que, tras haber optado por la India al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, nunca volvió a su país natal. Un abuelo refugiado de Bangladesh. Por el lado paterno, el abuelo había abandonado un pueblito de Gujarat, al oeste de India, para estudiar en Inglaterra, volver más tarde al país y entrar a servicio del Estado. “No me fui de India por azar, dice Kiran. Todo un mecanismo iniciado hacía añares había decidido sobre mi propia partida”.

“Pienso que la inmigración es un gran timo, uno se cuenta historias, uno se reinventa de mil maneras y desandar todo eso requiere mucho, muchísimo tiempo”, dijo Desai en una entrevista concedida a la cadena CNN.

Al comienzo, Kiran Desai imaginó que con el tiempo se sentiría más estadounidense que india y sin embargo se aferra a su pasaporte indio. “Todo el tiempo me preguntan dónde está mi hogar y después que terminé el libro, sé menos que antes cuál es mi respuesta”, afirma.


Image “La literatura se sitúa mucho más allá de banderas e himnos, que son ideas muy simplistas de la lealtad”, estima. Trabajar en la redacción del libro la condujo a India por múltiples caminos. Como resultado, al terminarlo se sintió “mucho más india”. Formar parte de la diáspora india brinda un punto preciso de anclaje emocional, aunque no se trate de un punto geográfico preciso. “Mi libro fue un viaje de retorno al hecho de ser india; el asumir esa perspectiva fue muy importante para no abandonar. Estados Unidos puede darme sin duda la mitad de la narración, pero debo regresar a India para escrutar y lograr la segunda mitad de la historia, para darle profundidad histórica y densidad emocional”.

“El libro, dentro de su humanidad, es conmovedor. Es una novela magnífica en profundidad humana, sabiduría, ternura, comicidad, además de una poderosa agudez política” destaca la escritora Hermione Lee, presidente del jurado que recompensó a Kiran Desai, haciéndola la mujer más joven que conquistó la distinción en sus cuarenta años de historia.

Mi madre me reveló un espacio mágico

Kiran enumera sin dudar un minuto los escritores que influyen en ella: V.S. Naipaul, R.K.Narayan, Salman Rushdie, Chinua Achebe, Naguib Mahfuz, Gabriel García Márquez, Truman Capote, Tennessee Williams, Kenzaburo Oé, Kazuo Ichiguro... Pero es su madre quien la ha marcado con mayor profundidad. “Le debo tanto que bien puedo decir que este libro es tan suyo como mío”, declaró Kiran Desai cuando recibió el galardón por el que su madre fue tres veces seleccionada sin obtenerlo nunca.


La relación madre hija, explica, va mucho más allá de una simple lectura de manuscritos. “Cuando voy a su casa, a una hora de camino de la mía, es como si entrara en otra dimensión, en un círculo mágico donde puedo pensar y trabajar como en ningún otro sitio. Ello se debe a la tranquilidad del lugar, a la inmovilidad de la luz, al aroma de exilio que parece indispensable a la escritura. Todo parece conjugarse para constituir una casa de escritor. Es un ritmo de vida, de medio siglo de trabajo literario. Una época del pasado donde en India se escribía por el mero hecho de escribir y no por los samosas de los cocteles”.

En un futuro relativamente próximo, Kiran Desai espera alejarse un poco de la luz de los proyectores y pasar una temporada con su madre en México, donde ambas escribirán. Ella se abocará a la escritura de un nuevo libro. Como su madre, prefiere no extenderse sobre el proyecto antes de haberlo concluido. Sin embargo, existe buen número de probabilidades de que su tercera novela se sitúe en “un rosario de sitios que permita reflexionar en lo que los lugares llevan en sí de verdad y de mentira”, revela.

Asimismo, se aleja un momento de la propia escritura de ficción para participar en un proyecto colectivo. “El sutra del sida: historia secreta del sida en India”, relatos de conocidos escritores. La recopilación, financiada por la Fundación Bill & Melinda Gates, se publicará en mayo en la editorial Random House India. Su meta es reabrir el debate sobre la enfermedad en India y más allá de sus fronteras.

Michal Govrin: la maldición de errar

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Image© Forward Association

Michal Govrin.

Michal Govrin revela la dimensión pasional e incluso erótica del conflicto israelo-palestino. Nacida en Tel Aviv, esta novelista, poeta y directora de teatro, hoy día vive entre Israel y Estados Unidos. Fue recompensada con la distinción Acum 2003, que premia la mejor obra literaria del año en su país.

