La ideología del enemigo total por Gregorio Peces-Barba

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La cultura del enemigo total se refleja en sociedades autoritarias y belicistas y en personas dogmáticas y violentas. Recorrió el nazismo y el estalinismo y en ella se basan los fundamentalismos religiosos

EL PAÍS

La ideología del enemigo sustancial es el mayor peligro para una concepción humanista de la historia y de la cultura y para una concepción integral de la democracia, con sus componentes liberales, socialistas y republicanos. Las ideas de progreso, de dignidad humana, de libertad, de igualdad y de fraternidad, propias del humanismo, que se reafirma en la modernidad, desde el hombre centro del mundo y centrado en el mundo, sufren desde el tránsito a la modernidad hasta hoy el ataque disolvente y destructivo de las diversas formas que presenta la ideología del enemigo sustancial. Es una variante, quizás la más radical y peligrosa del pesimismo antropológico de la vieja idea de que el hombre es un lobo para el hombre. Es la tradición de Horacio, con precedentes en el mundo griego, y que reaparece en el siglo XVII con Hobbes, y con otros representantes de la cultura barroca. En el capítulo XIII de la Parte Primera del Leviatán describe la situación del hombre en el Estado de naturaleza como de guerra de todos contra todos y donde "todo hombre es enemigo de todo hombre". Esta cultura del enemigo total se refleja en las sociedades, en las ideologías políticas e incluso en la propia personalidad de quienes la asumen. Se refleja en sociedades, autoritarias, totalitarias, excluyentes y belicistas y en personas dogmáticas, violentas, agresivas, intolerantes y que cultivan el odio. Son modelos antidemocráticos, antiliberales, antisolidarios y antipluralistas que en las personas que lo forman fomentan rechazos a la dignidad humana, al respeto, a la amistad cívica, al juego limpio. Esta cultura es inexorablemente fundamentalista e impulsa la destrucción del adversario, como enemigo sustancial, como incompatible absolutamente para la convivencia. Así el "todo hombre es enemigo de los demás", se transforma para esas posiciones, en la defensa de un yo inocente, justo y poseedor de la verdad, frente a los otros, que son los enemigos.


En 1930, Thomas Mann elevó su voz contra el nazismo ascendente: "... Una política grotesca, con modales de ejército de salvación, basada en la convulsión de las masas, el estruendo, las aleluyas, y la repetición de consignas monótonas, como si de derviches se tratase, hasta acabar echando espuma por la boca. El fanatismo erigido en principio de salvación, el entusiasmo como éxtasis epiléptico, la política convertida en opio para las masas del Tercer Reich, o de una escatología proletaria, y la razón ocultando su semblante". Aquella predicción de lo que estaba por pasar la expresó el autor de La montaña mágica en la Beethoven Saal de Berlín, anticipándose lúcidamente a la más cruel expresión del enemigo sustancial, la que justifica Carl Schmidt y realizarían Hitler y sus secuaces nazis hasta su derrota en la Guerra Mundial. La justificación teórica, en abstracto, está en El Concepto de lo Político de 1932. Schmidt lo identifica con el otro, con el extranjero, donde "los conflictos que con él son posibles... no podrían ser resueltos ni por un conjunto de normas generales, establecidas de antemano, ni por la sentencia de un tercero reputado, no interesado e imparcial". Como se ve, descarta al derecho y la posibilidad de pacto social, y al justificar más tarde con esa base doctrinal las leyes de Nuremberg de 1935, está señalando la solución para exterminar al enemigo sustancial fuera del derecho: los campos de concentración y de exterminio. Es la salida normal de "todo sujeto sin valor, indigno de vivir". Por eso justificará las leyes raciales de Nuremberg de 15 de septiembre de 1935, donde se señala a los judíos como los enemigos sustanciales. Son sus trabajos La Constitución de la libertad y La Legislación Nacional socialista y la reserva del 'Ordre Públic' en el Derecho Privado Internacional. Lo completará más tarde, en octubre de 1936 en el Congreso del Grupo de Profesores Universitarios de la Unión Nacional Socialista de Juristas con un comentario final sobre la Ciencia del Derecho Alemán en su lucha contra el Espíritu judío. En ese contexto resulta sorprendente que en la publicación castellana de Tierra y Mar, en 2007, tanto el prologuista como el epiloguista ignoran esa etapa negra del pensamiento de Schmidt. Era efectivamente un encantador de serpientes, que a muchos en la derecha y en la izquierda les produjo y produce un bloqueo moral inexplicable.


