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“Alianza de civilizaciones: un arma contra el yihadismo” Por Javier Valenzuela

Publicado en Opinión

15 ENERO 2008

Artículo publicado en el número 46 (Enero de 2008) de Diálogo Mediterráneo

El 11 de junio de 1963, J. F. Kennedy pronunció un discurso vibrante que la historia ha retenido bajo la fórmula "Todos somos berlineses". Kennedy habló en el lado occidental de Berlín, una ciudad dividida entonces por un infausto muro, y con esa idea expresó el inquebrantable apoyo de los demócratas de todo el planeta a los alemanes del Este y a todos aquellos sojuzgados por el totalitarismo comunista.

¿Significó eso que Estados Unidos y sus aliados dejaran de combatir en otros frentes de la Guerra Fría? En absoluto. El pulso político, económico y militar con el bloque liderado por la Unión Soviética continuaría aún durante cinco lustros, hasta culminar con la caída del mismísimo Muro de Berlín y el derrumbe del sistema comunista.

Si la historia ha retenido el discurso de Kennedy en Berlín es porque ninguna guerra se gana sin utilizar ideas. Y tanto mejor si éstas son formuladas con palabras sencillas y directas. "Todos somos berlineses" quería decir que Kennedy no aceptaba un mundo dividido en dos: de un lado la prosperidad y la libertad; de otro la estrechez y la tiranía.

Imaginemos por un segundo que Kennedy hubiera sido un líder político español del siglo XXI: algunos de sus compatriotas derechistas le habrían tildado, sin duda, de idealista bobalicón que pretendía derrotar al comunismo con palabrería en vez de con tanques, aviones y misiles. Afortunadamente para la historia, Kennedy era ciudadano de un país que valoraba, y sigue valorando, que sus líderes expresen con claridad, vigor y optimismo los principios y valores que defienden y los objetivos que proponen.



O sea que, en contra de lo que algunos afirman en España, no existe la menor contradicción entre la idea de la Alianza de Civilizaciones y el combate policial y judicial contra el islamismo radical y su vertiente más mortífera, el terrorismo yihadista. Al contrario, la Alianza de Civilizaciones da profundidad estratégica a la nunca suficientemente elogiada lucha cotidiana contra los yihadistas que llevan a cabo policías, agentes de los servicios de inteligencia, fiscales y jueces.

El yihadismo -una de las más graves amenazas para la libertad y la seguridad en este comienzo de siglo- no tiene solución fácil ni a corto plazo. Hay que combatirlo por tierra, mar y aire –globalmente, por emplear la expresión del momento-, y durante muchos años. Una incesante acción policial y judicial es obviamente imprescindible, pero ello no impide –al contrario- afrontar también la batalla política e ideológica. En lo relativo a la política, es urgente e imprescindible la creación de un Estado palestino, así como un impulso decidido a la democratización y la igualdad social en el mundo árabe y musulmán. En lo ideológico, hay que combatir las ideas de Bin Laden y los suyos con ideas. Es lo que los anglosajones llaman "the battle for hearts and minds".

En su libro "Contra todos los Enemigos", Richard A. Clarke, un alto funcionario que trabajó en los departamentos de seguridad nacional de Estados Unidos con los presidentes George Bush, Bill Clinton y George W. Bush, afirma: "El segundo objetivo prioritario tras el 11 de Septiembre debería haber sido la creación de un contrapeso ideológico a la versión fundamentalista y radical del islam de Al Qaeda, porque gran parte de la amenaza a la que nos enfrentamos es ideológica, la perversión de una religión. Las bombas y las balas, las esposas y los barrotes de la cárcel no van a atajar el foco de ese desafío ideológico".