Entrevista realizada por Jasmina _opova

En la actualidad usted vive entre dos continentes. ¿Qué le aporta esa experiencia?

Vivir entre dos mundos es una de mis características como escritora, la de tomar al mismo tiempo un punto de vista próximo y lejano sobre mí y sobre el mundo. Desde niña siempre pensé que la “verdadera vida” pasaba por la escritura. Pero mi sueño se deshacía porque todos los escritores que admiraba hablaban de países remotos donde se vivían niñeces fascinantes. En cambio, yo, ¿cómo habría podido describir el aburrimiento profundo en el que trascurría la mía, arrinconada entre padres envejecidos –ambos se habían vuelto a casar y sus familias anteriores aún vivían o habían desaparecido y yo ignoraba de ellas prácticamente todo– en un departamento en el tercer piso de Tel Aviv?

No tenía otra salida que huir. Partí pues a doctorarme en París. Fue una manera de confrontarme conmigo misma, de interrogarme a distancia. En un siglo de exilios y migraciones, no era la única en vivir la experiencia de querer su propia historia cuando se está lejos del país. Me convertí en extranjera, en una “minoritaria”, una exilada, parecida a los vagabundos de la esquina. Fue ahí cuando por primera vez tuve el sentido del otro.

A mi regreso a Israel ya no fui la misma. Me fui de Tel Aviv para instalarme en Jerusalén. Siento la tensión sin embargo que existe entre esas dos ciudades como un conflicto entre lo sagrado y lo profano.


Image Mi vida familiar oscila ahora entre Jerusalén con estancias periódicas en París y Nueva Jersey. Vivir en estos sitios se convirtió en mi exilio de escritora, una manera de cuestionarme en forma permanente y hacer frente sin cesar a nuevos desafíos.

Ilana Tsouriel, la heroína de su novela Snapshots (En caliente, Riverhead Books, 2007), como usted, es hija de alguien de la generación de fundadores del Estado de Israel. Dice estar golpeada por la “maldición de errar”…

Es la expresión que emplea irónicamente Ilana para calificar el carácter cosmopolita de su existencia. Aventura una suerte de crítica sionista a la diáspora judía, así como al sueño de “salvar” a los judíos de un destino errante y de exilio gracias al retorno hacia la Tierra Prometida, el nuevo Estado independiente. Ilana se fue de Israel para huir de la violencia intrínseca del proceso del construcción nacional y del conflicto que ésta ha engendrado. Ilana, al tiempo que madura como arquitecta, se esfuerza en apartarse de tales contradicciones y limitaciones. En su proyecto de Monumento por la Paz en Jerusalén, el epicentro del conflicto, recurre a conceptos judíos tradicionales (el año sabático, la cabaña, sukkah) que introducen la dimensión de renunciamiento y el errar como modo alternativo de vida en un lugar.

Su madre es una superviviente del Holocausto. ¿En qué medida ello influenció su manera de ser y su obra?

Mi madre, una mujer sólida y llena de vida, no me habló jamás de lo que había vivido. Cuando ella llegó a Israel, en 1948, se hizo quitar el número que le habían tatuado en Auschwitz. De niña, nunca supe que “mi mamá había sido una víctima del Holocausto”, ni que su hijo, del cual ella conservaba fotos escondidas en un cajón de ropa interior que yo abría a escondidas, no estaba más en el mundo de los vivos.


Image En la adolescencia empezó para mí un largo y complejo camino hacia la verdad, redefinida sin cesar para cada etapa de nuestra vida. Es un cuestionamiento abierto sobre el que vivo, un compromiso que llevo adelante, fiel a la ética de mi madre, la de comportarme como “un verdadero ser humano”. Eso constituye para mí la única verdadera lección que puede extraerse frente al abismo de la humanidad.

La mayoría de mis escritos, sean novelas, poemas o ensayos, tratan una y otra vez de traducir en palabras esa vivencia y ese deber singulares y extremos.

El amor de Ilana por el palestino Said la llena de un sentimiento de traición frente a su padre. ¿Puede hablarnos de eso?