En todo caso, la ideología del enemigo sustancial afectó con el leninismo y el stalinismo al marxismo y es también una enfermedad crónica en la cultura de las religiones, cuando se institucionalizan y se organizan jerárquicamente. No está ni en el Sermón de la Montaña ni en los Evangelios, pero sí aparece hasta hoy en la doctrina de los papas y de los obispos, siempre desconfiando de la Ilustración, de la laicidad y de la libertad religiosa. En otras religiones, incluso el reflejo de la ideología sigue siendo brutal y con ello se justifica el asesinato y la guerra contra el infiel hasta su exterminio.

Junto a las dimensiones radicales existen otras formas más débiles, pero donde las raíces de la intolerancia y del afán del exterminio del enemigo están presentes, aunque templadas por estructuras políticas, jurídicas y culturales que las atenúan y quizás por el desconocimiento de quienes incurren en ellas, aunque no lo sepan. Son fenómenos que se producen en las sociedades democráticas donde la cultura de la ideología del enemigo sustancial subyace a muchas posiciones, y afecta también a personas que no han asumido el pensamiento liberal, democrático, social y republicano que conforman el talante de respeto y de nobleza de espíritu y de amistad cívica de los que no creen que ningún hombre aporte una verdad total y redentora.


Aquí se fundan todas las fundamentaciones religiosas, políticas y culturales. Aquí encontramos a Bolton o a John Yoo defendiendo las políticas de Bush sobre la tortura, el estado permanente de excepción o la detención sin juicio. También a los obispos y cardenales que se consideran depositarios de verdades absolutas incompatibles con el pluralismo y por encima de la soberanía popular y del principio de las mayorías, a los políticos que desprecian a sus adversarios y que discriminan, como hace la presidenta de la Comunidad de Madrid, entre asociaciones de víctimas a quienes apoya, frente a otra, mayoritaria, que es marginada, car tel et mon bon plaisin, según la fórmula que justificaba las decisiones de los monarcas absolutos. Ése fue en muchos temas el comportamiento de muchos dirigentes del PP en la anterior legislatura. Creo que es a eso, a la utilización atenuada de la ideología del enemigo sustancial, a lo que se refiere Rajoy cuando habla de que hay cosas que cambiar. Ojalá eso nos lleve a un centro derecha abierto, centrista y liberal, que tanto necesita este país. Finalmente, esta epidemia intelectual y moral alcanza también al modelo de la cultura cuando un escritor de éxito desprecia y descalifica al resto de los escritores. Todas estas actitudes desvirtúan y se alejan de la idea de dignidad humana y del respeto a los demás. Frente a ellas, la vacuna, la terapia, es más democracia, aunque siga siendo el peor de los regímenes con excepción de los demás experimentados hasta ahora.

¡Sapere aude! para todos.

La cuestión turca por Gema Martín Muñoz

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EL PAÍS

Los sectores recalcitrantes del laicismo autoritario turco están llevando a su país a una situación de crisis político-institucional que abre las puertas a la incertidumbre con el indeseable riesgo de retroceso económico y repliegue democrático. Esto no conviene ni a Turquía ni a Europa ni a Oriente Medio.

