Religión, trabajo y sufrimiento por Ignacio Sotelo

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EL PAÍS

En la Antigüedad, el ciudadano libre desplegaba distintas actividades empresariales, sociales, políticas, culturales, pero en rigor no trabajaba. El condenado a trabajar era el esclavo; el ciudadano libre quedaba excluido, en primer lugar, porque hacer lo que mande otro supone una dependencia incompatible con el status libertatis. El ciudadano libre decide por sí mismo qué hace, cómo y cuándo, sin obedecer más que a la ley. Realiza actividades (ergon), en latín, opera, pero no trabaja (ponein), que además de un sometimiento a la voluntad de otro, conlleva un ponos, un esfuerzo doloroso. Que trabajar significa sufrir se trasluce también en el vocablo latino de labor, que viene de labare, desfallecer ante una carga.

Con el cristianismo el trabajo, vinculado al sufrimiento, adquiere una dimensión positiva. Por el pecado de desobediencia, Dios condenó a nuestros primeros padres "a ganar el pan con el sudor de la frente". Los padecimientos del Hijo de Dios, muerto en la cruz para redimir al género humano, sacraliza también el sufrimiento que el trabajo comporta. Cierto que el trabajo supone un esfuerzo doloroso, pero hemos venido a este mundo a sufrir, como Jesucristo padeció en la cruz por un amor infinito. "Aquí abajo, el dolor es la sal de nuestra vida". "Bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor... ¡Glorificado sea el dolor!", leemos todavía en Camino.

En la segunda carta a los Tesalonicenses san Pablo escribe "el que no quiera trabajar que no coma. Pues bien, tenemos noticia de que algunos de vosotros viven ociosamente, sin otra preocupación que curiosearlo todo. De parte de Jesucristo, el Señor, les mandamos y exhortamos a que trabajen en paz y se ganen el pan que comen" (2 Tes, 3 10-13). El cristianismo, sin embargo, en la práctica ha reducido el deber de trabajar a los que no puedan alimentarse de otra forma.

Educar para el trabajo y el esfuerzo doloroso, con un control estricto de las pasiones y una recia disciplina en el comportamiento, elevando la obediencia a virtud, se opone a la educación que recibía el ciudadano, cuyo afán principal era aprender a convivir en libertad. El cristianismo, en cambio, al fin y al cabo religión de esclavos, Nietzsche dixit, rechaza vivir un ocio con sentido, curiosos de todo lo que pasa a su alrededor, con tiempo y ganas de cuestionarse a sí mismo y a los demás.


En la Edad Media, la perezase contará entre los pecados capitales. El monacato -ora et labora- divide la jornada con un horario estricto. No olvidemos que el monasterio inventa el reloj, como el instrumento que impone orden y disciplina a la cotidianidad. Las primeras formas de acumulación capitalista resultaron de una vida ascética, dedicada a la oración y al trabajo. Max Weber enlaza el surgir del "espíritu del capitalismo" al ascetismo intramundano del calvinismo y el puritanismo. Sin ningún género de duda el cristianismo ha contribuido de manera decisiva a la posición central que el trabajo ha ocupado en la sociedad capitalista moderna. La cuestión que hoy se plantea reza, ¿qué consecuencias sociales y religiosas tendrá el que el trabajo dependiente esté desapareciendo?

La revolución tecnológica de los últimos lustros -automatiza-ción y nuevas técnicas de comuni-cación- promociona una sociedad en la que el beneficio del capital depende cada vez menos del trabajo asalariado. El trabajador no ha conseguido, como pronosticó Marx, acabar con el capital, sino que ha sido el capital el que puede prescindir del trabajo. La civilización industrial demandaba una educación que ponía en un primer plano disciplina y obediencia, las dos virtudes del esclavo que tanto exaltó el cristianismo. Pero en un mundo en el que está desapareciendo el trabajo basado en el esfuerzo físico, directamente vinculado al sufrimiento, se va perdiendo la significación que estas dos cualidades tuvieron en el pasado.

El hombre de hoy centra el esfuerzo físico en el deporte, que sustituye en cierto modo al trabajo manual, como el ciudadano libre lo hizo en la Antigüedad. Ambos sexos se muestran capaces de ejercer las mismas actividades, una vez que una menor fuerza física, la única inferioridad real de la mujer, ya no cuenta. La alta tecnificación de la guerra permite incluso que la mujer combata como un soldado más, actividad de la que había quedado excluida cuando la eficacia de los mandobles dependía de la fuerza de su brazo. Una buena parte de la discriminación social que la mujer ha padecido largos siglos tuvo su origen en que no pudiera imponerse, acudiendo al uso de la fuerza.