Más adelante, Richard A. Clarke insiste: "Debemos trabajar con nuestros amigos islámicos para forjar una respuesta cultural e ideológica a lo largo de los años, de la misma forma que luchamos contra el comunismo durante casi medio siglo actuando en los países no simplemente con guerras y armas, sino mostrando una ideología más poderosa y atractiva". Y posteriormente sentencia: "La única forma de detener a Al Qaeda es trabajar con los líderes de las naciones islámicas para asegurar que se enseñe de nuevo la tolerancia hacia las religiones, que sus pueblos crean que tienen suficientes oportunidades de participar en el gobierno y en la economía, que se erradiquen las condiciones sociales y culturales que engendran el odio".

Eso es la Alianza de Civilizaciones que José Luis Rodríguez Zapatero presentó en la Asamblea General de Naciones Unidas en septiembre de 2004, el intento de que la comunidad internacional proponga "una ideología más poderosa y atractiva" a todos aquellos que puedan verse tentados por el yihadismo (y de paso por cualquier otro totalitarismo basado en sentimientos primarios nacionalistas o fundamentalistas). Su esencia es tan sencilla como eficaz: todas las culturas, religiones y civilizaciones que merecen ese nombre comparten el mismo espíritu de defensa de la vida, la libertad y la igualdad de todos los seres humanos. No otra cosa proclama la Carta de Naciones Unidas.

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¿Una alianza de civilizaciones? Por Shlomo Ben-Ami

Publicado en Opinión

Por Shlomo Ben-Ami

MADRID – El Primer Foro Internacional de la Alianza de Civilizaciones, concebido como un antídoto a la idea de que el mundo está condenado a un “choque de civilizaciones”, se llevó a cabo recientemente en Madrid y reveló de que hay más que algo de verdad en la idea de Robert Kagan de que los estadounidenses son de Marte y los europeos de Venus. Desde el 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos se ha embarcado en una cruzada contra las fuerzas del mal en el mundo musulmán. En contraste, el ataque terrorista del 11 de marzo de 2004 en España, que dejó 200 muertos, generó una “anticruzada” que busca desarmar el extremismo mediante la construcción de puentes de entendimiento y reconciliación con el Islam.

Auspiciada de forma conjunta por España y Turquía, la iniciativa de la Alianza de Civilizaciones no carece de cálculos políticos. Para los españoles, ayuda a justificar su abrupta retirada de Iraq en 2004; para los turcos, es otro vehículo más de su lucha, como puente vital entre el Islam y Occidente, por llegar a ser parte de la Unión Europea.

La Alianza de Civilizaciones es un proyecto poco estructurado y algo confuso que apunta a sanar las heridas del conflicto entre el Islam y Occidente a través de la educación, políticas de integración viables y un diálogo mejor informado con los medios de comunicación. Sin embargo, se ve afectada por el escepticismo de los principales actores globales, como Estados Unidos, Rusia y, para estos efectos, una UE que no ha mostrado un real entusiasmo.

Aunque vaga, la idea de la alianza de civilizaciones ciertamente no puede hacer más daño que la guerra contra el extremismo islámico. Después de todo, ninguno de los problemas y conflictos del mundo musulmán con Occidente es susceptible de una solución militar. Más aún, la Alianza no es una propuesta enteramente incoherente si el objeto es que Occidente se desvincule de la política de la soberbia y cree una genuina esfera de cooperación con el mundo musulmán en los ámbitos de la economía, la cultura y la ciencia.


Por supuesto, la idea se ve ante obstáculos internos procedentes de ambas partes de la alianza propuesta. Muchos en Occidente se preguntan si el Islam es compatible con los derechos humanos y los conceptos occidentales de libertad. Muchos musulmanes que han luchado por años por la modernización de sus países hasta ahora han sido incapaces de encontrar una respuesta lúcida a la ola progresiva del radicalismo islámico.

Afirmar que el Islam es incompatible con los derechos humanos es considerarlo una civilización demasiado impermeable al cambio. Esto es una falacia histórica. También lo es decir que el Islam es intrínsecamente hostil a innovaciones viables, puesto que la civilización musulmana ha contribuido poderosamente a la ciencia y al arte a lo largo de la historia. Hoy las universidades occidentales están llenas de eminentes académicos árabes en casi todos los campos, lo que es resultado de una fuga de cerebros que en sí misma refleja los siglos de declive del mundo islámico. En 2005, los 17 países del mundo árabe produjeron en su conjunto 13.444 publicaciones científicas, menos que las 15.455 que produjo sólo la Universidad de Harvard.