En realidad, lo que se está jugando en Turquía es un ajuste de cuentas de añejas élites que con una concepción patrimonial del Estado y de su interpretación laica se han visto desplazadas del poder a través de las urnas... y no se resignan a ello. Tratan de manipular el "miedo al islamismo" (si bien el PJD es un posislamismo democrático autodefinido como "partido conservador") y arrogarse la defensa del laicismo (versión fundamentalista y excluyente considerada "una forma de vida" susceptible de ser impuesta a todos los ciudadanos que, lejos de basarse en la neutralidad confesional del Estado, coarta sus libertades individuales) para derrocar al Gobierno democrático con estratagemas jurídicas (ilegalizar al partido gobernante arrogándose el dudoso derecho de interpretar el laicismo a su imagen y semejanza). Argumentos seudojurídicos abanderados por un Tribunal Constitucional que desde 1980 ha ilegalizado a más de 20 partidos políticos y cuya mayoría de jueces fue nombrada por el anterior presidente de la República, el kemalista-laico Ahmet Necdet Sezer.

Acusar al PJD de atentar contra el laicismo es dar la espalda a la realidad social mayoritaria turca que en un 80% no ve contradicción entre el hiyab y el laicismo, y al 69,3% de ciudadanos que se muestra decididamente contrario a la disolución de ese partido (encuesta del Centro Metropol de Investigaciones Sociales y Estratégicas de Ankara, publicada en el diario Yani Shafaq el 6 de junio de 2008).


El PJD no sólo es la alternativa democrática, resultado de las elecciones de 2002 y 2007, sino que su Gobierno dirigido por Recep Tayyip Erdogan es, hoy por hoy, el único capaz de llevar adelante la transformación profunda que necesita el país. Su política económica liberal cuenta con el apoyo de los actores económicos turcos y ha logrado un crecimiento impensable hace menos de una década; su ritmo reformista es dinámico y progresivo, incluidos viejos tabúes que el ultranacionalismo turco, representado por ejército y jueces, consideraba sagrados (delitos de opinión contra la monolítica identidad nacional turca, mejora en los derechos de las minorías...); su europeísmo es convencido y voluntarista; su política exterior cuida las relaciones con Europa, Estados Unidos e Israel a la vez que mira y se interesa por su entorno medio-oriental, lo que le permite desempeñar un papel tan complejo como mediar entre Siria e Israel.

¿Qué otra fuerza política podría llevar a cabo esta acción interior y exterior que le está valiendo a Turquía el respeto y la credibilidad de la mayoría de dentro y de fuera? Los dos partidos que consiguieron representación en el Parlamento, el Partido del Movimiento Nacional, contrario al ingreso en la UE, y el Partido Republicano del Pueblo, que apoya incondicionalmente la injerencia del Ejército en política, pertenecen a ese universo ajeno a la evolución de la sociedad turca y enraizado en un ultranacionalismo aislacionista incapaz de promover el potencial interior y exterior turco.

Si el proceso de ilegalización sigue adelante y se prohíbe a sus dirigentes formar parte de grupo político alguno en cinco años, se abrirá una gran fractura social, Turquía volverá a los riesgos de la inestabilidad política y el proceso democrático y la economía se resentirán (de hecho la lira y la Bolsa turcas así lo hicieron desde el mismo día del anuncio de emprender dicho proceso). En fin, una triste victoria de quienes, dentro y fuera, se oponen a la integración europea de Turquía. Pero, quizás, efímera.


Ante la imposibilidad de llegar a un entendimiento con ese particular sector "laico", Erdogan parece estar dedicado sobre todo a impedir la fragmentación cuando sus 341 diputados se encuentren sin liderazgo y sin agrupación política, refundar el partido (él podrá presentarse a las elecciones como candidato independiente) y llevar a cabo las necesarias reformas que pongan fin a las injerencias del Ejército y del poder judicial en el poder legislativo, es decir, consoliden un Estado de derecho democrático, aprovechando el descrédito interno y externo que todo este proceso va a entrañar.

