Israel y Siria, ¿listos para la paz? Por Shlomo Ben-Ami

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EL PAÍS

La reanudación de las conversaciones de paz entre Israel y Siria después de ocho años de ruido de sables no es una forma de desviar la atención de los problemas políticos de un primer ministro israelí en su etapa final. Tampoco es un plan de Siria para evitar responder ante un tribunal internacional por el asesinato del ex primer ministro libanés Rafik Hariri. Un acuerdo de paz entre Israel y Siria tiene una importancia estratégica fundamental para las dos partes, y ambos lo saben.

Las dos grandes experiencias formativas del régimen baazista de Siria fueron seguramente la pérdida de los Altos del Golán en 1967, bajo Hafez al Assad, y la pérdida de Líbano por parte de su hijo Bashar, que se vio obligado a retirar su ejército ante una irresistible presión internacional dirigida por Estados Unidos. Recuperar el Golán y proteger los grandes intereses de Siria en Líbano no sólo son las preocupaciones estratégicas fundamentales del presidente sirio, sino que son cruciales para el deseo de su régimen de asentar su legitimidad nacional y el de Bashar de reafirmar su posición.

La paz con Israel no es una prioridad para Assad. Es el requisito previo sin el cual es imposible alcanzar otros objetivos más importantes: el acercamiento a Estados Unidos, la legitimación del estatus especial de Siria en Líbano y la posibilidad de evitar una guerra con Israel -que sería devastadora- si no se recuperan los Altos del Golán por medios pacíficos. De hecho, el régimen ha dejado entrever que quizá esté dispuesto a llegar a un compromiso sobre la cuestión (el trazado de la frontera de 1967 a lo largo de una diminuta franja de tierra en la orilla oriental del mar de Galilea) que acabó con las negociaciones hace ocho años.


La paz entre Israel y Siria también es una necesidad estratégica para los israelíes. La complejidad de las amenazas contra Israel es tal que un posible enfrentamiento con Hamás en Gaza podría desencadenar un estallido con Hezbolá en Líbano. La única posibilidad de ganar esa guerra sería la destrucción total de Líbano por parte de la fuerza aérea israelí. Entonces, Siria seguramente aprovecharía la oportunidad para romper el impasse en el Golán con una acción militar que podría convertirse en una guerra masiva de misiles contra la vulnerable retaguardia israelí. E Irán, en su propósito de proteger su programa nuclear frente a un posible ataque de Israel y Estados Unidos, podría intervenir activamente en esta siniestra situación.

Es verdad que las condiciones estratégicas en la región son mucho más complejas hoy que hace ocho años, cuando las condiciones de Israel para un acuerdo con Siria consistían sobre todo en garantizar la seguridad en los Altos del Golán y en que Siria utilizara su influencia en Líbano para permitir un acuerdo de Israel con dicho país. La alianza de Siria con Irán no era un tema importante.

La posterior retirada forzosa de las fuerzas sirias de Líbano no fue positiva para Israel. En la última ronda de negociaciones entre Israel y Palestina, hace ocho años, estaba claro que un acuerdo con Siria abriría inmediatamente la puerta a un acuerdo con Líbano y al fin de la amenaza de Hezbolá en la frontera norte de Israel. Hoy el acuerdo con Siria podría facilitar una paz entre Israel y Líbano con el tiempo, pero no sería una consecuencia automática. Es más, aunque Hezbolá prosperó bajo la ocupación siria, nunca alcanzó el extraordinario poder político del que hoy disfruta.


No obstante, la paz con Siria podría ser un factor importante para un acuerdo más amplio árabe-israelí y, por consiguiente, un Oriente Próximo más estable, aunque no es realista esperar que Siria corte automáticamente su relación especial con Irán a cambio de los Altos del Golán. Se trata de conversaciones de paz, no de un tratado de defensa, y Siria no se apartaría bruscamente de sus amigos iraníes. Sin embargo, las buenas relaciones entre un Estado árabe que esté en paz con Israel e Irán no son necesariamente un elemento negativo. La posición de Siria podría limitar -en vez de ampliar- el alcance de la estrategia iraní de desestabilización regional.

Como siempre, todo dependerá en gran parte de la disposición de Estados Unidos a alejarse de las soluciones militares y los rígidos imperativos ideológicos y adoptar, por el contrario, una cultura pragmática de resolución de conflictos. Una paz entre Israel y Siria con el respaldo de Estados Unidos podría transformar el entorno estratégico y quizá arrastrar a otros en Oriente Próximo a un sistema de cooperación y seguridad regional.