Junto con la equiparación de la mujer, la completa transformación del trabajo es el otro cambio mayúsculo que se está operando en las sociedades avanzadas. El trabajo físico doloroso que exigía una obediencia ciega pertenece al pasado; ahora se requieren personas cada vez mejor cualificadas que disfruten con lo que hagan de manera autónoma y responsable.

Importa tener muy presente que en el mundo de la automatización y de las nuevas tecnologías, no sólo se precisa de una población más educada, sino sobre todo educada de otra forma. La vieja educación que exaltaba la disciplina, la obediencia y la disposición a sufrir, ha de dejar paso a una que, sin renunciar al gozo de vivir, ponga en un primer término el espíritu crítico y la iniciativa individual. Ahora que por fin se puede hacer extensiva a todos, tal vez haya que inspirarse en la educación que recibía el ciudadano libre en la Antigüedad, basada en un desarrollo personal que impulse la iniciativa de cada cual.

Predicar el sufrimiento como principio de salvación era congruente con un mundo en el que la inmensa mayoría estaba condenada al esfuerzo doloroso y a la obediencia sin réplica. Un cristianismo que colocó al sufrimiento y la obediencia en el centro de lo humano tuvo sentido en un contexto social en el que la inmensa mayoría estaba condenada a realizar un trabajo desesperante.

Pese a que no quepa eliminar otras muchas fuentes de dolor, desde la muerte de los seres queridos al miedo a la propia muerte, desde la aflicción por el desamor, a la que conlleva el fracaso en nuestros mejores empeños, para la inmensa mayoría la primera fuente diaria de sufrimiento ha desaparecido con el trabajo humillante y doloroso. El recurso a una religión que transforma el sufrimiento en salvación seguirá acogiendo a algunos de los menos dichosos, pero no tendrá ya la universalidad que le proporcionó el trabajo como fuente principal de padecimiento.

Nunca habrá una solución militar por Daniel Barenboim

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EL PAÍS

En las paredes de mi vestuario de laStaatsoper de Berlín hay fotografías que me recuerdan lo que veo cuando miropor la ventana de mi casa en Jerusalén. Están un poco descoloridas y en algunaspartes el papel se está deshaciendo, pero es fácil reconocer las vistas: laCiudad Vieja, la Mezquita de la Roca con su refulgente cúpula, los muros, laspuertas. A veces me siento aquí antes de actuar, observo esas fotografías ypienso en Jerusalén, en Israel, en mi patria. Parece que antes de 1989, estahabitación era un refugio de la Stasi, la policía de Alemania del Este; si yofuera un sentimental, no hay duda de que el hecho me ayudaría a dejar de serlo,pero no lo soy. La situación en Oriente Próximo me resulta demasiado cercana,es demasiado personal como para que pueda caer en el sentimentalismo.

Desde 1952 poseo pasaporte israelí. Desde quetengo 15 años viajo por el mundo en mi calidad de músico. He residido enLondres y en París, y durante años he vivido entre Chicago y Berlín. Antes detener pasaporte israelí, lo tenía argentino; y después adquirí el español.Además, en 2007 me convertí en el único israelí del mundo que también puedeenseñar un pasaporte palestino en los puestos fronterizos israelíes. Soy, porasí decirlo, una prueba patente de que sólo una solución pragmática basada enla existencia de dos Estados (o, mejor aún, aunque suene absurdo, unafederación de tres Estados: Israel, Palestina y Jordania) puede llevar la paz ala región. ¿Cómo respondo a quienes me dicen que soy ingenuo, sólo un artista?Les digo que, aunque de niño estrechara la mano de Ben Gurion y de Simon Peres,no soy un político: lo que siempre me ha interesado es la humanidad, no lapolítica. En ese sentido, me siento capaz de analizar la situación y, comoartista, especialmente capacitado para hacerlo.


Tanto mis abuelos paternos como maternos eranjudíos rusos que huyeron a Buenos Aires durante los pogromos de 1904. Pordesgracia, nunca pregunté mucho a mis padres sobre la historia de nuestrafamilia. En primer lugar porque, de niño, estaba muy centrado en mí mismo y, ensegundo lugar, porque entonces era normal que estuviéramos en una situación decambio permanente. Sin embargo, la historia de mis abuelos paternos es muyespecial. Cuando llegaron al puerto de Buenos Aires (él con 16 años, ella con14), después de una larga y espantosa travesía, les anunciaron que sólo lasfamilias podían desembarcar, porque el cupo de solteros ya estaba cubierto. Losdos estaban solos y mi abuelo agarró a mi abuela y le dijo:"¡Casémonos!". Y así lo hicieron. Una vez en tierra, cada uno se fuepor su lado. Después de dos o tres años se reencontraron por casualidad, seenamoraron y pasaron el resto de su vida juntos.

