Nunca habrá una solución militar por Daniel Barenboim

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EL PAÍS

En las paredes de mi vestuario de laStaatsoper de Berlín hay fotografías que me recuerdan lo que veo cuando miropor la ventana de mi casa en Jerusalén. Están un poco descoloridas y en algunaspartes el papel se está deshaciendo, pero es fácil reconocer las vistas: laCiudad Vieja, la Mezquita de la Roca con su refulgente cúpula, los muros, laspuertas. A veces me siento aquí antes de actuar, observo esas fotografías ypienso en Jerusalén, en Israel, en mi patria. Parece que antes de 1989, estahabitación era un refugio de la Stasi, la policía de Alemania del Este; si yofuera un sentimental, no hay duda de que el hecho me ayudaría a dejar de serlo,pero no lo soy. La situación en Oriente Próximo me resulta demasiado cercana,es demasiado personal como para que pueda caer en el sentimentalismo.

Desde 1952 poseo pasaporte israelí. Desde quetengo 15 años viajo por el mundo en mi calidad de músico. He residido enLondres y en París, y durante años he vivido entre Chicago y Berlín. Antes detener pasaporte israelí, lo tenía argentino; y después adquirí el español.Además, en 2007 me convertí en el único israelí del mundo que también puedeenseñar un pasaporte palestino en los puestos fronterizos israelíes. Soy, porasí decirlo, una prueba patente de que sólo una solución pragmática basada enla existencia de dos Estados (o, mejor aún, aunque suene absurdo, unafederación de tres Estados: Israel, Palestina y Jordania) puede llevar la paz ala región. ¿Cómo respondo a quienes me dicen que soy ingenuo, sólo un artista?Les digo que, aunque de niño estrechara la mano de Ben Gurion y de Simon Peres,no soy un político: lo que siempre me ha interesado es la humanidad, no lapolítica. En ese sentido, me siento capaz de analizar la situación y, comoartista, especialmente capacitado para hacerlo.


Tanto mis abuelos paternos como maternos eranjudíos rusos que huyeron a Buenos Aires durante los pogromos de 1904. Pordesgracia, nunca pregunté mucho a mis padres sobre la historia de nuestrafamilia. En primer lugar porque, de niño, estaba muy centrado en mí mismo y, ensegundo lugar, porque entonces era normal que estuviéramos en una situación decambio permanente. Sin embargo, la historia de mis abuelos paternos es muyespecial. Cuando llegaron al puerto de Buenos Aires (él con 16 años, ella con14), después de una larga y espantosa travesía, les anunciaron que sólo lasfamilias podían desembarcar, porque el cupo de solteros ya estaba cubierto. Losdos estaban solos y mi abuelo agarró a mi abuela y le dijo:"¡Casémonos!". Y así lo hicieron. Una vez en tierra, cada uno se fuepor su lado. Después de dos o tres años se reencontraron por casualidad, seenamoraron y pasaron el resto de su vida juntos.

Esta abuela era una ferviente sionista. Ya en1929 se fue a Palestina durante seis meses con sus tres hijas -entre ellas mimadre, entonces de 17 años- para comprobar si se podía vivir allí. Por suparte, la familia de mi padre estaba totalmente asimilada: para ellos, laTierra Santa no tenía importancia, por lo menos hasta que descubrieron mitalento musical. De repente, para mis padres cobró importancia que yo, en micalidad de futuro artista, debía crecer dentro de una mayoría y no de unaminoría ubicada en algún punto de la diáspora judía. Se podría decir que laconvicción de que la normalidad sería un elemento fundamental para midesarrollo intelectual avivó aún más el sionismo de mi abuela, de manera que lafamilia Barenboim decidió emigrar a Israel.


La primera escala de ese largo viaje fue Salzburgo, donde participé en el concierto de clausura de la clase magistralque impartía en verano el director Ígor Markevitch. Tardamos 52 horas enrealizar todo el periplo, con paradas en Montevideo, Río de Janeiro, São Paulo,Recife, isla del Sol y Madrid. Posteriormente, en Roma, tomamos un tren condirección a Salzburgo. A los nueve años, yo sólo hablaba español y un poco deyiddish, que había aprendido de mi abuela. Eso no era un gran problema, ya queno pretendíamos quedarnos en Austria y, en general, yo estaría en compañía deotros músicos. Aunque en Buenos Aires no había sido consciente de que ser judíopudiera ser un problema, en Salzburgo sí empecé a percibirlo. Un día, unosamigos hebreos me llevaron a una imponente cascada de Badgastein y me dijeronque, durante la época nazi, habían arrojado allí a judíos. Así atisbé porprimera vez cuál había sido la suerte del pueblo judío. Los relatos delHolocausto que relataban mis padres también me habían perturbado profundamente,aunque en esa época no pudiera comprenderlos del todo.