La Turquía de hoy no es la de 1997 cuando el precursor del PJD, el partido Refah, padeció un proceso similar, como tampoco el PJD de hoy es el Refah de ayer, ni Necmettin Erbakan era Tayyip Erdogan. Eso es lo que no entiende esa vieja guardia "laica", anclada en el pasado, ensoñadora de la intervención del Ejército y ajena a los cambios de la política nacional, regional e internacional. Esperemos que la Europa de hoy tampoco sea la Europa de entonces y sepa estar a la altura de la necesaria defensa de quienes están siendo objeto de un acoso judicial muy poco democrático y que sin embargo acatarán la sentencia buscando una nueva respuesta democrática que siga llevando a Turquía por la vía del cambio.

Turquía: la fractura por Antonio Elorza

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EL PAÍS

La gestación del conflicto remite a los primeros años de la República turca. El proyecto de modernización autoritaria de Kemal Atatürk, de contenido laico y europeísta, pudo triunfar gracias al desplome del imperio otomano y por el inmenso prestigio obtenido con la victoria militar contra Grecia. La religión quedó entonces como último bastión frente al cambio, y si bien se vio obligada a retroceder, desprestigiada políticamente por su vinculación al antiguo régimen, no por eso dejó de contar con el respaldo mayoritario en la sociedad cada vez que el régimen kemalista se abrió a la democracia. La secuencia de prohibiciones de partidos religiosos y golpes militares, desde los tiempos de Kemal hasta fines de los 90, fue el reflejo de esa tensión.

Pero ahora parecía alcanzado el equilibrio con la llegada al Gobierno de un partido islamista dispuesto en principio a acentuar la modernización, vincularse a Europa y mantener el respeto a una Constitución que literalmente blindaba al Estado secular. Así estaría el país en condiciones de abordar las reformas imprescindibles para el acceso a la Unión Europea, al consagrar el respeto a los derechos civiles, eliminar la tutela del Ejército sobre las instituciones, suprimir el ultranacionalista artículo 301 del Código Penal en virtud del cual fueron acusados Orhan Pamuk y el escritor armenio Hrant Dink (cuyo asesinato posterior sigue en la práctica impune) y, tal vez, soñemos, mostrarse realista en la cuestión de Chipre y justo al reconocer la herida de ese genocidio armenio que como muestra el reciente libro de Gurriarán, Armenios, gravita aún sobre los herederos de las víctimas. Nadie podría entonces cerrarle a Turquía las puertas de Europa.

Todo se ha venido abajo con la batalla sobre el velo. En principio, la cosa no debiera ser tan grave, ya que la restricción levantada por el Parlamento y restablecida por el Constitucional se limita a las universidades, y no afecta al uso masivo de la prenda en la vida civil. No existen las restricciones a la libertad religiosa en Turquía de que habla el ministro Ali Babacan.


Sólo que el tema ha destapado la dureza del enfrentamiento entre el laicismo intransigente a la defensiva de juristas y militares, de un lado, e islamistas gubernamentales de otro. Hasta el punto de que pronto el Tribunal Constitucional puede declarar la ilegalización del partido de gobierno y condenar a decenas de sus dirigentes, con Erdogan a la cabeza, por impulsar una anticonstitucional islamización del país. Ya con anterioridad el mismo fiscal Yalçincaya había promovido la ilegalización del partido nacionalista kurdo, con veinte diputados, cuyas "actuaciones e ideas" les convertirían en instrumento del independentista y terrorista PKK. Un poco más y vacía el Parlamento de Ankara.

Lo cual no debe llevarnos a la angelización de Erdogan, que ha elegido la línea de aceptar la prueba de fuerza. ¿Por qué Parlamento contra Tribunal si en la Constitución están los artículos 2, 4 y 148? ¿Por qué reaccionar enviando al infierno a sus antagonistas citando el versículo 7.179 del Corán? ¿Por qué emplear los recursos del Estado laico desde la Dirección de Asuntos Religiosos preparando una actualización de los hadices o sentencias de Mahoma si no se está pensando en reintroducir la sharía (Corán más hadices) en la legislación del país?