Esta abuela era una ferviente sionista. Ya en1929 se fue a Palestina durante seis meses con sus tres hijas -entre ellas mimadre, entonces de 17 años- para comprobar si se podía vivir allí. Por suparte, la familia de mi padre estaba totalmente asimilada: para ellos, laTierra Santa no tenía importancia, por lo menos hasta que descubrieron mitalento musical. De repente, para mis padres cobró importancia que yo, en micalidad de futuro artista, debía crecer dentro de una mayoría y no de unaminoría ubicada en algún punto de la diáspora judía. Se podría decir que laconvicción de que la normalidad sería un elemento fundamental para midesarrollo intelectual avivó aún más el sionismo de mi abuela, de manera que lafamilia Barenboim decidió emigrar a Israel.


La primera escala de ese largo viaje fue Salzburgo, donde participé en el concierto de clausura de la clase magistralque impartía en verano el director Ígor Markevitch. Tardamos 52 horas enrealizar todo el periplo, con paradas en Montevideo, Río de Janeiro, São Paulo,Recife, isla del Sol y Madrid. Posteriormente, en Roma, tomamos un tren condirección a Salzburgo. A los nueve años, yo sólo hablaba español y un poco deyiddish, que había aprendido de mi abuela. Eso no era un gran problema, ya queno pretendíamos quedarnos en Austria y, en general, yo estaría en compañía deotros músicos. Aunque en Buenos Aires no había sido consciente de que ser judíopudiera ser un problema, en Salzburgo sí empecé a percibirlo. Un día, unosamigos hebreos me llevaron a una imponente cascada de Badgastein y me dijeronque, durante la época nazi, habían arrojado allí a judíos. Así atisbé porprimera vez cuál había sido la suerte del pueblo judío. Los relatos delHolocausto que relataban mis padres también me habían perturbado profundamente,aunque en esa época no pudiera comprenderlos del todo.

En diciembre de 1952 llegamos a Israel. Erainvierno, el año escolar ya había empezado, y yo tenía que aprender otroalfabeto y otro idioma. No fue nada fácil, pero, como era un chico pococomplicado y extrovertido, no tardé en adaptarme, comenzando así una nuevavida, maravillosa y muy intensa. Todo estaba a punto de cambiar y de avanzar.¡Imagínense que fue precisamente en las calles de Tel Aviv donde aprendí ajugar al fútbol! Posteriormente, entré a formar parte de un movimiento juvenily todavía recuerdo lo mucho que menospreciábamos a los hombres con bigote y alas chicas de labios pintados. Teníamos la sensación de que eran superficiales,que simplemente no tenían sustancia.


Como mi familia no tenía dinero, al principionos mantuvo un tío de Brasil. En la actualidad, su hija es la embajadorabrasileña en Eslovenia (por lo menos un Barenboim llegó a algo...). En cuantoal apellido, en consonancia con el nuevo espíritu de confianza en sí mismos quemostraban los judíos israelíes, a mi familia la instaron a traducirlo alhebreo. Ben Gurion, por ejemplo, al que yo admiraba enormemente como hombre deEstado y como visionario, procedía de la ciudad polaca de Plonsk y se llamabaen realidad David Grün. Fue él quien trató de convencer a mis padres de que yonunca me haría famoso con el apellido Barenboim (la versión yiddish deBirnbaum, peral). Tenía la sensación de que Agassi (pera en hebreo) sería muchomejor. Siempre se podría pensar que yo era italiano. Sin embargo, a ninguno denosotros le hacía ninguna gracia la idea.

Si hemos de atenernos a los hechos, no hepasado periodos muy prolongados en Israel. Estuve allí sólo entre 1952 y 1954,y desde 1956, hasta comienzos de los sesenta. Cuando no acudía al colegio,estaba de gira dando conciertos en Zúrich, Ámsterdam o Bournemouth. Durante elinvierno de 1954 fui a París a estudiar durante año y medio contrapunto ycomposición con la afamada Nadia Boulanger, conocida por su carácter estricto.Ella me enseñó que el músico ideal debe pensar con el corazón y sentir con lacabeza. Mis padres me acompañaban en todos mis viajes, ya que pensaban que yonecesitaba tener una vida familiar lo más normal posible.


