Blair bendice en Barcelona la Alianza de Civilizaciones

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JOAN FOGUET/ EL PAÍS

Expectación ayer para ver cómo el ex primer ministro laborista británico Tony Blair pronunciaba una conferencia en Barcelona en la que tocó varias teclas, desde el terrorismo al mundo universitario. Más de 2.000 personas, básicamente empresarios de toda España, se encontraron en el Palacio de Congresos de Cataluña sin saber a qué atenerse, pues la conferencia no llevaba título ninguno. Por su intervención de unos 90 minutos, Blair cobró una cifra de entre 200.000 y 300.000 euros.

El acto, organizado por las firmas Cuatrecasas, Seeliger y Conde, EDS, Newland y Abantia, tuvo dos actos: la conferencia y un turno de preguntas. Blair alabó a España, su papel en Europa y el dinamismo económico y social que ha conseguido en la última década. Entre los presentes destacó la presencia de la infanta Cristina, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, y representantes políticos catalanes, sobre todo de CiU.

Mientras explicaba su teoría a favor de compartir los valores comunes de Occidente -democracia, libertad y justicia- el padre de la tercera vía se acordó de la Alianza de Civilizaciones que propone el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y la aplaudió porque es un complemento a sus tesis, dijo, aunque justificó la intervención armada en Irak. Blair expuso que hay tres elementos que precisan de la colaboración global: el cambio climático, el terrorismo y la energía. Para a afrontar estas cuestiones "hace falta una batalla de ideas".

Echando mano de su experiencia internacional y de su posición de observador privilegiado en Oriente Medio como mediador en Israel, el ex primer ministro británico mantuvo que "los países emergentes [como India, China, Brasil o Indonesia] ya han emergido y están entre nosotros". De la mima manera que hizo un llamamiento atlantista a los europeos para colaborar estrechamente con Estados Unidos, pidió que las nuevas potencias "se sienten en nuestra mesa y no monten la suya propia". Sobre la guerra de Irak, Blair dijo que en Oriente Medio hay varios conflictos liderados por el terrorismo islamista y apuntó que "hay una batalla y la culpa no es nuestra".

El valor para la paz

En el turno de preguntas, Blair fue interrogado acerca de su consejo, dada su experiencia en el Ulster, sobre el proceso de paz en el País Vasco, y replicó que "intentar la paz requiere valor". El domingo pasado, en una entrevista a este diario, el presidente del PSE, Jesús Eguiguren, manifestó que tras el atentado de la T-4, Blair y el líder del Sinn Féin, Gerry Adams, pidieron al Gobierno que escuchara a ETA y lo hicieron. "Felicito a quienes intentan el diálogo", dijo Blair, "pero sólo se puede hacer sin violencia".

Tres mujeres y mucho misterio en Palmira

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La escritora Cristina Morató conjura en las ruinas de la ciudad Siria el recuerdo de la reina Zenobia y de la aventurera Marga d'Andurain.

El País  5-08-2009

Amanece en la legendaria Palmira. Las mil columnas sobre la arena, que a la luz de la luna semejaban anoche grandes costillares de camello roídos por los chacales, adquieren una tonalidad rosácea y parecen recubiertas de la más delicada piel femenina. Es el milagro diario de la "novia del desierto", la opulenta ciudad caravanera siria sepultada por la historia y envuelta en el halo de su melancólico misterio.
La escritora Cristina Morató ha recorrido de madrugada las viejas ruinas conjurando con su presencia la de otras dos mujeres, sensacionales, que vivieron aquí: la famosa y bella reina guerrera Zenobia, que se decía descendiente de Cleopatra y desafió a Roma con sus arqueros montados en dromedarios, y la viajera, espía, contrabandista y asesina vasca francesa Marga d'Andurain, que regentó el hotelito pegado a las historiadas piedras en el que nos alojamos. Morató (Barcelona, 1961), que ha consagrado varios de sus libros a rastrear la vida de las grandes aventureras y reivindicarlas, ha viajado a Palmira para presentar Cautiva de Arabia (Plaza & Janés), una apasionada biografía de Marga d'Andurain que descubre a un personaje fascinante, "una mujer aventurera como pocas a la que siempre persiguió el escándalo". Morató, que es mujer de carácter, como Zenobia y la vasca - que se identificaba con la reina de Palmira -, pasea por las ruinas como si estuviera en casa.

Palmira, la antigua Tadmor, fundada según el mito por el mismísimo Salomón, permanece todavía, inexplicablemente, a salvo del turismo de masas, y con sólo excavado el 60 % de su superficie - que incluye impresionantes templos, tumbas en torre, hipogeos y ¡momias! -. Así que uno puede deambular por el Arco Monumental, la Gran Columnata y el Tetrapylon, en conjunto uno de los escenarios más espectaculares y conmovedores del mundo, casi a solas.