Niños africanos: sí hay solución por Paloma Escudero

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EL PAÍS

Siempre que se habla de África en términos estadísticos, se produce una profusión de datos y balances enfocados en la multitud de problemas que afectan a millones de personas en el continente vecino. Sin embargo, no saltan a la opinión pública con la misma fuerza las cifras de los avances registrados en África en las últimas décadas, las pruebas de que sus enormes dificultades tienen soluciones y la certeza de que se están aplicando con éxito. El muy oportuno Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional 2008 ha reconocido precisamente ese esfuerzo, realizado desde instituciones africanas, en este caso contra uno de sus males endémicos, la malaria.

El mundo entero ha progresado en supervivencia infantil. En la década de los sesenta, la tasa de mortalidad anual ascendía a 20 millones de niños menores de cinco años, pero en 2006, por primera vez en nuestra historia, esa cifra se quedó por debajo de la barrera de los diez millones (9,7 millones). Es cierto que la mitad de esas muertes aún se producen en África, donde un promedio de 14.000 menores de cinco años pierden la vida cada día. A pesar de la dureza que encierra este dato, la buena noticia para el Día Mundial del Niño Africano, que hoy se conmemora, es que todas esas muertes se pueden evitar. En Eritrea, Etiopía, Malawi y Mozambique, la mortalidad infantil se ha reducido en un 40% desde 1990; en el norte de África, el descenso ha sido de un 84% desde 1970, y las defunciones por sarampión han bajado en más de un 90% en todo el continente.

Estos porcentajes, traducidos en vidas que han podido seguir adelante, revelan que el desafío del Objetivo de Desarrollo del Milenio (ODM) prioritario -es decir, atajar las tasas de mortalidad infantil- es difícil, pero no imposible. No hay que olvidar que sin el cumplimiento de este ODM, no es factible afrontar el resto de los objetivos fijados para el 2015: ¿qué sentido tendría abordar el ODM como alcanzar la enseñanza primaria universal si antes no hemos recortado al máximo la estadística de mortalidad infantil en los países en desarrollo? Más aún cuando la experiencia nos demuestra que ese objetivo no es inalcanzable.


Tenemos la llave, forjada con la acción en políticas públicas, la capacitación de personal y el desarrollo de organizaciones locales, tres pilares que sustentan la combinación esencial para poder implementar recursos en la acción directa con los niños y su entorno. Es esta suma la que ha conseguido ganar terreno a las estadísticas más terribles.

El sida, con 400.000 menores de 15 años infectados en 2007, encuentra cada vez más impedimentos para seguir adelante. Miles de madres portadoras del virus reciben tratamiento para evitar la transmisión a sus hijos y, para la esperanza de los menores que llegan a contraerlo, en regiones del Este y Sur de África, el acceso a retrovirales para menores de 15 años ha aumentado en un 5% en tan sólo un año.

La malaria, que mata a unos 800.000 niños al año, también retrocede, gracias a la distribución de mosquiteras impregnadas con insecticida, que tienen un coste de ocho euros el paquete de dos mosquiteras. Su distribución se ha triplicado en los últimos años en 16 países del África Subsahariana.

Los cientos de miles de muertes por diarrea han sido atajadas por intervenciones que propician el acceso al agua potable, a una higiene y un saneamiento adecuados, y a unos servicios de salud básicos. En Benín, el presidente anunció el año pasado la desaparición de las tasas en servicios de salud a mujeres embarazadas y a menores de cinco años; y en Ghana, ningún niño ha desaparecido a causa del sarampión desde 2004.


Ya tenemos pruebas, claras y sencillas, de que reducir la mortalidad infantil no es ninguna utopía. La clave del éxito se puede cuantificar en la mayoría de los indicadores con los que Naciones Unidas mide el desarrollo humano, pero hay dos aspectos que no deben pasar desapercibidos. Uno, que el camino recorrido es producto de la suma de pequeñas y medianas alianzas de organizaciones de acción humanitaria con algunos gobiernos, con otras organizaciones del sector y con las comunidades y familias directamente afectadas. Y dos, que para seguir avanzando, es necesaria una alianza global, la supervivencia infantil debe entrar en la agenda de los grandes foros mundiales. Es la única forma, cambiar desde dentro, empezando por la acción de gobierno, y desde fuera, con el apoyo de organismos y foros internacionales.