Sin embargo, también en Occidente hay enemigos de la razón. Vivimos en una época en que muchas personas se sienten desilusionadas con la política secular y vuelven los ojos a la religión, no sólo en el mundo musulmán, sino también en el centro de la civilización occidental: la Europa cristiana y la América evangélica. Tampoco es inmune a este fenómeno el estado judío de Israel, donde fanáticos mesiánicos y nacionalistas religiosos han adoptado una teología política que cuestiona la legitimidad misma de las instituciones democráticas.

Puede que la actual crisis del Islam no sea algo intrínseco, pero es grave el trance en que se encuentra. La pregunta es: ¿están los musulmanes listos para aceptar ese dictamen de Jomeini de que el “Islam es política o no es nada” como algo falso, que el Islam es una religión y no una forma de gobierno, y que, como en el mundo cristiano, existe una esfera para el César y otra que le corresponde a Dios? Quienes en el mundo islámico desean abrazar la reforma deben estar impulsados por la convicción de que la teocracia nunca ha sido un vehículo para el progreso humano.


Por supuesto, la Alianza de Civilizaciones no debería intentar salvar las diferencias apelando al relativismo moral. Si la impulsa un complejo de culpa occidental que supone que la solución está simplemente en una mayor empatía por las dificultades de los musulmanes, es seguro que los escépticos terminarán viendo confirmados sus motivos. Para que la Alianza de Civilizaciones tenga alguna posibilidad de lograr su objetivo, el énfasis debe estar puesto en le reciprocidad. La parte del Islam en el trato debe incluir garantías acerca de los derechos humanos y las libertades civiles, mejoras a la condición de las mujeres y políticas realistas para poner coto a la explosión demográfica del mundo islámico.

Como es costumbre, algunos plantearán que el conflicto árabe-israelí está en la raíz de los problemas que existen entre el Islam y Occidente, y que solucionar la situación de los palestinos ayudará inmensamente a mejorar las relaciones. Sin embargo, los árabes y musulmanes deben dejar de engañarse a si mismos con la idea de que la disputa entre Israel y Palestina es lo que les impide avanzar. El fin de la ocupación estadounidense en Iraq y lograr una paz entre Israel y los países árabes servirían de ayuda, pero no serían ninguna panacea. La lucha por erradicar la miseria, el analfabetismo y la corrupción, y el que el Islam abrace la ciencia, no dependen de los resultados del proceso de paz en Oriente Próximo.

Shlomo Ben Ami, ex ministro de Relaciones Exteriores israelí y actual vicepresidente del Toledo International Centre for Peace, es autor de Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-Arab Tragedy.

Copyright: Project Syndicate, 2008.

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Resumen: MADRID – El Primer Foro Internacional de la Alianza de Civilizaciones, concebido como un antídoto a la idea de que el mundo está condenado a un “choque de civilizaciones”, se llevó a cabo recientemente en Madrid y reveló de que hay más que algo de verdad.

“Las mujeres y el regreso de las religiones” por Rosa Pereda

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ROSA PEREDA 05/02/2008

EL PAÍS

Los que me conocen, saben que no he sido nunca particularmente anticlerical, ni siquiera cuando era muy joven, que tenía sobradas razones. Soy agnóstica, y lo digo para dejar clarito desde donde parto, y ahora estoy apabullada, asustada, no sé...

Las religiones están de vuelta... ¡y cómo! Han vuelto a entrar en el análisis, por decirlo brutalmente. Y no como una cuestión antropológica, ni siquiera en el plano de las grandes preguntas que nadie puede dejar de hacerse y que tienen que ver con el sentido de la vida y con la presencia -o la ausencia- de Dios. No: las religiones han vuelto con lo mejorcito de lo suyo, y como sujetos políticos. Y lo nuevo de estos últimos meses es que, desde el proyecto social laico, se les está volviendo a considerar. Y que se hace como con naturalidad.