La barcelonesa, autora de Reinas de África, oyó hablar por primera vez de la "emprendedora, feminista y rebelde" Marga d'Andurain (1893-1948), que "odiaba las convenciones y el aburrimiento y encontró en la aventura su razón de ser", en su primera visita a Palmira. En la recepción del hotel Zenobia le dieron una baqueteada fotocopia con unos apuntes biográficos de la que fuera su propietaria entre 1927 y 1936. En la hoja se decía que la condesa había sido espía al servicio de Lawrence de Arabia y que, esbelta y seductora, cabalgaba desnuda entre las ruinas, lo que sin duda habría aumentado el interés paisajístico del lugar. Morató quedó prendada del personaje y se volcó a investigar qué había en realidad tras la leyenda de la denominada en su época "la Mata Hari del desierto", "la amante de Lawrence de Arabia" - extremo incierto: la sexualidad del héroe de las dunas iba por otros derroteros - o "la condesa de los veinte crímenes". En lo de condesa, descubrió, Marga imitaba a otros aventureros de falso pedigrí, como el conde Almás y, por citar uno (¡la vasca también fue aviadora!).


La mujer era de armas tomar: tras divorciarse de su marido, se casó con un beduino bizco y fingió hacerse musulmana para intentar entrar subrepticiamente en la Meca, a lo Burton, y triunfar como escritora de viajes; traficó con opio en el París ocupado por los nazis, llevaba pistola (aunque prefería el veneno) y se ligó, entre otros muchos, al coronel Sinclair del Servicio de inteligencia británico en Palestina ("Sinclair", ronroneaba, "llévame a Palmira") y algún arqueólogo de fama. A su lado moría la gente de la manera más sospechosa: Sinclair, su primer marido (acuchillado no se sabe por quién y enterrado en las ruinas), el beduino, su sobrino... La encerraron en un harén, luego en la peor cárcel de Arabia, y fue condenada a muerte (se salvó). De niña, a la luz de su carácter díscolo, su familia la había hecho exorcizar en la catedral de Bayona. Desapareció a los 55 años en el mar cerca de Tánger, arrojada por la borda de su velero cuando hacía contrabando.

Decisivo en la investigación de la autora, que por primera vez ha trabajado con fuentes originales, fue contactar con el hijo de la aventurera, Jacques d'Andurain, de 92 años y héroe de la Resistencia francesa. En su libro, Morató resigue los pasos de Marga con cierto afán de reivindicar a esa "mujer maldita" con fama de envenenadora, pero al final queda claro que uno hubiera hecho muy bien en no aceptar jamás de la postiza condesa una taza de té y no digamos una trufa de chocolate.

Morató no cree que fuera una mujer impúdica, sino que era "adicta al bronceado" y por eso paseaba desnuda. En el libro no aporta pruebas definitivas de que trabajara realmente de espía, pero está convencida de que lo fue, aunque no de manera profesional, sino circunstancialmente. "Lo maravilloso de ella es su misterio, que no puede disolverse del todo", dice. Define a la aventurera como entregada "al diablo de la curiosidad" y declina juzgarla.

¿Habrá peli? "Yo creo que sí", señala la escritora que, apunta, ha recibido ya la llamada de una productora e imagina a Maribel Vedú en el papel de la aventurera. "Marga encontró en Palmira su lugar en el mundo, el sol, la libertad, la amistad de los beduinos. Pero algo la impulsaba a seguir moviéndose, a meterse en otros líos; no era una mujer medida. Si no fuera por los escándalos estaría sin duda entre las mujeres célebres".

Es oscuro ya en Palmira. El templo de Baal Shamin y Aglibol vuelve a mostrar una calidad marfileña. Entre las ruinas, pasean los espectros de los visitantes: Marco Antonio, Adriano,Volne y, Lady Stanhope (otra mujer de aúpa), destacamentos de meharistas y la desolada viajera Annemarie Schwarzenbach - a la que dejó hasta tal punto impresionada Marga con su corpiño que la incorporó a sus relatos -... Entre todos ellos, la condesa y su misterio están en excelente compañía.