El reto es alcanzable. Ya no mueren 20 millones de niños antes de cumplir cinco años, ahora mueren menos de 10 millones. Y, hoy, un niño que nazca en un país africano debe saber que tiene el doble de oportunidades de llegar a cumplir cinco años y que, además, el mundo ha descubierto la llave para conseguir que las generaciones futuras tengan cada vez más garantías de supervivencia.

El Magreb paga el precio de su desunión por Francis Ghiles

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El cierre de la frontera entre Argelia y Marruecos es un disparate. Los magrebíes no tienen otra alternativa que abrir las fronteras que les separan y fomentar la libre circulación de personas, mercancías y energía

EL PAÍS

Desde el 11 de septiembre de 2001, algunas voces influyentes en Occidente tratan de convencernos de que sobre el islam podría pesar una maldición económica. Pero los éxitos de Turquía y de Malasia, y los ambiciosos proyectos de algunos países del Golfo, demuestran ampliamente que modernidad y crecimiento, creatividad y distribución equitativa de la riqueza pueden conjugarse perfectamente en el presente en tierras del islam. No estamos, pues, ante cuestiones de dogma, sino de geopolítica.

Dicho esto, es obvio que muchos países musulmanes tienen serios problemas económicos. Y ello desde hace años, décadas y hasta siglos. Si el Renacimiento fue la primera revolución cultural y política del mundo moderno, olvidamos con demasiada frecuencia que Toledo fue el lugar donde los textos árabes portadores del saber griego y asiático terminaron siendo traducidos al latín. En cuanto a la segunda revolución, fue industrial y comercial: desplazó el centro de gravedad del mundo, dejando al margen a los países del sur del Mediterráneo y del Imperio Otomano.

Durante siglos, la mayoría, si no la totalidad, de los dirigentes musulmanes prohibieron la imprenta y no educaron a sus poblaciones, y todavía hoy un nivel educativo mediocre y la censura explican que los índices de desarrollo humano poco esperanzadores sigan siendo una de las plagas del Magreb. Mientras tanto, China, India y el sureste asiático están recuperando el lugar que hasta mediados del siglo XIX habían ocupado en la industria, el comercio y la cultura, y con ello nos están situando frente a una nueva revolución: la de la mundialización. ¿Estará el Magreb a la altura del desafío que exige esta reorganización del planeta?


Los países del norte de África son más parecidos entre sí de lo que parece: sus sistemas bancarios sirven esencialmente a las nomenclaturas políticas y muy raramente a los jóvenes emprendedores. Y se expatrían los capitales, en mayor o menor medida, a todas partes. ¿Por qué las élites políticas escurren el bulto ante estos y otros hechos? Lo cierto es que es así y que la ausencia de dirigentes con una visión estratégica explica que el futuro de esta región sea incierto, incluso ignoto. Las élites políticas de los países magrebíes han hecho de la excesiva cautela y de la falta de imaginación su regla de conducta, y de la fuga de capitales su médium.

Hace medio siglo, el 28 de abril de 1958, en un llamamiento efectuado desde Tánger, varios dirigentes políticos norteafricanos, entre los que se hallaban Medhi Ben Barka (Marruecos), Omar Boussouf (Argelia) y Taieb M'hiri (Túnez), expresaron la "voluntad mayoritaria de los pueblos del Magreb Árabe de unir sus destinos", y proclamaron el derecho del pueblo argelino a la independencia. En cambio, hoy sólo encontraríamos copias muy pálidas de aquellos gigantes de Tánger, hasta tal punto han quedado mutilados los partidos políticos que en 1958 representaban a las fuerzas vivas de la región. Pocos reclaman hoy con fuerza un Magreb unido.

El desasosiego, el desencanto y la fragilidad de los jóvenes del Magreb, su crónica situación de desempleo y sobre todo el sentimiento de haber sido excluidos de una mundialización que se hace sin ellos y, en su opinión, incluso contra ellos, los hace sensibles a los cantos de sirenas de los extremistas. ¿No ha llegado el momento de que una nueva generación magrebí, la de aquellos jóvenes que han tenido el privilegio de una educación superior y la oportunidad de conocer el mundo, tome el relevo en esta región del mundo?