En diciembre de 1952 llegamos a Israel. Erainvierno, el año escolar ya había empezado, y yo tenía que aprender otroalfabeto y otro idioma. No fue nada fácil, pero, como era un chico pococomplicado y extrovertido, no tardé en adaptarme, comenzando así una nuevavida, maravillosa y muy intensa. Todo estaba a punto de cambiar y de avanzar.¡Imagínense que fue precisamente en las calles de Tel Aviv donde aprendí ajugar al fútbol! Posteriormente, entré a formar parte de un movimiento juvenily todavía recuerdo lo mucho que menospreciábamos a los hombres con bigote y alas chicas de labios pintados. Teníamos la sensación de que eran superficiales,que simplemente no tenían sustancia.


Como mi familia no tenía dinero, al principionos mantuvo un tío de Brasil. En la actualidad, su hija es la embajadorabrasileña en Eslovenia (por lo menos un Barenboim llegó a algo...). En cuantoal apellido, en consonancia con el nuevo espíritu de confianza en sí mismos quemostraban los judíos israelíes, a mi familia la instaron a traducirlo alhebreo. Ben Gurion, por ejemplo, al que yo admiraba enormemente como hombre deEstado y como visionario, procedía de la ciudad polaca de Plonsk y se llamabaen realidad David Grün. Fue él quien trató de convencer a mis padres de que yonunca me haría famoso con el apellido Barenboim (la versión yiddish deBirnbaum, peral). Tenía la sensación de que Agassi (pera en hebreo) sería muchomejor. Siempre se podría pensar que yo era italiano. Sin embargo, a ninguno denosotros le hacía ninguna gracia la idea.

Si hemos de atenernos a los hechos, no hepasado periodos muy prolongados en Israel. Estuve allí sólo entre 1952 y 1954,y desde 1956, hasta comienzos de los sesenta. Cuando no acudía al colegio,estaba de gira dando conciertos en Zúrich, Ámsterdam o Bournemouth. Durante elinvierno de 1954 fui a París a estudiar durante año y medio contrapunto ycomposición con la afamada Nadia Boulanger, conocida por su carácter estricto.Ella me enseñó que el músico ideal debe pensar con el corazón y sentir con lacabeza. Mis padres me acompañaban en todos mis viajes, ya que pensaban que yonecesitaba tener una vida familiar lo más normal posible.


Las consecuencias de la guerra habían dejadoprofundas cicatrices en la Europa de los años cincuenta. Al estar a caballoentre dos mundos, el contraste entre el Viejo Continente e Israel me parecíaespecialmente acusado. En esa época, éste era el Estado más social e idealistaque se pudiera imaginar. Fue una suerte que el país y nosotros fuéramos jóvenesal mismo tiempo. Nadie tenía la sensación de estar trabajando para el Estado,porque no existía tal cosa. El Estado evolucionaba literalmente ante nuestrospropios ojos y alimentaba nuestro idealismo, nuestro compromiso diario, nuestrotrabajo. Los judíos de Israel ya no tenían que ocupar únicamente las llamadasprofesiones liberales desempeñadas en la diáspora (las de artista, abogado,médico o banquero), sino que también podían dedicarse a la agricultura, o serpolicías, soldados o, llegado el caso, hasta delincuentes. El Estado y lapatria, la patria y el Estado se fundieron hasta convertirse en una sola cosa.

La izquierda israelí, el Partido Laborista,estuvo en el poder hasta 1977, algo que se olvida con frecuencia. Fueron 29años. ¿Y por qué? Después de la Guerra de Independencia de 1948, lostradicionalistas no tenían nada que hacer, puesto que la contienda ya estabaganada. Los judíos religiosos seguían esperando al Mesías. De manera que lo quequedaba eran los socialistas. Los vientos no cambiaron hasta después de laGuerra de los Seis Días de 1967. La idea de un Israel de base perdió pie. Derepente, había mano de obra más barata procedente de los territorios palestinosy, no mucho después, aparecieron los primeros millonarios israelíes. El sistemasocialista perdió su equilibrio; la concepción del Estado se tambaleó.

Yo me crié en Israel con una cultura y unosvalores europeos; la directora de mi instituto de secundaria era historiadoradel arte, la clase de mujer que uno encontraría en Berlín-Dahlem. A mí esto mevenía al pelo, porque en mi fase de rebeldía adolescente no quería tenerrelación alguna ni con Argentina, ni con la lengua española, ni con nada quetuviera que ver con la diáspora. Para mí, todo eso era historia. Lo que contabaera el presente y el futuro de Israel. A los 19 o 20 años me convocaron pararealizar el servicio militar obligatorio en el Ejército argentino. Logréposponer el alistamiento dos veces, hasta que finalmente aduje que miciudadanía israelí debía eximirme de ese servicio. El resultado fue que, aexcepción de Israel, podía ir a cualquier sitio con mi pasaporte argentino, yque con el israelí podía viajar a cualquier lugar, salvo a Argentina.