Y si el supervisor del mastodóntico proyecto, Mehmet Gormez, asegura que hay sólo un islam, rechazando ser un islamista moderado, que no será borrado ni un hadiz ni alterada la palabra de Alá, tal puesta al día es ante todo de temer. Hay en los 7.000 hadices de las compilaciones fiables (sahih) demasiados yihad como guerra, antijudaísmo y voluntad punitiva. En suma, la línea de Erdogan apunta a una islamización larvada, conforme destacan los representantes de los 15 millones de alevíes, que le han retirado su colaboración. Ahora bien, son signos, no pruebas.


Acaba de proponer Juan Goytisolo razonablemente que el tránsito musulmán hacia la democracia no sea forzado desde Occidente. Es menos seguro, sin embargo, que las cosas se vean mejor desde dentro cuando la atmósfera es autoritaria (su propio caso en Marruecos) y que debamos menospreciar el peso ideológico de los orígenes en el islam.

Las normas del Corán y de los hadices son de obligado cumplimiento, incluso para islamistas modernizadores como los turcos o como Tariq Ramadan: de ahí que tenga éste que admitir a regañadientes el castigo físico a la mujer desobediente, la pena de muerte para los apóstatas o esa misma centralidad del velo en que ha caído Erdogan. Cierto que islamismo no equivale a nazismo, pero dentro del abanico de islamismos, siempre orientados a regir las sociedades por la sharía o ley coránica, las fórmulas radicales, de los Hermanos Musulmanes a los tablighi o a los wahhabíes de Arabia Saudí, desembocan inevitablemente en un totalitarismo horizontal o totalismo, sociedades cerradas en que todos cumplan con el mandato de "ordenar el bien y prohibir el mal".

Ante la ejecutoria de Erdogan, es de rigor la desconfianza, pero también lo es el reconocimiento de que el fracaso forzado de su conciliación hoy amenazada entre islam y democracia supondría un desastre para Turquía y para Europa.

La generación más brillante está condenada por Ángeles Espinosa

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Son los más preparados y sanos de su historia, pero también los más frustrados - Cien millones de jóvenes de Oriente Próximo están abocados al paro, la emigración o el extremismo islámico

Amir y Nazanin llevan esperando para casarse desde que se prometieron en julio de 2007. "Con mi sueldo de encargado de zapatería es imposible encontrar piso en Teherán", se queja Amir, de 26 años, pese a saberse afortunado por tener un empleo. Otros jóvenes de su edad ni siquiera pueden plantearse la boda.

Amir y Nazanin llevan esperando para casarse desde que se prometieron en julio de 2007. "Con mi sueldo de encargado de zapatería es imposible encontrar piso en Teherán", se queja Amir, de 26 años, pese a saberse afortunado por tener un empleo. Otros jóvenes de su edad ni siquiera pueden plantearse la boda. Es el caso de Wael, un técnico en turismo egipcio, quien a punto de cumplir 27 aún no ha logrado un trabajo estable que le permita pensar en su futuro. Desempleo y subempleo atenazan a cien millones de jóvenes en Oriente Próximo y el norte de África, cuya frustración sólo puede incrementar la presión migratoria sobre Europa o, en el peor de los casos, empujarles a los brazos del extremismo islámico.