Si sus fronteras internas estuvieran abiertas, las poblaciones magrebíes podrían tal vez hacerse cargo de su propio destino. Ahora bien, esas fronteras permanecen cerradas, muchos magrebíes huyen en dirección a terceros países (o algunos de los que se educan en el extranjero no regresan)... y, entretanto, los capitales se exportan por decenas de miles de millones de dólares. Las burguesías y los jóvenes más ambiciosos construyen su futuro en otra parte.


Abrir las fronteras que aíslan entre sí a los países del norte de África, fomentar la libre circulación de las personas, las ideas, las inversiones y la energía, animaría a los hombres y a las mujeres magrebíes -y concretamente a los empresarios- a hacer frente al desafío de la mundialización en sus propios territorios. Si estudiamos las economías de los países magrebíes y analizamos en concreto los sectores energéticos, el transporte aéreo, el sistema bancario y la industria agroalimentaria, llegamos rápidamente a la conclusión de que sus intereses son complementarios y mucho más importantes de lo que parece a primera vista. El coste económico, y en consecuencia social y político, de lo que ha dado en llamarse el "No Magreb", o sea, la desunión actual de esta zona del mundo, es enorme.

El agua es, asimismo, un desafío de dimensión regional, como lo es el desarrollo de las energías renovables. Y así, tantos otros asuntos.

Los desafíos a los que el norte de África tiene que hacer frente ofrecen una excelente ocasión para modernizar unos sistemas de producción y de gobierno con frecuencia obsoletos, y construir un nuevo mundo. Es decir: productos y maneras de trabajar acordes con el siglo XXI que darían a las mujeres y hombres hoy parados o subempleados la oportunidad de descubrir ideas y mundos que desconocen. La empresa privada, la educación y una justicia equitativa podrían ser el corazón de esta revolución, pero nada se hará sin una fuerte ambición política.

Se dice que el lanzamiento de la Unión del Mediterráneo puede ayudar a revigorizar el Proceso de Barcelona, a conducirlo más allá de la política de proximidad de la Unión Europea, que conserva plenamente su vigencia. Ojalá, pero cabe hacerse un par de preguntas. ¿No debería Europa atreverse a llevar a cabo una política común mucho más ambiciosa respecto al Magreb sobre dos o tres cuestiones clave, siendo la de la energía una de ellas? ¿Es mucho pedir a las élites políticas del Magreb que reconozcan que sus políticas nacionales destruyen valor en todas las etapas de la cadena económica y carecen de rentabilidad?


El Proceso de Barcelona sigue siendo una herramienta útil, pero insuficiente. Tal vez una mayor concertación de las políticas exteriores de Francia, Italia y España (y también de Alemania y Reino Unido) en la región magrebí, sacando las lecciones positivas de la experiencia conjunta en el sur del Líbano, conseguiría dar un nuevo impulso. Habría que animar más a los países del norte de África, que se muestran incapaces de convertirse en socios fiables, a que aceleren el paso.

Este diagnóstico es severo pero necesario, ya que quiere estar al servicio de una gran ambición: la de construir el Gran Magreb de arriba abajo, la de dar a las empresas, grandes y pequeñas, privadas y públicas, el papel central que les corresponde.

Mientras Marruecos no esté en condiciones de comprar gas y amoniaco argelinos, ¿cómo pueden sus grandes empresas competir en los mercados de exportación con posibilidades de tener éxito? Mientras Argelia importe bienes y servicios de China antes que de Marruecos, ¿cómo pueden crearse empleos? Y si no se reducen los costes de producción aquí y allá, ¿cómo se pretende que afluyan las inversiones extranjeras?

¿Podemos imaginar el día en que Argelia, cuyas reservas de divisas se cifran hoy en 160.000 millones de dólares, invierta sus capitales en el Magreb antes que acumular fortunas, que se devalúan rápidamente, en bancos occidentales? ¿Podemos soñar un día que Marruecos deje de temer que Argelia le corte un gas que todavía no le ha comprado?

El Magreb tiene una bandera que no ondea en ninguna parte. Son las jóvenes generaciones las que tienen que hacer frente al reto que sus mayores parecen rechazar.

De Bali a Copenhague por Ricardo Lagos

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El cambio climático se ha convertido en un problema global sin parangón. La evidencia científica presentada por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) confirma que la actividad humana está modificando el clima. Las emisiones de gases de efecto invernadero están creciendo más rápido de lo previsto, entre otras cosas, debido al bienvenido crecimiento de los países en vías de desarrollo. Si verdaderamente queremos hacer frente al riesgo de considerables daños al planeta y a la amenaza al crecimiento sostenible, el desarrollo y la reducción de la pobreza que esta situación implica, tenemos unos pocos años para lograr el acuerdo fuerte y creíble respecto a las acciones que nos permitirán reducir dichas emisiones.