La relación entre Ilana y Said resalta la dimensión apasionada, léase erótica, del conflicto israelo-palestino. Un conflicto que a fin de cuentas encuentra sus raíces en las religiones abrahámicas, fundadas en el espíritu de exclusión y una rivalidad apasionada entre hermanos.

Ese conflicto tiene consecuencias trágicas porque la lealtad hacia una de esas historias es percibida simplemente como traición inevitable hacia la otra. Ilana, que apoya el campo de la paz, piensa poder sobrepasar esa frontera incluso si traiciona el compromiso sionista de su padre. Pero a lo largo de la novela, al proseguir la lectura de los archivos del padre, comprende que el sueño de paz alimentado por éste no es alejado del suyo, mientras que por el contrario cuando ocurre la Guerra del Golfo y la Intifada se siente traicionada por Said y los miembros de la compañía teatral palestina que, poco a poco, le niegan su colaboración.


¿Dónde está la traición, dónde la lealtad? Es el tema crucial de "Sur le vif". Se lo trata desde un punto de vista personal, erótico y político. Interrogándose también respecto de si traicionar convicciones demasiado rígidas no equivale en el fondo a un verdadero acto de lealtad. Es una pregunta que una mujer se formula sin duda de manera más lacerante, en la media en que se le concede raramente el derecho de hacerlo pues las mujeres tienen raramente la posibilidad de dominar su vida y su cuerpo.

Usted enseña en la Escuela de teatro visual de Jerusalén. La novela y el teatro son también dos mundos por los que navega.

Me sucede, como a un actor, “improvisar”, conducir la escritura hacia espacios desconocidos, incluso de mí misma, sólo por perseguir y alcanzar lo no dicho. Con frecuencia acudo al monólogo, pues me permite captar las sutilezas y fluctuaciones de la voz , del instante que huye. Por el ritmo, las respiraciones, la presencia física, “guío” al lector a “interpretar” ese monólogo, a vivirlo con la intensidad de un actor que se deja llevar por el papel que interpreta.

En Israel, como profesora de jóvenes directores de teatro, trabajo con estudiantes de horizontes diferentes, cuando no opuestos, como los que suele producir esta región: jóvenes que expresan a través de Chéjov el dolor que experimentaron tras la retirada de las colonias judías de Gaza, o jóvenes palestinos que se esfuerzan por expresar su dolor por medio de la escritura o la dirección teatral.

Mi procedimiento fue siempre el mismo: permitirles desarrollar su talento e ir hasta el fin de su misión de artistas, al tiempo que llevan a cabo un compromiso visceral con el teatro, un compromiso sincero y objetivo, por encima de todo, por la dimensión humana del teatro, por el humanismo.

El hombre de Kabul - Spojmai Zariab

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Image© UNESCO/Dominique Roger

La historia ha hecho de cada afgano el Hombre de Kabul de Tagore.

Spojmai Zariab tenía diez años cuando se abolió en Afganistán, en 1959, el uso obligatorio del velo islámico. La futura novelista condujo en Kabul una vida feliz, rodeada de libros. En 1990, se refugió en Francia con sus dos hijas.

"Usted me pregunta qué es el exilio…

Hace años, en un rincón tranquilo de Kabul, leí la traducción persa de Un hombre de Kabul, un relato de Rabindranath Tagore.

Con su mágica pluma, el sin par escritor indio me hizo conocer el dolor del exilio…pero se trataba de un exilio económico: un afgano huye de la miseria y deja tras de sí mujer e hijita de ocho años para perderse en la inmensidad de la India en busca de un trabajo.

En su camino se cruza con una pequeña que le recuerda su propia hija. Siente por ella mucho afecto. Nostalgia y recuerdos lo empujan a visitarla con asiduidad con los bolsillos llenos de dulces y calderilla.

Pero los meandros del exilio y el azar de la vida terminan por conducirlo a la cárcel, donde pasará quince años.

Una vez en libertad, con el corazón palpitante y los bolsillos llenos de bombones y moneditas retoma el camino con la esperanza de volver a encontrar a la pequeña hindú que conoció años atrás. Cuando llega a su casa lo sorprende el rumor de la muchedumbre y el sonido de una orquesta. Encandilado por las luces y las lentejuelas busca a la niña y le muestran a la novia.


Image Asombrado, piensa en la tiranía del tiempo, en su propia hija, que en su ausencia se convirtió también ella en mujer y piensa en esa niñez robada y en su paternidad perdida para siempre.