Los datos cantan y todos los conocemos: el retorno religioso ya no es el pánfilo new age de los noventa, blando como el pensamiento que le dejó su sitio en el mundo. Son religiones militantes y militares, el islam más duro, o las sectas neocon, protestantes y católicas. El opus, los legionarios, los quicos, las iglesias fundamentalistas y televisivas norteamericanas, etcétera. Y en España, tenemos la toma política de la calle por los obispos católicos, y su identificación sin fisuras con lo más reaccionario de la derecha, a la que inspiran y promueven desde sus medios de comunicación.

Como decía Felipe González en estas mismas páginas, si hay algo en lo que están de acuerdo, es en cumplir su propia profecía, que en realidad es un proyecto: el choque de civilizaciones. Dentro y fuera de Occidente, si es que ya hay un fuera.

La alternativa laica, también lo decía González, es la Alianza. Es la alternativa civilizada. Pero a nadie se le oculta que va a ser muy difícil conseguir un acuerdo con los líderes religiosos, que relativice su propio papel social, y me temo que una alternativa laica no puede dejar de hacerlo.


Pero, ¿por qué ha de ser laica la alternativa? Las mujeres lo vemos mucho más claro que Sarkozy. Para nuestra vida, y para nuestra felicidad, la laicidad es fundamental. En Oriente y en Occidente. Porque somos la piedra de toque de las culturas y el cuerpo espacio que las religiones se obstinan en controlar.

El cúmulo de sufrimiento que las religiones han proporcionado a las mujeres está por escribir, como su papel activo y directo en una situación que todavía dista mucho de ser igualitaria hasta en el Occidente más desarrollado y progresista. La inferioridad de la mujer, hay que decirlo, sigue siendo dogma de fe y de conducta en las religiones. En todas. Empezando por la moralización del cuerpo -o su empecatamiento- y terminando por los roles familiares, patriarcalistas por supuesto.

La idea de la igualdad de la mujer, la idea de la libertad de la mujer, es muy nueva. Novísima. Como es estrictamente nueva la comprensión de los derechos del hombre, de la igualdad de derechos de todos los seres humanos, de la necesaria universalización de su exigencia.

De hecho, y es paradigmático el caso de las mujeres, la mayoría de las sociedades no lo ve así. Y desde luego, las teocracias actuales (iba a poner modernas, pero es una petición de principio, y cuento al Vaticano) no son las campeonas del tema.

Tampoco se puede negar que la igualdad de los hombres incluidas las mujeres, y los derechos derivados, son fabricación occidental y laica. Y que se tuvo que confesar como laica porque hubo de ser arrancada a las religiones organizadas, entre otros poderes más. Y que nació precisamente para ilegitimar sus usos y abusos... entre otros. Hace, insisto, muy poco.


No, a las mujeres no nos favorece nada el multiculturalismo entendido como los liberales: que cada cultura decida su moral y el rol de sus religiones. Y su código penal. Porque siempre se nos llevan por delante.

La Alianza de Civilizaciones arranca de un previo: la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, y es la mejor y mayor tentativa de paz, frente a los proyectos guerreros Norte-Sur y el choque de civilizaciones. La mayor, y la mejor, porque de algún modo, y con un programa muy concreto, va a englobar, sin anularlos, otros proyectos sectoriales, como el que va estableciéndose en el área mediterránea.

Pero para ser esta opción civilizatoria y plural, tendrá que plantear en su agenda el tema de las mujeres y contar con su voz. Con esa guerra civil soterrada, esa guerra de sexos sin enemigo, que pasa ya su factura de sangre.


Rosa Pereda es escritora y periodista.