La Conferencia de las Partes (COP) de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (UNFCCC) que tendrá lugar en Copenhague a finales de 2009 jugará un papel decisivo en el diseño de un marco de trabajo post-Kioto. Según el Plan de Acción de Bali, los cuatro elementos esenciales de un acuerdo global, son mitigación, adaptación, tecnología y financiación. Pero éstos deberán estar sólidamente anclados en los principios clave de efectividad, eficiencia y equidad que permitirán, a su vez, el acuerdo sobre metas a nivel de emisiones, el papel de los países en desarrollo en materia de mitigación y comercio, un esquema internacional de comercio de emisiones, la financiación de la reducción de emisiones debidas a la deforestación, el desarrollo de tecnologías de bajo carbono y el apoyo a la adaptación (ver Elementos Clave para un Acuerdo Global en www.lse.ac.uk y el Marco de Trabajo para un Acuerdo sobre Cambio Climático Post 2012 y su Actualización 2008 en www.globalclimateaction.org). Por el momento centrémonos en los elementos de tecnología y financiación y su relación con el futuro acuerdo.

Es de vital importancia que las negociaciones acuerden un objetivo de estabilización sobre la existencia de concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera (normalmente, medidas en partes equivalentes de CO2 por millón). Sostenemos que para equilibrar los riesgos y costes globales proyectados la meta debe estar entre 450 ppmv CO2e y 500 ppmv CO2e. Una estabilización por debajo de 450 ppmv CO2 requeriría que las emisiones alcanzaran un máximo en los próximos años, con posteriores reducciones anuales de entre el 6% y el 10%. Aunque factible, esto sería muy caro. Una estabilización en 550 ppmv CO2 parecería ser, por otro lado, excesivamente arriesgada. En relación a los daños evitados, una meta de 500 ppmv CO2 sería alcanzable a un coste razonable. Sin embargo, el desafío de alcanzar un objetivo de 500 ppmv CO2 no se debería subestimar, ya que requeriría una reducción del 50% en las emisiones de gases de efecto invernadero sobre niveles del 1990 al 2050, de los 40 GTCO de ahora a 20 GTCO2e.


El reto de reducir significativamente las emisiones, manteniendo el crecimiento económico, requiere un cambio dramático en materia de las tecnologías. Los estudios indican que la estabilización se puede conseguir a través del despliegue de tecnologías existentes y próximas a ser comercializadas. Pero para que éstas sean plenamente difundidas, y paraque se produzcan otras innovaciones, habrá que superar tres fallas del mercado: el fracaso general de incorporar los costes de las emisiones de gases de efecto invernadero; los defectos del mercado que han restringido el despliegue de muchas tecnologías existentes a pesar de los crecientes precios de la energía, y los fallos de mercado específicos a las tecnologías en sí mismas como los rendimientos de innovaciones que benefician otros.

La inversión global en investigación y desarrollo en energía se mantiene muy por debajo de su nivel de 25 años atrás. Esto tiene que cambiar. A partir de la motivación de las fuerzas del mercado y la superación de sus imperfecciones, las políticas exitosas en materia de tecnología extenderán dramáticamente el mercado global para las tecnologías de bajo carbono y crearán la base para una nueva ola de sustitución de activos y crecimiento económico.

A corto plazo, son necesarias políticas para difundir la tecnología baja en carbono ya existente, en estos momentos sólo parcialmente presente en la economía global. A medio plazo, son necesarias políticas que desarrollen y amplíen las tecnologías próximas a ser comercializadas, tales como la captura y almacenamiento de carbono (CCS) y los distintos tipos de energía solar. Más allá de 2030, sólo se alcanzarán los necesarios recortes en las emisiones de carbono a través de cambios más radicales en la tecnología, como el abastecimiento energético con emisiones cercanas a cero. Todas éstas tienen un gran potencial, pero requerirán una inversión sustancial en I+D.