Constituyen un 30% de los habitantes de la región, y no sólo se trata del mayor número de jóvenes (entre 15 y 29 años) de su historia, sino también de la generación más educada y sana. Aun así, sus posibilidades están muy lejos de sus expectativas. Frente a una media de paro juvenil del 14% en el mundo, en Oriente Próximo se eleva al 26%, la más alta de todas las regiones. Y la presión sólo puede crecer. Mientras en la mayoría de los países europeos los menores de 15 años apenas alcanzan un 20%, en Irán son un 32%, en Egipto un 35% y en Arabia Saudí un 39%. El Banco Mundial estima que la región necesita crear 100 millones de empleos de aquí a 2020 para estabilizar ese desequilibrio.

"Sin duda el trasfondo demográfico exacerba la situación, pero el principal problema es que la zona está evolucionando de economías proteccionistas a economías de mercado", explica Ragui Assad, director regional del Population Council, una ONG dedicada al desarrollo humano. En consecuencia, el Estado ya no puede garantizar el trabajo en el sector público, que era la puerta de entrada en la clase media.


"Hasta ahora todo el mundo iba la Universidad y eso aseguraba un empleo en la Administración, pero el Gobierno ha dejado de proveer puestos de trabajo", constata Abdel Monem Emara, ex ministro egipcio de la Juventud durante la década de los noventa. Así que los jóvenes se quejan de que no encuentran trabajo, o de que si lo encuentran, el salario es muy bajo. "No pueden decidir su futuro", señala Emara, ahora director de la Fundación Actores del Cambio dedicada a la formación de los jóvenes.

"No tengo ninguna perspectiva sobre mi futuro", admite Parastoo, una iraní de 26 años en paro. "Tal vez no sea muy grave estar sin empleo dos o tres meses, pero no tengo claro cuánto va a durar esa situación y eso me asusta".

"La región no está invirtiendo de forma adecuada en su activo más importante: su gente", denunciaba el jeque Mohamed Bin Isa al Jalifa, director general del Consejo de Desarrollo Económico de Bahrein, en un reciente debate del Foro Económico Mundial. Y, sin embargo, Oriente Próximo destina un 5% de su producto interior bruto a educación, frente al 3% de otras zonas como el Este Asiático o Latinoamérica.

El ex ministro egipcio apunta a dos problemas. Por una parte, aunque la educación básica se haya hecho universal, en las clases más modestas, "muchos chavales dejan la escuela para ayudar a sus padres acuciados por salarios que no les permiten mantener a sus familias". Esto no sucede en la clase media, "pero a quienes permanecen en el sistema educativo público, no se les enseña a pensar por sí mismos y carecen de habilidades de comunicación, gestión y toma de decisiones".

"No tenemos preparación ni medios para salir de esta situación. No podemos encontrar nuestro lugar", se duele Zina, estudiante de comercio en la Universidad de El Cairo, de 24 años.

"Los jóvenes de hoy están mucho más educados que nunca y sin embargo valen menos [en el mercado laboral]", apunta Ragui Eso conduce a la frustración y a un estado de transición interminable. Así que pasan de los 21 a los 30 años esperando a poder asumir el papel de adultos, algunos incluso más tarde.


Uno de los indicadores que más preocupa a los analistas es el retraso de la edad media de matrimonio. Hace una década, el 63% de los hombres estaba casado antes de los 30 años. Hoy apenas alcanza el 50%. Y en el caso de Irán se queda en un 38%. Cifras, todas ellas, muy por debajo de la media de Asia (77%), Latinoamérica (69%) o África (66%).

Este fenómeno no es exclusivo de Oriente Próximo. Y, sin embargo, en estas sociedades adquiere una dimensión mucho más dramática. A diferencia de Europa o de Estados Unidos, aquí el matrimonio es la única llave de entrada en la edad adulta y, además, las relaciones prematrimoniales están prohibidas.

"Están proliferando los arreglos no tradicionales como el matrimonio urfi en Egipto o la sighé en Irán [el primero no se registra y el segundo tiene una duración prefijada], la prostitución y la pornografía", dice Ragui. Pese a que esos temas aún resultan tabú en muchos países, poco a poco están llegando a los medios. Eso da idea de la preocupación que generan.