Este relato me conmovió sobremanera. Por entonces yo era joven y no sabía qué era la pobreza. No tenía otras preocupaciones que acompañar a don Quijote en sus aventuras, compartir la melancolía de Renée, reír con Moliere, descubrir la enamorada Madame de Raynal, sentarme al borde del lago con Lamartine y al borde del Don apacible con Cholojov, compartir la amargura del viejo Goriot, seguir en sus venganzas al conde de Montecristo, sollozar con Fantine y Cosette, escrutar la nobleza de las palabras de Tolstoi, llorar con la muerte de Werther… Inspirada por Dostoievski, visitaba su casa de los muertos, me metamorfoseaba en insecto con Kafka y deambulaba tras las murallas de su castillo, escuchaba las palabras de Sartre y el doblar de las campanas de Hemingway, me lanzaba con Proust en busca del tiempo perdido, admiraba el Cristo de nuevo crucificado de Kazantzakis, vivía los cien años de soledad de García Márquez, olvidando al hombre de Kabul y sus sufrimientos en el exilio.

Yo, que estaba al abrigo de la miseria y había conocido la guerra sólo a través de los libros, me veía también al abrigo del exilio hasta el final de mis días…

En esa época ignoraba que un día, a mi pesar, la mano injusta de la historia haría de cada afgano el Hombre de Kabul de Tagore, que la locura de la historia dividiría a todo un país dispersando a los afganos por todo el mundo, lejos de sus padres, madres, hijos y hermanos.

No conozco entre mis allegados una sola familia a quien el desgarramiento del exilio no haya golpeado y que, sin haber leído Tagore, no haya vivido la historia del hombre de Kabul ni haya padecido su dolor en carne propia.


Usted me pregunta en qué pienso…

¿En qué podría pensar cuando veo a los países del Tercer Mundo debatirse aún entre las garras de la miseria y caer además en los desastres de la guerra? ¿En qué podría pensar cuando veo que desde hace siglos ni religión, ni filosofía, ni literatura, ni arte, ni ciencias, ni tecnologías, fueron capaces de calmar el hambre en el vientre de la Tierra y encontrar un remedio a esa locura denominada guerra?

¿Por qué no lo han calmado…? ¿Por qué no lo han hallado?

Esta vez soy yo quien se lo pregunta. ¿Tiene usted acaso alguna respuesta?".

Spojmai Zariab, novelista afgana residente en París

Año Europeo para el Diálogo Intercultural por Seyed Mohammad Ali Abtahi

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El año 2008 ha sido elegido el Año Europeo del Diálogo Intercultural por el Parlamento Europeo y los Estados Miembros de la Unión Europea con el fin de atraer la atención de los Europeos al diálogo entre las diferentes culturas.( www.interculturaldialogue2008.eu

Europa, como uno de los activos más dinámicos de la civilización y de la cultura en el mundo, ha llegado a la conclusión de que el dialogo intercultural es una necesidad. Ningún sistema cultural conseguirá perfeccionarse hasta que considere al otro. Es evidente que el reconocimiento de un sistema cultural no se trata solo de cumplir tramites, sino que se convierta en un hábito que nos de la oportunidad de entender a nuestra propia gente y al “otro”.De hecho, la consideración del “otro” es el secreto de una sociedad dinámica.

El entendimiento mutuo se conseguirá si trabajamos para conocer al “otro” y si el diálogo con el “otro” se basa en un reconocimiento y entendimiento verdadero. El entendimiento mutuo da lugar a la convivencia, y la convivencia nos lleva a la cooperación responsable y honesta. Lo anteriormente dicho es una pieza clave que garantiza un futuro de paz y de justicia. Sin embargo, parece que el diálogo intercultural solo puede ser fructífero cuando provienen de ámbitos como el arte, la ciencia, la filosofía y el misticismo. Pero la religión tiene un papel único como esencia de la cultura porque se refiere a lo auténtico. Además, los lazos comunes de las religiones facilitan el diálogo intercultural. El diálogo intercultural alcanzará la perfección cuando se base en el diálogo interreligioso.

Esperamos que se cree un buen ambiente bajo el auspicio de la religión para que se de todo tipo de diálogo y se acabe con la violencia avivada en nombre de la religión.

Seyed Mohammad Ali Abtahi

Presidente del  Instituto para el Diálogo Interreligioso.

 

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