La hoja de ruta de Bali reconoció la necesidad de una inversión adecuada, previsible y sostenible, que incluyese fuentes nuevas y adicionales para la mitigación, la adaptación y la cooperación tecnológica. La financiación para la adaptación será medular para un acuerdo global que comprometa a los países desarrollados a ayudar a los países en vías de desarrollo a adaptarse al aumento global de las temperaturas. El cambio climático hará aún más costoso el logro efectivo y sostenible de los Objetivos de Desarrollo del Milenio más allá de 2015. Los costes adicionales de la adaptación al cambio climático varían y son altamente inciertos: la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, UNFCCC, trabaja con un rango de entre 28.000 y 67.000 millones de dólares por año hasta el 2030, mientras que las estimaciones del PNUD están en torno a los 86.000 millones de dólares hasta 2015. Aunque indefinidos, esos costes probablemente alcancen rápidamente una magnitud similar a la actual Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD).

El comercio internacional de emisiones también generaría fondos para una inversión en un desarrollo bajo en carbono. La escala de los eventuales flujos financieros privados podría ser sustancial. Por ejemplo, si los países desarrollados redujeran sus emisiones entre un 20% y un 40% sobre los niveles de 1990 para el 2020, y aunque sólo el 30% de esto se adquiriera en el marco de un esquema de comercio internacional de emisiones, con precios de entre $10-25/t CO2e (probablemente por debajo de lo necesario), esto generaría flujos de entre 20.000 y 70.000 millones de dólares al año. Estos recursos podrían lograrse por la vía de mecanismos existentes, como el mecanismo de desarrollo limpio (MDL) ampliado. Incluso con reducciones suaves, con el objetivo de estabilizar las emisiones de CO2 en torno a 550 ppmv, los flujos financieros de países desarrollados a países en desarrollo podrían alcanzar de 50.000 a 100.000 millones de dólares al año hacia 2030. A título informativo, la AOD total a países en vías de desarrollo fue de 100.000 millones de dólares en 2007.

Estamos más cerca de diciembre de 2009 de lo que pensamos y la movilización de la voluntad política es clave. Es el momento de acordar los principios, si queremos tener éxito en Copenhague y construir sobre la base de la hoja de ruta de Bali. La efectividad, la eficiencia y la equidad son parámetros claros que nos permitirán considerar cómo distintos elementos de un acuerdo global pueden ser efectivos a la hora de alcanzar un objetivo común dentro de un compromiso global.

Religión, trabajo y sufrimiento por Ignacio Sotelo

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EL PAÍS

En la Antigüedad, el ciudadano libre desplegaba distintas actividades empresariales, sociales, políticas, culturales, pero en rigor no trabajaba. El condenado a trabajar era el esclavo; el ciudadano libre quedaba excluido, en primer lugar, porque hacer lo que mande otro supone una dependencia incompatible con el status libertatis. El ciudadano libre decide por sí mismo qué hace, cómo y cuándo, sin obedecer más que a la ley. Realiza actividades (ergon), en latín, opera, pero no trabaja (ponein), que además de un sometimiento a la voluntad de otro, conlleva un ponos, un esfuerzo doloroso. Que trabajar significa sufrir se trasluce también en el vocablo latino de labor, que viene de labare, desfallecer ante una carga.

Con el cristianismo el trabajo, vinculado al sufrimiento, adquiere una dimensión positiva. Por el pecado de desobediencia, Dios condenó a nuestros primeros padres "a ganar el pan con el sudor de la frente". Los padecimientos del Hijo de Dios, muerto en la cruz para redimir al género humano, sacraliza también el sufrimiento que el trabajo comporta. Cierto que el trabajo supone un esfuerzo doloroso, pero hemos venido a este mundo a sufrir, como Jesucristo padeció en la cruz por un amor infinito. "Aquí abajo, el dolor es la sal de nuestra vida". "Bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor... ¡Glorificado sea el dolor!", leemos todavía en Camino.

En la segunda carta a los Tesalonicenses san Pablo escribe "el que no quiera trabajar que no coma. Pues bien, tenemos noticia de que algunos de vosotros viven ociosamente, sin otra preocupación que curiosearlo todo. De parte de Jesucristo, el Señor, les mandamos y exhortamos a que trabajen en paz y se ganen el pan que comen" (2 Tes, 3 10-13). El cristianismo, sin embargo, en la práctica ha reducido el deber de trabajar a los que no puedan alimentarse de otra forma.