 

Doble Ciudadanía. Por Daniel Barenboim

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02/02/2008

He afirmado con frecuencia que los destinos de los pueblos israelí y palestino están inextricablemente ligados y que el conflicto no tiene solución militar. El hecho de que, hace poco, haya aceptado la nacionalidad Palestina, me ofrece la oportunidad de demostrarlo de forma más tangible.
Acepté el pasaporte palestino para reconocer que nuestro destino es compartido

Israel tiene que comprender que los palestinos no van a desaparecer

Cuando mi familia se trasladó de Argentina a Israel en los años cincuenta, una de las intenciones de mis padres era ahorrarme la experiencia de crecer como parte de una minoría, una minoría judía. Querían que creciera siendo parte de una mayoría, una mayoría judía. Lo trágico es que mi generación, a pesar de haberse educado en una sociedad cuyos aspectos positivos y cuyos valores humanos han enriquecido enormemente mis ideas, ignoró la existencia en Israel de una minoría -una minoría no judía- que había sido la mayoría en toda Palestina hasta la creación del Estado israelí en 1948. Parte de la población no judía permaneció en Israel, y otros se fueron por miedo o se vieron desplazados por la fuerza.

En el conflicto palestino-israelí ha habido y hay una incapacidad de reconocer la interdependencia de las dos voces. La creación del Estado de Israel fue resultado de una idea de judíos y europeos que, si pretende proyectar su principio básico hacia el futuro, debe aceptar la identidad palestina como otro principio igualmente válido. Es imposible ignorar el desarrollo demográfico; los palestinos que viven en Israel son una minoría, pero una minoría que crece sin cesar, y hoy más que nunca es preciso escuchar su voz. Constituyen en la actualidad aproximadamente el 22% de la población de Israel. Es un porcentaje mayor que el que jamás representó una minoría judía en cualquier país, en cualquier periodo histórico. El número total de palestinos que viven en Israel y los territorios ocupados (es decir, el gran Israel para los israelíes o la gran Palestina para los palestinos) supera ya a la población judía.

Israel se enfrenta hoy a tres problemas al mismo tiempo: la naturaleza del Estado judío democrático moderno, su propia identidad; el problema de la identidad Palestina dentro de Israel, y el problema de la creación de un Estado palestino fuera de Israel.


Con Jordania y Egipto se ha podido alcanzar lo que podría llamarse una paz congelada, sin poner en tela de juicio la existencia de Israel como Estado judío. Por el contrario, el problema de los palestinos dentro de Israel es mucho más difícil de resolver, tanto en la teoría como en la práctica. Para Israel significa, entre otras cosas, hacerse a la idea de que su tierra no estaba vacía ni despoblada, no era "una tierra sin gente", la idea que se propagó en el momento de su creación. Para los palestinos, significa aceptar que Israel es un Estado judío y que no va a desaparecer.

Pero los israelíes tienen que aceptar la integración de la minoría palestina aunque signifique cambiar ciertos aspectos de la naturaleza del Estado; también tienen que aceptar la justificación y la necesidad de la creación de un Estado palestino vecino al Estado de Israel. No sólo no hay alternativa ni una varita mágica que haga desaparecer a los palestinos, sino que su integración es una condición indispensable -por motivos morales, sociales y políticos- para la propia supervivencia de Israel. Cuanto más se prolonga la ocupación y más tiempo sigue desatendida la insatisfacción palestina, más difícil es encontrar incluso los mínimos elementos comunes. En la historia moderna de Oriente Próximo hemos visto demasiadas veces cómo las oportunidades de reconciliación desaprovechadas han tenido consecuencias terriblemente negativas para ambas partes.

Por lo que a mí respecta, cuando me ofrecieron el pasaporte palestino, lo acepté con ánimo de reconocer el destino palestino que yo, como israelí, comparto. Un auténtico ciudadano de Israel debe tender la mano abierta a los palestinos y, por lo menos, tratar de entender lo que la creación del Estado de Israel ha significado para ellos. El 15 de mayo de 1948 es el Día de la Independencia para los judíos, pero ese mismo día es Al Nakba, la catástrofe, para los palestinos. Un auténtico ciudadano de Israel debe preguntarse qué han hecho los judíos, famosos por ser un pueblo inteligente, lleno de erudición y cultura, para compartir su legado cultural con los palestinos. Un auténtico ciudadano de Israel debe preguntarse asimismo por qué los palestinos están condenados a vivir en los barrios más pobres y aceptar peores niveles de educación y atención sanitaria, en vez de que la fuerza de ocupación les proporcione unas condiciones de vida decentes, dignas y tolerables, un derecho común a todos los seres humanos.