Las consecuencias de la guerra habían dejadoprofundas cicatrices en la Europa de los años cincuenta. Al estar a caballoentre dos mundos, el contraste entre el Viejo Continente e Israel me parecíaespecialmente acusado. En esa época, éste era el Estado más social e idealistaque se pudiera imaginar. Fue una suerte que el país y nosotros fuéramos jóvenesal mismo tiempo. Nadie tenía la sensación de estar trabajando para el Estado,porque no existía tal cosa. El Estado evolucionaba literalmente ante nuestrospropios ojos y alimentaba nuestro idealismo, nuestro compromiso diario, nuestrotrabajo. Los judíos de Israel ya no tenían que ocupar únicamente las llamadasprofesiones liberales desempeñadas en la diáspora (las de artista, abogado,médico o banquero), sino que también podían dedicarse a la agricultura, o serpolicías, soldados o, llegado el caso, hasta delincuentes. El Estado y lapatria, la patria y el Estado se fundieron hasta convertirse en una sola cosa.

La izquierda israelí, el Partido Laborista,estuvo en el poder hasta 1977, algo que se olvida con frecuencia. Fueron 29años. ¿Y por qué? Después de la Guerra de Independencia de 1948, lostradicionalistas no tenían nada que hacer, puesto que la contienda ya estabaganada. Los judíos religiosos seguían esperando al Mesías. De manera que lo quequedaba eran los socialistas. Los vientos no cambiaron hasta después de laGuerra de los Seis Días de 1967. La idea de un Israel de base perdió pie. Derepente, había mano de obra más barata procedente de los territorios palestinosy, no mucho después, aparecieron los primeros millonarios israelíes. El sistemasocialista perdió su equilibrio; la concepción del Estado se tambaleó.

Yo me crié en Israel con una cultura y unosvalores europeos; la directora de mi instituto de secundaria era historiadoradel arte, la clase de mujer que uno encontraría en Berlín-Dahlem. A mí esto mevenía al pelo, porque en mi fase de rebeldía adolescente no quería tenerrelación alguna ni con Argentina, ni con la lengua española, ni con nada quetuviera que ver con la diáspora. Para mí, todo eso era historia. Lo que contabaera el presente y el futuro de Israel. A los 19 o 20 años me convocaron pararealizar el servicio militar obligatorio en el Ejército argentino. Logréposponer el alistamiento dos veces, hasta que finalmente aduje que miciudadanía israelí debía eximirme de ese servicio. El resultado fue que, aexcepción de Israel, podía ir a cualquier sitio con mi pasaporte argentino, yque con el israelí podía viajar a cualquier lugar, salvo a Argentina.


En 1966 conocí a la violonchelista Jacquelinedu Pré en Londres. Ambos sentimos inmediatamente una atracción mutua, tantopersonal como musical, y dos o tres meses después decidimos casarnos. Sininfluencia alguna por mi parte, a Jacqueline se le ocurrió convertirse aljudaísmo. La idea de tener algún día hijos influyó en su decisión, así como elhecho de conocer a muchos grandes músicos judíos. Su conversión no siempre fueuna bendición para su carrera; se podía leer y escuchar que había entrado en la"mafia musical judía". Ben Gurion, que no tenía mucho interés en lamúsica, acudió a nuestra boda. Le impresionaba que una chica inglesa no judíapudiera identificarse tanto con su país. El 31 de mayo, cuando la guerraparecía inevitable, volamos a Israel en uno de los últimos aviones depasajeros. Tocamos casi todas las noches. El último concierto tuvo lugar el 5de junio en Beersheba, una localidad situada a mitad de camino entre Tel Aviv yla frontera con Egipto. Al abandonar la sala para dirigirnos en coche a casa,comenzamos a ver los primeros tanques avanzando hacia nosotros.

Después de 1967, Israel volvió mucho más lavista hacia Estados Unidos, no necesariamente para su propio beneficio. Lostradicionalistas decían: "No abandonaremos los territorios reciénocupados". Los judíos religiosos, que no eran "territorios ocupadossino liberados, son territorios bíblicos". Y de esta forma se selló el findel socialismo en Israel. Desde entonces, la política internacional hainstrumentalizado el conflicto de Oriente Próximo. Llevamos décadas leyendotitulares sobre explosiones de violencia. Las guerras y las accionesterroristas se suceden, consolidando la situación en la mente de la gente. Hoyen día, en la época de la guerra de Irak y el conflicto con Irán, apenas seleen noticias sobre el asunto, lo que es todavía peor. Muchos israelíes sueñancon despertarse un día para ver que los palestinos se han ido, y éstos con locontrario. Ni uno ni otro bando pueden diferenciar ya entre el sueño y larealidad, y, psicológicamente, éste es el quid del problema.