Una civilización para la Alianza por M. A Bastenier

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EL PAÍS

Ha habido insistentes críticas -y no sólo de la oposición, tan machacona- a la política exterior de España; se ha dicho que el Gobierno socialista ha sustituido objetivos concretos por propuestas generalizadoras como la vaporosa Alianza de Civilizaciones, ideal intachable en sí mismo, pero de difícil manutención, y hay quien cree que excesivo para las posibilidades reales de España. Con hoja de ruta o sin ella, es indiscutible, sin embargo, que se han producido éxitos que escaparon a la empalagosa seducción de Gobiernos anteriores, como la asistencia a las reuniones del G-veintipico, y las declaraciones del presidente norteamericano Barack Obama en obvia rima con las de José Luis Rodríguez Zapatero sobre la Alianza. Todo ello, tanto en Madrid como en Washington, estaba pensado para el mundo islámico, y en lo que respecta a España, sobre todo árabe y mediterráneo. Pero existe otra civilización con la que aún hay más urgencia en concertarse.

En América Latina cabe hoy distinguir tres procesos políticos diversos: a) renovación de sistemas próximos a los europeos, tanto de derecha como izquierda, de Colombia o Perú a las socialdemocracias de Chile y Brasil; b) innovación, no está claro hacia dónde, aunque muchos dirían, quizá precipitadamente, que hacia la dictadura, como ocurre en Venezuela tras un misterioso socialismo bolivariano; y c) revolución o cuando menos su conato en la Bolivia indigenista del presidente Evo Morales.

El proyecto de La Paz persigue un alto grado de deshispanización, una remoción antropológica de las bases sobre las que se ha asentado el Estado boliviano, con la recuperación de un pasado precolombino en política, justicia, cultura, aportación al mundo, en definitiva, del país andino. No se trata, es de suponer, de prescindir de una lengua española, ya también boliviana, porque constituye un instrumento de acción universal, pero sí eliminar buena parte de lo que vincula al país con Occidente, como quien describe una circunvolución de 180 grados. Pero no se trata aquí de juzgar las probabilidades de éxito del proceso, ni de su ulterior conveniencia, sino de la actitud de España ante su eventual consolidación.


Aunque, formalmente, las celebraciones del bicentenario de las independencias latinoamericanas deberían comenzar en 2010, los hay madrugadores, como la propia Bolivia, que mañana, 16 de julio, inaugura la temporada, y Ecuador -con menor presión indigenista, pero nación hermana en andineidad-, el 10 de agosto. Y para abrir boca Morales pronunció un discurso el pasado 29 de mayo en la IV Cumbre Continental de Pueblos Indígenas, del que, no por repetidas, sobresalen afirmaciones que darán idea de lo espinosa que puede llegar a ser cualquier negociación: "Nos dijeron que hubo un descubrimiento cuando hubo una invasión, que hubo una conquista cuando hubo genocidio. Y ahora nos dicen que quieren integración e insertarnos en la economía mundial cuando lo que quieren es saquear nuestras riquezas, privilegiando las ganancias en desmedro de la solidaridad". Y a declaración tan terminante se suma gran parte de la izquierda latinoamericana, como hacen destacados representantes del Polo colombiano, sólo que, juiciosamente, como todos son blancos y muy hispánicos, prefieren no extenderse sobre el asunto.

Pero eso no significa que no pueda haber diálogo. Morales es considerablemente pragmático y si se acepta que España tiene una deuda con la indianidad boliviana -como la tiene y aún mayor la minoría blanca del país- y que esa deuda es traducible a euros, el debate ya cambia. Civilizaciones que fueron enemigas hace cinco siglos, cuando una invadió la tierra de la otra, y, sin que mejoraran las cosas con las independencias que obtuvieron los criollos, no han dejado de serlo desde entonces, pueden hallar puntos de asociación para el futuro. Y ni tan sólo es obligatorio para ello que los interesados dejen de entonar la salmodia del exterminio -como también gusta de hacer el presidente Chávez de Venezuela- porque en estas fechas bicentenarias todo el que rehúse sumarse al coro va a ser gravemente tachado de godo, y antipatriota. Si los españoles querían explotar la fuerza de trabajo local, mal se compagina eso con un plan de eliminación del mundo indígena, pero eso tampoco excusa el atropello, la crueldad, la brutal exacción y la esclavitud, perpetradas por conquistadores y colonos, que hay que hacer extensivas a millones de africanos, transportados como forraje laboral a América.

¿Cabe hoy trascender esas realidades? Ni desmemoria absoluta, ni rencor perpetuo. Pero la Alianza de Civilizaciones para confirmar que va en serio, debería comenzar a experimentarse en el continente americano.

La Alianza de Civilizaciones mira al futuro por Santiago Petschen

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EL PAÍS

La Alianza de Civilizaciones cobra una perspectiva más importante de la tenida hasta ahora con motivo de su II Foro, que se celebrará en Estambul los próximos días 6 y 7 de abril.

Cuestiones de alcance semejante ha habido muchas en la historia humana, como la gesta sionista que llevó a la creación del Estado de Israel y la realización de la Unión Europea. La concreción de la primera la llevó a cabo Theodor Herzl. La de la segunda, Jean Monnet.