En cualquier territorio ocupado, los ocupantes son responsables de la calidad de vida de los ocupados, y, en el caso de los palestinos, los sucesivos gobiernos israelíes de los últimos 40 años han fallado miserablemente en ese aspecto.

Los palestinos, como es natural, deben seguir resistiéndose a la ocupación y a todo intento de negarles las necesidades individuales básicas y el Estado. Sin embargo, por su propio bien, esa resistencia no debe manifestarse mediante la violencia. Cruzar el límite que separa la resistencia firme (incluidas manifestaciones y protestas no violentas) de la violencia no produce más que nuevas víctimas inocentes y, a la larga, no beneficia los intereses del pueblo palestino.

Al mismo tiempo, los ciudadanos de Israel tienen tantos motivos para estar pendientes de las necesidades y los derechos de los palestinos (tanto dentro como fuera de Israel) como de los suyos propios. Al fin y al cabo, en la medida en que compartimos una misma tierra y un mismo destino, todos deberíamos tener doble ciudadanía.

Daniel Barenboim es pianista y director, fundador de la Orquesta East Western Divan junto con el fallecido ensayista palestino Edward W. Said. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Un mecanismo de diálogo. Por Felipe González

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Asumir la diversidad cultural o religiosa como una riqueza compartida, en la que podemos encontrar valores comunes y objetivos que también lo sean, frente a la violencia destructiva, es un objetivo alcanzable que irá restando capacidad al terrorismo, a pesar de las muchas dificultades para encontrar rutas adecuadas.

Felipe González/Ex presidente del Gobierno de España     Fecha de actualización: 1/26/2008 La Prensagráfica El Salvador

La corriente de fondo que nos lleva a un diálogo entre civilizaciones va ganando fuerza frente a la tumultuosa corriente del choque de civilizaciones. Es una corriente más tranquila, que se mueve entre los meandros de la complejidad del momento histórico presente, en tanto que la profecía del choque de civilizaciones es más simple en sus planteamientos de amigo-enemigo y de confrontación para dominar. Por eso tiende a autocumplirse.

Como siempre, construir la paz, como condición necesaria para todo lo demás —el desarrollo o la cooperación—, es más difícil que declarar la guerra al otro, al que se supone que encarna el mal. Como siempre, el diálogo que busca el conocimiento del que es diferente y tiene una percepción distinta de la realidad es un ejercicio más costoso, que parte de la renuncia a la imposición de nuestras verdades, aun sin aceptar la imposición de las verdades del otro.

Venimos de un proceso histórico peculiar, por la profundidad y por la velocidad de los cambios. La caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la Unión Soviética llevaron a la desaparición de la vieja división del mundo en dos bloques ideológicos antagónicos y mutuamente excluyentes.

Inmediatamente afloraron realidades ocultas o aplastadas por esa división.


Pero este mundo se parecía más a sí mismo, aunque se hiciera más incierto y se nos mostrara más complejo, que el de la división en bloques ideológicos, con sus alineamientos simplificadores y su reparto de influencias. Los viejos conceptos de equilibrio del terror o destrucción mutua asegurada, y su correlato menos negativo que fue la coexistencia pacífica, perdieron vigencia sin encontrar un sustituto.

En los años noventa parecía que vivíamos en una cierta pérdida de reglas de juego, del valor de la política, de soluciones supuestamente espontáneas que vendrían del mercado libre. Se hablaba de los dividendos de la paz, aunque al mismo tiempo se elaboraba la teoría del choque de civilizaciones.