Desde la década de 1960 no me siento cómodo enIsrael. Por supuesto, es mi patria; mis padres vivieron allí y ambos estánenterrados en Jerusalén. Siempre que ha habido guerra en Israel, he tocado enel país: en 1956, 1967 y 1973. La música ha sido mi lengua, mi arma. Sinembargo, después del Septiembre Negro de 1970, Golda Meir dijo: "¿Por quése habla de los palestinos? ¡Nosotros somos el pueblo palestino!". En esemomento caí en la cuenta de que esa posición era moralmente inaceptable. Sí,los judíos tenían derecho a un Estado propio y también a este Estado concreto.El Holocausto y la culpabilidad de los europeos después de 1945 incidieron aúnmás en esa reivindicación. Sin embargo, se olvida con demasiada facilidad queexistía un sionismo moderado, que desde el principio personas como Martin Buberdeclararon que el derecho a tener un Estado judío debía hacerse aceptable parala población local, para los no judíos. Por su parte, el sionismo más combativono profundizó en esta mentalidad. Incluso hoy en día sigue basándose en unamentira, es decir, que la tierra ocupada por los judíos estaba vacía.

En la actualidad, muchos israelíes no tienenni idea de lo que sienten los palestinos, de cómo es la vida en una ciudad comoNablus, una prisión con 180.000 reclusos en la que no hay ni restaurantes, nicafés ni cines. ¿Qué ha ocurrido con la famosa inteligencia judía? Ni siquieraestoy hablando de justicia o de amor. ¿Por qué se continúa alimentando el odioen la franja de Gaza? Nunca podrá haber una solución militar, porque dospueblos luchan por una sola tierra. Por fuerte que sea Israel, siempre sufriráinseguridad y miedo. El conflicto se devora a sí mismo y al alma judía, ysiempre se le ha permitido que lo haga. Quisimos hacernos con tierras que nuncapertenecieron a los judíos y construir en ellas asentamientos. En ese hecho,los palestinos ven, y con razón, una provocación imperialista. Su resistencia,su no, es absolutamente comprensible, pero no los medios que utilizan parallevarla a cabo, ni tampoco la violencia o la inhumanidad indiscriminada.


Los israelíes debemos finalmente encontrar elvalor para no reaccionar ante esa violencia, el valor de ser fieles a nuestrahistoria. Los palestinos no podían esperar que después del Holocausto nosocupáramos de alguien que no fuéramos nosotros mismos: teníamos que sobrevivir.Ahora que lo hemos hecho, unos y otros debemos mirar colectivamente haciadelante. Aún no ha nacido el primer ministro israelí capaz de esa empresa.Fundamentalmente, hoy en día no hemos avanzado nada respecto a 1947, cuando lasNaciones Unidas votaron la partición de Palestina. Peor aún: en 1947 todavíaera posible imaginarse un Estado binacional, pero, 60 años después, parece algoinconcebible. Hoy en día, los israelíes, al referirse a una solución basada enla existencia de dos Estados, hablan de separación, de divorcio: ¡qué cinismo!Normalmente, los divorcios afectan a personas que en su día se quisieron...

Esta situación me hace sufrir, y todo lo quehago tiene algo que ver con ese sufrimiento, ya sea dirigir obras de Wagner enIsrael (¡y desde luego no fui el primero en hacerlo!), citar la Constituciónisraelí en la Knesset, fundar la Orquesta West-Eastern Divan junto al escritorEdward Said, organizar una escuela musical infantil en Berlín o, como haocurrido hace poco en Jerusalén, ofrecer un concierto para los dos pueblos.Algunas de estas actividades obtienen una atención exagerada de los medios decomunicación, pero yo las hago porque me enloquece comprobar hasta dóndepodemos llegar cada día los judíos con nuestras injusticias, y lo mucho queponemos en peligro la futura existencia de Israel. Por cínico que parezca, mealegro de haber nacido en 1942 y no en 1972. Tal como están las cosas, porfortuna no viviré para ver el día en que sea posible la desaparición del Estadojudío, del mismo modo que no asistiré al momento en que la música clásica quizáya no tenga ninguna presencia ni en nuestra mentalidad ni en nuestrossentimientos.