Ambas personalidades se caracterizaron por tener, acerca de la posible aplicación de su ideal, un firmísimo convencimiento. Los dos grandes hombres estuvieron muy dotados con el carisma del consejo como capacidad de pasar de los principios generales a las situaciones particulares. Sabían -utilizando la descripción que hace Robert Stenberg- "qué decir a quién, cuándo decirlo y cómo decirlo para lograr el máximo efecto". Una inteligencia muy distinta a la capacidad especulativa. El sentido común social que, en el campo de la política, desgraciadamente, muchos dirigentes no tienen.

"Somos y seguimos siendo, querámoslo o no -decía Herzl hablando de los judíos-, un grupo histórico de admirable coherencia". La posibilidad de aterrizaje de dicho principio lo montó Herzl con dos alas que actuaban a la par: un ala formada por una persona moral (el nuevo Moisés de los judíos), de fines científicos y políticos (Society of Jews). Otra ala detalladamente empírica dedicada a los inmuebles, al dinero, a los impuestos, a la posibilidad organizadora del rabinato (Jewish Company). Es ésta la misma capacidad que hizo surgir el método de "las solidaridades de hecho", la gran palanca de lanzamiento de la Unión Europea.

Para que la Alianza de las Civilizaciones fructifique ha de ser llevada a la práctica por un gran don de consejo hasta el dominio radical de la concreción. Concreción fue la forma de crear una autoridad común para el carbón y para el acero; de organizar paulatinamente la cooperación política primero y la PESC después; de fijar la moneda única.


En tiempos de Herzl, siglos de historia marcaban todavía la enemistad más atroz que imaginarse pueda entre cristianos y judíos. A pesar de ello, Herzl hizo el esfuerzo por ofrecer a los cristianos una relación de acercamiento y de simpatía. Llegó incluso hasta proyectar indemnizarles por las pérdidas que la marcha de los judíos a otra tierra les podría ocasionar. Es lo que Israel debería buscar ahora para con los musulmanes, con los que la historia judía estuvo, hasta el siglo XX, libre de problemas graves. Y no es que Herzl fuera un ciego con respecto al antisemitismo. Todo lo contrario. Como ahora no debemos estar ciegos frente a la barbarie del terrorismo.

Pero ello no debe ser obstáculo para fijar un modelo de relación limpio. Por medio de unos pasos así y con el espíritu de las solidaridades de hecho habrá que llegar al problema de las fronteras entre Israel y Palestina, el punto de manifestación más hostil que pueda existir hoy entre la civilización occidental y la civilización islámica. Si no se va llevando a la práctica una correcta solución fronteriza, la réplica contra Israel seguirá siendo alimentada en la imaginación de millones de musulmanes.

Alguien puede pensar que la solución al problema está en la fuerza. Esta solución, además de ser injusta, no podrá ser para todo tiempo sino sólo para un espacio temporal limitado. Y con unos resultados que tal vez puedan conducir, algún día, desde el odio, a una hecatombe de mayúsculas proporciones.

La terrible hostilidad entre Alemania y Francia tan cruentamente manifestada durante la Segunda Guerra Mundial se puso a prueba para convertirse en alianza con la organización de una amplia serie de reuniones como las montadas por Franz Buchman después de la Guerra Mundial en Caux (Suiza).


Bajo el nombre de Rearme Moral, Buchman fue convocando, en los años posteriores a la guerra, en un hotel desde cuya altura se divisa ampliamente el lago Leman y la extensa cadena de los Alpes suizos, a diplomáticos, políticos, militares, sindicalistas, hombres de letras, especialistas en solución de conflictos... etcétera, en sesiones de tres, cinco, diez o quince días, hasta un número de personas que se acercó a los 5.000.

Cuando en alguna ocasión he pasado por aquel ya viejo edificio, no he podido dejar de sentir una considerable emoción por las aspiraciones de alianza que allí dentro se fomentaron. Parece que fue en Caux donde se pergeñó el primer atisbo de lo que luego fue la Comunidad del Carbón y del Acero.

Algo muy distinto a lo que se palpó en el ambiente de utopismo de Denis de Rougemont, que supo decir cosas extraordinariamente maravillosas sobre el ser humano, sobre los pueblos, sobre la interculturalidad, pero que careció de capacidad para que las instituciones que él creó, el Centro Europeo de la Cultura y el Instituto de Estudios Europeos, tuvieran continuidad después de su muerte.

La repetición de una experiencia como la de Buchman en Caux, aplicada a la Alianza de Civilizaciones, podría ser de una enorme utilidad.

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