Pero al tiempo que ocurrían estos acontecimientos, se aceleraba el curso de la revolución tecnológica, especialmente la informacional, como ruptura de las barreras del tiempo y del espacio en la comunicación entre los seres humanos. La globalización hizo próximo e inmediato el planeta Tierra, en todos sus rincones, en todo lo que acontecía, y empezó a cambiar la relación de fuerzas en el mundo.

En realidad, había quedado uno de los dos bloques antagónicos, el liderado por Estados Unidos como única superpotencia, pero su justificación por contraposición a la amenaza soviética había desaparecido con la URSS. La teoría del choque de civilizaciones, casi como una profecía, se basaba en la necesidad de llenar el vacío del enemigo, anunciando la aparición de nuevos demonios civilizatorios, en sustitución de los ideológicos, que había que prepararse para combatir y dominar.

Ya en los meses siguientes a la Guerra del Golfo de 1991, los profetas de la confrontación trataron de colocar sus teorías en la Casa Blanca, reclamando para Estados Unidos el papel de gendarme del nuevo orden internacional. Pero hasta los atentados de las Torres Gemelas, con su dramatismo y brutalidad, no tuvieron la oportunidad de colocar su producto, envolviéndolo en la amenaza real del terrorismo internacional para dar consistencia al choque de civilizaciones.


La dimensión de esta forma de criminalidad internacional sería muy distinta si el enfoque no hubiera sido el de la confrontación civilizatoria, con todas las implicaciones de criminalización de una de las religiones del Libro. El error más grave ha sido y es la falta de comprensión de que esta amenaza real no está destinada en mayor medida a desplazar el poder en el mundo occidental que en el islámico.

Las críticas ante la estrategia de la pura confrontación, de la hegemonía y de la imposición, con guerras preventivas y sin base en la legalidad internacional, han ido creciendo. Los que fueron en su día partidarios de este planteamiento se han ido replegando o reduciendo, aunque persistan los más impenitentes. Es evidente que en la visita del presidente Bush a Medio Oriente se insiste en alimentar la confrontación histórica entre sunitas y chiitas, entre árabes e iraníes, pasando a segundo plano el propósito de avanzar en el problema israelo-palestino.

Sin embargo, se ve con cierta frialdad la propuesta de la Alianza de Civilizaciones, con sus mecanismos de diálogo entre diferentes culturas y religiones para avanzar, hacia una mayor comprensión mutua y acuerdos que fortalezcan el objetivo de un nuevo orden internacional basado en los valores de las propias Naciones Unidas.

En nuestro país han sido y son especialmente críticos los que aplaudían a rabiar la declaración de guerra a Iraq, los que la justificaban con mentiras y endosaban el conflicto pese a su ilegalidad manifiesta. Aún hoy argumentan que perdemos peso internacional si las propuestas que hacemos como país se encaminan hacia el diálogo y el respeto a la legalidad internacional.


Pero, asumida por Naciones Unidas, la Alianza de Civilizaciones ha encontrado el apoyo de 80 países, muchos más que los que apoyaron la teoría y la práctica de las guerras preventivas y el unilateralismo. Y se van a seguir sumando otros. Pero lo más significativo es la gran corriente de simpatía que se va creando en numerosos actores de la sociedad civil, en las distintas confesiones religiosas, en las ONG, todos dispuestos a hacer impulsar con acciones la estrategia del entendimiento frente a la de la pura confrontación.

Asumir la diversidad, cultural o religiosa, como una riqueza compartida, en la que podemos encontrar valores comunes y objetivos que también lo sean, frente a la violencia destructiva, es un objetivo alcanzable que irá restando capacidad al terrorismo, a pesar de las muchas dificultades para encontrar rutas adecuadas.

Por el contrario, insistir en la propuesta de agresión, en el unilateralismo al margen de las reglas, va a seguir alimentando la caldera del terror, incluso dándole excusas ante los ciudadanos de mundo que se sienten víctimas de esta estrategia.

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