Hace años que no vivo en Israel y soy muyconsciente de que mi perspectiva es la de un forastero. A veces, la gente mepregunta "¿qué es un judío?". La respuesta es la siguiente: un judíoque tiene experiencias antisemitas en el Berlín de 2008 es diferente al que lastenía en 1940. El de 1940 se sentía amenazado; el de la actualidad puede pensaren su propia tierra, en Israel. Hoy en día puedo decirle al antisemita que"o bien aprendes a vivir conmigo o podemos seguir cada uno nuestro camino.Y punto", y esto supone una diferencia fundamental. A medio plazo, soypesimista respecto a Oriente Próximo, pero a largo plazo soy optimista. Oencontramos una forma de vivir con el otro o nos matamos. ¿Qué es lo que me daesperanza? Hacer música. Porque, ante una sinfonía de Beethoven, el Don Giovannide Mozart o Tristán e Isolda de Wagner, todos los seres humanos son iguales.

Los palestinos que no existen por Mónica G. Prieto

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EL MUNDO

Unos 3.000 palestinos que perdieron su documentación hace 60 años viven en el limbo

BEIRUT.- Sesenta años después de la declaracion de independencia israelí en la Palestina bajo mandato británico, se puede hablar de varias categorías de palestinos: los ocupados, habitantes de la Cisjordania tomada por militares y colonos hebreos; los cercados, un millón y medio de habitantes de Gaza controlados por tierra, mar y aire por Tel Aviv; los refugiados, 5,5 millones de exiliados, la mayoría en condiciones lamentables, acogidos en los países del entorno; y los que, sencillamente, no existen.

Mohamed Yusef es uno de esos 3.000 ciudadanos sin identidad. Nació en Ramala hace 64 años, cuatro antes de que la política emprendida por la minoría judía para expulsar a la población natal –descrita por el historiador israelí Ilan Pappe como la "limpieza étnica de los palestinos"- comenzase.

"Sólo tenía cuatro años, pero recuerdo las calles de Ramala, la mezquita y la iglesia", dice hoy Yusef con la voz rota por el tabaco desde una desconchada oficina del campo de refugiados de Shatila, en Beirut. "Si no tuviera recuerdos no tendría identidad", farfulla en protesta por las dudas de tan tempranos recuerdos.

En 1948, su familia se marchó de la ciudad por miedo a las milicias judías y se estableció en Jordania, donde recibió un pasaporte en el que figuraba como palestino de origen. Con la mayoría de edad Mohamed se integró en el Ejército jordano, pero tras la Guerra de los Seis Días que derivó en la conquista israelí de toda Palestina, parte de Siria y de Egipto, el soldado Yusef se sumó a la escisión que nutrió las filas de Yasir Arafat para "participar en la revolución palestina".

Los ataques más espectaculares de las facciones y las repuestas israelíes comenzaban a afectar a Jordania, y el rey Husein decidió combatir, en septiembre de 1970 –conocido como el ‘Septiembre Negro’- a los palestinos. En julio de 1971, Arafat y sus combatientes de la Organización para la Liberación de Palestina, entre ellos Mohamed, fueron expulsados del reino.


Así fue como Mohamed se convirtió en nadie. Ninguna autoridad le pidió papeles para acceder al exilio libanés, pero una vez allí su pasaporte le expiró y la embajada jordana en Beirut se negó a renovárselo al haber sido expulsado.

Ahora, ni el Gobierno de Beirut ni la UNRWA, agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos, le reconocen, como no reconocen a otros 3.000 palestinos en su situación, la mayoría combatientes y allegados y la minoría, personas que simplemente perdieron sus documentos durante su huída.

"Me siento un fugitivo, permanentemente humillado", se queja Yusef. "No me atrevo a salir del campo de refugiados por miedo a que me detengan. Construí cuatro casas y de las cuatro me echaron por no tener papeles. La ONU me considera jordano y no palestino, y los jordanos me consideran palestino y dicen que no me pueden ayudar", se lamenta este hombre con seis hijos, todos ellos herederos de su condición de inexistentes.

Ciudadanos de segunda clase

Los refugiados palestinos asentados en el Líbano son tratados, de por sí, como ciudadanos de segunda clase. Los 400.000 exiliados tras la Naqba de 1948 –el ‘desastre’, como califican a la campaña de expulsiones que siguió a la declaración del Estado israelí que ahora celebra Tel Aviv con gran boato- o la campaña de 1967 no pueden acceder a 72 trabajos, según la Constitución libanesa, ni poseer una vivienda, como tampoco acceden nunca a un sueldo digno por alta que sea su formación profesional.