Los sociólogos constatan un creciente abismo entre lo que se considera aceptable y lo que realmente ocurre. "Se actúa a escondidas", admiten numerosos chicos y chicas entrevistados en Irán y Egipto. "Siguen siendo educados de forma tradicional, con valores y costumbres en las que no creen. Carecen de espacios para encontrarse y de independencia para comunicarse sin el control de la sociedad", señala la documentalista y activista social Hala Gala.

"Los jóvenes no pueden responder a las exigencias sociales y esa tensión se traslada a las relaciones con los padres, en especial con las hijas", advierte Hosein Ghazian, un sociólogo iraní crítico con las políticas oficiales.

Ni siquiera el reciente boom económico, impulsado por la liberalización y los altos precios del petróleo, les está ayudando. Aunque con un crecimiento medio anual por encima del 5%, la región está reduciendo sus tasas de paro, la mayoría de los nuevos empleos se crean en el boyante sector de la construcción (copado por inmigrantes) o se trata de trabajos temporales, mal pagados y que no permiten la movilidad social. "Eso no es suficiente para presentarse como un novio respetable", recuerda Ragui.


Además, no se trata sólo de la dificultad de encontrar trabajo estable. También ha habido cambios en el estilo de vida que complican el problema. El acceso de las mujeres a la educación hace que la mayoría rechace vivir con la familia del marido como venía siendo tradicional. Proveer el techo común es una responsabilidad que recae sobre el novio. Con los precios actuales de la vivienda se convierte en una tarea titánica, incluso si sólo se aspira a alquilar. Además, dado el carácter asimétrico del matrimonio islámico, las familias de las chicas tratan de protegerlas de un posible repudio pidiendo dotes millonarias.

"Por un piso de 60 metros cuadrados piden 50 millones de riales de fianza [3.500 euros] y otros cuatro de renta mensual", se queja Amir que gana el equivalente de 200 euros al mes. "Lo mínimo cuesta 18 millones por metro cuadrado. Pero para cuando logro ahorrar el precio ya se ha multiplicado por dos o por tres. Si tu familia no puede ayudarte, te quedas soltero", concluye.

Y dado el papel central del matrimonio en Oriente Próximo, los solteros se van quedando sin oportunidades sociales y económicas. No hace falta ser experto para darse cuenta de que estamos ante una bomba de relojería. Desde el 11-S, numerosos analistas han advertido de que el creciente malestar y frustración entre los jóvenes de Oriente Próximo constituye un caldo de cultivo favorable para el radicalismo islámico y, eventualmente, al terrorismo.

"La vuelta a la religión constituye una nueva forma de liberarse", señala el padre Williams, un jesuita egipcio que trabaja con chicos de la calle y ha visto el avance de los Hermanos Musulmanes en su país. "Quienes no tienen la capacidad de reflexionar, pueden abrazar el suicidio", admite, aunque, en su opinión "tras lo ocurrido en Irak también hay voces que empiezan a criticar la manipulación del islam".

"Es claramente un factor de riesgo", admite Ragui. "Aunque no es automático, algunos jóvenes infraempleados han caído en las redes de grupos extremistas. Pero no hay datos concluyentes. Por su propia naturaleza, no podemos recabar datos sobre su composición. Ahora bien, cuando preguntamos qué es lo más importante en sus vidas, un número creciente responde que la religión. De ahí que debamos ofrecerles actividades significativas y valiosas que, si no dan grandes salarios, al menos proporcionen preparación y respeto", sugiere el director del Population Council.


A falta de esa alternativa, muchos jóvenes están optando por la emigración, lo que sólo puede aumentar la presión sobre Europa, la frontera más cercana. El caso de Egipto resulta significativo. Con 40 de sus 77 millones de habitantes menores de 35 años, ocho millones se inscribieron en 2006 en el sorteo para obtener un permiso de residencia en Estados Unidos. Lo que es más preocupante: el año pasado una veintena de jóvenes murieron ahogados cuando intentaban alcanzar de forma ilegal las costas de Italia y Grecia, una vía de escape que hasta ahora se limitaba al Magreb.