Educar para el trabajo y el esfuerzo doloroso, con un control estricto de las pasiones y una recia disciplina en el comportamiento, elevando la obediencia a virtud, se opone a la educación que recibía el ciudadano, cuyo afán principal era aprender a convivir en libertad. El cristianismo, en cambio, al fin y al cabo religión de esclavos, Nietzsche dixit, rechaza vivir un ocio con sentido, curiosos de todo lo que pasa a su alrededor, con tiempo y ganas de cuestionarse a sí mismo y a los demás.


En la Edad Media, la perezase contará entre los pecados capitales. El monacato -ora et labora- divide la jornada con un horario estricto. No olvidemos que el monasterio inventa el reloj, como el instrumento que impone orden y disciplina a la cotidianidad. Las primeras formas de acumulación capitalista resultaron de una vida ascética, dedicada a la oración y al trabajo. Max Weber enlaza el surgir del "espíritu del capitalismo" al ascetismo intramundano del calvinismo y el puritanismo. Sin ningún género de duda el cristianismo ha contribuido de manera decisiva a la posición central que el trabajo ha ocupado en la sociedad capitalista moderna. La cuestión que hoy se plantea reza, ¿qué consecuencias sociales y religiosas tendrá el que el trabajo dependiente esté desapareciendo?

La revolución tecnológica de los últimos lustros -automatiza-ción y nuevas técnicas de comuni-cación- promociona una sociedad en la que el beneficio del capital depende cada vez menos del trabajo asalariado. El trabajador no ha conseguido, como pronosticó Marx, acabar con el capital, sino que ha sido el capital el que puede prescindir del trabajo. La civilización industrial demandaba una educación que ponía en un primer plano disciplina y obediencia, las dos virtudes del esclavo que tanto exaltó el cristianismo. Pero en un mundo en el que está desapareciendo el trabajo basado en el esfuerzo físico, directamente vinculado al sufrimiento, se va perdiendo la significación que estas dos cualidades tuvieron en el pasado.

El hombre de hoy centra el esfuerzo físico en el deporte, que sustituye en cierto modo al trabajo manual, como el ciudadano libre lo hizo en la Antigüedad. Ambos sexos se muestran capaces de ejercer las mismas actividades, una vez que una menor fuerza física, la única inferioridad real de la mujer, ya no cuenta. La alta tecnificación de la guerra permite incluso que la mujer combata como un soldado más, actividad de la que había quedado excluida cuando la eficacia de los mandobles dependía de la fuerza de su brazo. Una buena parte de la discriminación social que la mujer ha padecido largos siglos tuvo su origen en que no pudiera imponerse, acudiendo al uso de la fuerza.


Junto con la equiparación de la mujer, la completa transformación del trabajo es el otro cambio mayúsculo que se está operando en las sociedades avanzadas. El trabajo físico doloroso que exigía una obediencia ciega pertenece al pasado; ahora se requieren personas cada vez mejor cualificadas que disfruten con lo que hagan de manera autónoma y responsable.

Importa tener muy presente que en el mundo de la automatización y de las nuevas tecnologías, no sólo se precisa de una población más educada, sino sobre todo educada de otra forma. La vieja educación que exaltaba la disciplina, la obediencia y la disposición a sufrir, ha de dejar paso a una que, sin renunciar al gozo de vivir, ponga en un primer término el espíritu crítico y la iniciativa individual. Ahora que por fin se puede hacer extensiva a todos, tal vez haya que inspirarse en la educación que recibía el ciudadano libre en la Antigüedad, basada en un desarrollo personal que impulse la iniciativa de cada cual.

Predicar el sufrimiento como principio de salvación era congruente con un mundo en el que la inmensa mayoría estaba condenada al esfuerzo doloroso y a la obediencia sin réplica. Un cristianismo que colocó al sufrimiento y la obediencia en el centro de lo humano tuvo sentido en un contexto social en el que la inmensa mayoría estaba condenada a realizar un trabajo desesperante.

Pese a que no quepa eliminar otras muchas fuentes de dolor, desde la muerte de los seres queridos al miedo a la propia muerte, desde la aflicción por el desamor, a la que conlleva el fracaso en nuestros mejores empeños, para la inmensa mayoría la primera fuente diaria de sufrimiento ha desaparecido con el trabajo humillante y doloroso. El recurso a una religión que transforma el sufrimiento en salvación seguirá acogiendo a algunos de los menos dichosos, pero no tendrá ya la universalidad que le proporcionó el trabajo como fuente principal de padecimiento.

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