En el caso de los no documentados, ni siquiera pueden poseer un coche o un teléfono móvil, dado que no tienen un carné que presentar para firmar un contrato. "No puedo ni vender cafés o limpiar botas", se lamenta Mohamed.

Ahmed Talal, de 58 años, tiene más suerte: al ser empleado de la OLP recibe un salario por su trabajo en Shatila. Enseña su acreditación con orgullo, pese a ser inservible: un folio plastificado con el membrete de la OLP en Beirut que le identifica como nacido en Gaza.


"Si salgo del campo pueden arrestarme o no, depende del humor del oficial de turno, porque las autoridades no reconocen este papel", explica. Ahmed cuenta que fue expulsado en 1967 de Gaza, durante la Guerra de los Seis Días, y que tras pasar por Egipto, en Siria le afectó el ‘Septiembre Negro’ y fue expulsado como otros muchos militantes.

Talal había partido de Gaza sin papeles, así que nunca tuvo documentos. "Antes no los necesitábamos", se sonríe. Ahora, sin ellos no puede hacer nada. "Por eso dejé a mi mujer y mis hijos en Siria, donde el certificado de la OLP es suficiente para que les permitan estar registrados, tener estudios y comprar una casa", puntualiza.

"Yo no puedo visitarles por miedo a que me arresten en el camino, pero dentro de dos años, cuando me jubile, me arriesgaré para reunirme con ellos en Damasco".

La casa de Talal, dos habitaciones insalubres propiedad de la UNRWA, es tan austera que carece de cualquier objeto prescindible. "La única propiedad que tengo es el recuerdo de Gaza, y es precisamente lo único que no puedo recuperar", se lamenta.

Dignidad. Impresiones desde Níger por Leire Pajín

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YO DONA

46 grados a la sombra. Níger era en el año 2005 el país más pobre del mundo según Naciones Unidas. Aquel año, la plaga de langostas y la sequía provocaron una crisis alimentaria grave, con serias consecuencias en la desnutrición de sus niños. Aquel año, la cooperación española se estrenó en dicho país. Hoy, su posición ha ido mejorando, subiendo cuatro puestos en el maldito "ranking" de los más pobres.

Sólo han hecho falta unas horas para situar a la delegación española en uno de los rincones más crueles del planeta. DIMOL significa dignidad, la que lleva a cabo esta ONGD local y su proyecto de construcción de un quirófano en el norte de Niamey, algo sencillamente imprescindible. No encuentro una manera más acertada para calificar la lucha de esta ONGD a favor de la integridad de las mujeres.

En Níger cada año entre 1000 y 2000 mujeres, en su mayoría niñas, son llevadas al infierno del dolor, la vulneración y el rechazo. Mujeres forzadas desde muy pequeñas por sus maridos, sufriendo mortalidad como consecuencia del parto y provocándoles enfermedades como la fístula obstetricia.

Ésta provoca el desgarro a las mujeres por dentro y por fuera: acaba con sus órganos y se lleva su integridad por delante. Repudiadas por sus maridos y familias, deambulan por un continente empobrecido buscando alguien que respete su dignidad.

Ahí entra la cooperación española, apoyando la construcción de quirófanos para poder operarlas con privacidad, donando micro créditos para conseguir su autonomía, sensibilizando a una sociedad que discrimina a las víctimas y alaba a los verdugos.

Mauritania, Malí, Níger y otros tantos países aún por llegar para alzar la voz y gritar, para denunciar una de las violaciones más flagrantes de Derechos Humanos y prestarles la voz a aquellas que viven amordazadas. Necesitamos situar fuerzas y redes en un mundo que necesita a sus mujeres, porque en África ellas son las excluidas entre los excluidos, pero también son la esperanza y la palanca más fiable del desarrollo.

En ese contexto se celebra el tercer encuentro de mujeres por un mundo mejor, y en ese sueño de igualdad, se alienta la cooperación española.

Amistad cívica por Adela Cortina

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EL PAÍS

Las sociedades para prosperar, según Aristóteles, necesitan leyes e instituciones justas, gobernantes prudentes y jueces honestos, pero también un ingrediente sin el que la vida pública no funciona con bien: la amistad cívica.

La amistad cívica no consiste en que los ciudadanos se vayan de tapas, porque éstas son cosas que se hacen con los amigos corrientes, con ésos a los que, según el diccionario, se tiene afecto personal desinteresado que se fortalece con el trato. La amistad cívica sería más bien la de los ciudadanos de un Estado que, por pertenecer a él, saben que han de perseguir metas comunes y por eso existe ya un vínculo que les une y les lleva a intentar alcanzar esos objetivos, siempre que se respeten las diferencias legítimas y no haya agravios comparativos.