En Irán, el segundo país más populoso de la región, con 70 millones de habitantes, un 25,6% de los jóvenes está desempleado y la cifra alcanza un 28,95% en las zonas urbanas, según datos del Centro de Estadísticas (oficial). No hay información sobre el número de jóvenes que desean emigrar, pero las embajadas occidentales reciben muchas más solicitudes de las que pueden procesar. El riesgo de radicalización es, sin embargo, menor. "Dado que aquí tenemos un Gobierno islamista que se ha convertido en un ejemplo indeseable, los jóvenes reaccionan en sentido contrario", apunta Ghazian.

"Los jóvenes no tienen un problema, nosotros somos el problema", asegura Emara, el ex ministro egipcio. Sin embargo, la mayoría de los encuestados ven su futuro sombrío. Y tal como advierte, Mohamed al Abbar, el patrón de Emaar Properties (uno de los principales proveedores de empleo de Oriente Próximo), "si la región no es capaz de desarrollar sus enormes recursos humanos, se enfrentará a un futuro de insatisfacción, malestar y declive económico". Por ello, tal como señala el ex presidente del Banco Mundial James Wolfehson, "ninguna otra tarea es más urgente en la región que dar esperanza a sus cien millones de jóvenes".

Sáhara, punto cero

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Tras el fracaso del diálogo directo entre las partes, la situación amenaza con deteriorarse

EL PAÍS

Tras cuatro rondas a lo largo del último año, las conversaciones directas entre Marruecos y el Frente Polisario desarrolladas en Manhasset bajo el auspicio de Naciones Unidas han concluido con un nuevo fracaso. La representación saharaui ha acusado al enviado especial del secretario general, Peter van Walsum, de haber roto su neutralidad al considerar "poco realista" la opción de un Estado independiente en la ex colonia española.

El Polisario ha preferido arriesgarse a un nuevo bloqueo en las negociaciones antes que afrontar un resultado adverso en Manhasset, y ha encontrado una coartada en las declaraciones del enviado especial. Se trata de una apuesta peligrosa, en especial si Van Walsum opta por la dimisión. La designación de un sustituto puede demorarse, afectando al alto el fuego acordado en 1991 y, sobre todo, prolongando el padecimiento de los refugiados. El representante del Polisario, Mohamed Haddad, ha evocado la eventualidad de declarar liberado el territorio bajo su control en respuesta a la ocupación marroquí. Rabat, por su parte, ha hecho saber que no aceptará cambios en el statu quo.

Rodríguez Zapatero afirmó en 2004 que resolvería el problema del Sáhara en seis meses. El activismo que revelaba aquella ingenuidad deterioró las relaciones con Argelia y acabó afectando a la credibilidad frente a Marruecos, pero ahora no puede dar paso a la pasividad. Si Van Walsum se marchase, la diplomacia española tendría que emplearse en la designación de un nuevo enviado, como hizo tras el abandono de Baker. Además, la profundización de las relaciones con Argelia sería una contribución decisiva a una eventual solución. Y otro tanto cabría decir de las relaciones con Marruecos, en las que Zapatero ha preferido poner en sordina los derechos humanos y el proceso de democratización.

Mientras la razón jurídica está del lado del Polisario, la situación política juega a favor de Marruecos. Ban Ki-moon ha querido que se reconozca el problema en estos términos, y eso ha llevado al final de las conversaciones de Manhasset. El Polisario no puede cerrar los ojos a costa del sufrimiento de los refugiados. Y Marruecos no puede ignorar que los avances sustantivos en su democratización están dejando de ser una simple exigencia interna y convirtiéndose en un requisito imprescindible para la solución del conflicto del Sáhara.

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