Cuáles son esas metas comunes es fácil de aclarar. En el orden global, en que los Estados deberían estar comprometidos, erradicar el hambre y la pobreza extrema y los restantes Objetivos del Milenio son una orientación suficiente. En este sentido, es una buena noticia que España haya aumentado la ayuda al desarrollo, y no hay sino que progresar al máximo. En lo que se refiere al orden interno del Estado, bregar por la educación de calidad, la atención sanitaria eficiente y buena, el trabajo estable, y por hacer realidad que todos los ciudadanos puedan expresar sus ideas libremente, siempre que no atenten contra la libertad y la vida de otros, son metas suficientes para vincular a las personas en una tarea común.

Y, sin embargo, no parece que ese vínculo amistoso exista en nuestro país. Las últimas elecciones generales, endurecidas como pocas, han generado la sensación de una ciudadanía enfrentada en la solución de cada uno de los problemas comunes, como si para cada tema hubiera dos bandos: si unos dicen "blanco", los otros han de decir "negro". Las razones para cada posición parecen en principio irrelevantes, porque después ya vienen los "argumentadores" oficiales, que diseñan argumentarios para sostener hasta lo insostenible. Se divide entonces la ciudadanía en bandos, que parecen ser irreconciliables.


Cuando en realidad es mucho más lo que les une que lo que les separa. Cuando no se construye una vida pública justa desde la enemistad, porque entonces falta la argamasa que une los bloques de los edificios, falta la "mano intangible" de la amistad cívica. Junto a la mano visible del Estado y la presuntamente invisible del mercado, es necesaria la mano intangible de la amistad entre ciudadanos que se saben artesanos de una vida común.

Esto no significa abolir la diversidad y generar una sociedad de individuos homogéneos, porque existen diferencias de capacidades, de creencias religiosas, de sensibilidad política, de tendencia sexual, y tantas otras que componen una "ciudadanía compleja", y no la ciudadanía simple, sin atributos, sin carne ni sangre humanas, que no existe más que en las mentes totalitarias.

Los grupos que luchan por el reconocimiento de las diferencias son un factor de progreso y, si las sociedades quieren ser justas, han de articular esas diferencias, siempre que sean legítimas; una tarea de orfebrería, que no tiene éxito si no hay voluntad de respetarlas desde las distintas partes. Para eso se necesita la amistad cívica de quien no ve en el otro un enemigo a abatir, sino un igual con el que hay que resolver con justicia los problemas comunes.

Para muestra, un botón. Hace unos días en Zaragoza, en una conferencia, comenté a un público encantador cómo Zaragoza es la primera ciudad grande que visité en mi infancia y me dejó deslumbrada. Ahora parece, sin embargo, que hay temas tabú, como el del trasvase del Ebro, porque vengo de la "España seca". ¿No vamos a poder hablar de este asunto y otros, para ver cómo encontramos soluciones conjuntas desde la solidaridad y sin agravios comparativos? ¿Es que de pronto no puede haber amistad cívica entre aragoneses y valencianos por temas que hay que discutir con voluntad de llegar a la solución más justa y con espíritu solidario? Una señora que había pedido la palabra, empezó su pregunta con una frase magistral: "Ante todo -me dijo-, ¡bienvenida!". Como en aquellos tebeos de la infancia: "Sin palabras".


Por desgracia, hay gentes que ganan creando discordia. Otras, anestesiadas, a las que importan los problemas sólo cuando les afectan -"ahora vienen a por mí, pero ya es demasiado tarde"-. Otras, cuyas pretensiones legítimas no se ven reconocidas, y éstas son las excluidas. Otras empeñadas en hacer creer que sus pretensiones son las más importantes y que nunca se les hace justicia. Son las que utilizan el victimismo como herramienta para convertir sus deseos en prioridades frente a las necesidades de otros. Es lo que ocurre en esos lugares con bonanza económica y social, donde no hay ninguna razón para reprimir a quienes no piensan igual, mucho menos para matar por la independencia. A la hora de reclamar el derecho a la diferencia hay que ponerlo en sus justos términos.

La amistad -decía Aristóte-les- es lo más necesario para la vida; sin amigos nadie querría vivir, aunque poseyera todos los demás bienes. Y parece -añadía- que es la amistad cívica la que mantiene unidas a las ciudades.

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