En 1966 conocí a la violonchelista Jacquelinedu Pré en Londres. Ambos sentimos inmediatamente una atracción mutua, tantopersonal como musical, y dos o tres meses después decidimos casarnos. Sininfluencia alguna por mi parte, a Jacqueline se le ocurrió convertirse aljudaísmo. La idea de tener algún día hijos influyó en su decisión, así como elhecho de conocer a muchos grandes músicos judíos. Su conversión no siempre fueuna bendición para su carrera; se podía leer y escuchar que había entrado en la"mafia musical judía". Ben Gurion, que no tenía mucho interés en lamúsica, acudió a nuestra boda. Le impresionaba que una chica inglesa no judíapudiera identificarse tanto con su país. El 31 de mayo, cuando la guerraparecía inevitable, volamos a Israel en uno de los últimos aviones depasajeros. Tocamos casi todas las noches. El último concierto tuvo lugar el 5de junio en Beersheba, una localidad situada a mitad de camino entre Tel Aviv yla frontera con Egipto. Al abandonar la sala para dirigirnos en coche a casa,comenzamos a ver los primeros tanques avanzando hacia nosotros.

Después de 1967, Israel volvió mucho más lavista hacia Estados Unidos, no necesariamente para su propio beneficio. Lostradicionalistas decían: "No abandonaremos los territorios reciénocupados". Los judíos religiosos, que no eran "territorios ocupadossino liberados, son territorios bíblicos". Y de esta forma se selló el findel socialismo en Israel. Desde entonces, la política internacional hainstrumentalizado el conflicto de Oriente Próximo. Llevamos décadas leyendotitulares sobre explosiones de violencia. Las guerras y las accionesterroristas se suceden, consolidando la situación en la mente de la gente. Hoyen día, en la época de la guerra de Irak y el conflicto con Irán, apenas seleen noticias sobre el asunto, lo que es todavía peor. Muchos israelíes sueñancon despertarse un día para ver que los palestinos se han ido, y éstos con locontrario. Ni uno ni otro bando pueden diferenciar ya entre el sueño y larealidad, y, psicológicamente, éste es el quid del problema.


Desde la década de 1960 no me siento cómodo enIsrael. Por supuesto, es mi patria; mis padres vivieron allí y ambos estánenterrados en Jerusalén. Siempre que ha habido guerra en Israel, he tocado enel país: en 1956, 1967 y 1973. La música ha sido mi lengua, mi arma. Sinembargo, después del Septiembre Negro de 1970, Golda Meir dijo: "¿Por quése habla de los palestinos? ¡Nosotros somos el pueblo palestino!". En esemomento caí en la cuenta de que esa posición era moralmente inaceptable. Sí,los judíos tenían derecho a un Estado propio y también a este Estado concreto.El Holocausto y la culpabilidad de los europeos después de 1945 incidieron aúnmás en esa reivindicación. Sin embargo, se olvida con demasiada facilidad queexistía un sionismo moderado, que desde el principio personas como Martin Buberdeclararon que el derecho a tener un Estado judío debía hacerse aceptable parala población local, para los no judíos. Por su parte, el sionismo más combativono profundizó en esta mentalidad. Incluso hoy en día sigue basándose en unamentira, es decir, que la tierra ocupada por los judíos estaba vacía.

En la actualidad, muchos israelíes no tienenni idea de lo que sienten los palestinos, de cómo es la vida en una ciudad comoNablus, una prisión con 180.000 reclusos en la que no hay ni restaurantes, nicafés ni cines. ¿Qué ha ocurrido con la famosa inteligencia judía? Ni siquieraestoy hablando de justicia o de amor. ¿Por qué se continúa alimentando el odioen la franja de Gaza? Nunca podrá haber una solución militar, porque dospueblos luchan por una sola tierra. Por fuerte que sea Israel, siempre sufriráinseguridad y miedo. El conflicto se devora a sí mismo y al alma judía, ysiempre se le ha permitido que lo haga. Quisimos hacernos con tierras que nuncapertenecieron a los judíos y construir en ellas asentamientos. En ese hecho,los palestinos ven, y con razón, una provocación imperialista. Su resistencia,su no, es absolutamente comprensible, pero no los medios que utilizan parallevarla a cabo, ni tampoco la violencia o la inhumanidad indiscriminada.


Los israelíes debemos finalmente encontrar elvalor para no reaccionar ante esa violencia, el valor de ser fieles a nuestrahistoria. Los palestinos no podían esperar que después del Holocausto nosocupáramos de alguien que no fuéramos nosotros mismos: teníamos que sobrevivir.Ahora que lo hemos hecho, unos y otros debemos mirar colectivamente haciadelante. Aún no ha nacido el primer ministro israelí capaz de esa empresa.Fundamentalmente, hoy en día no hemos avanzado nada respecto a 1947, cuando lasNaciones Unidas votaron la partición de Palestina. Peor aún: en 1947 todavíaera posible imaginarse un Estado binacional, pero, 60 años después, parece algoinconcebible. Hoy en día, los israelíes, al referirse a una solución basada enla existencia de dos Estados, hablan de separación, de divorcio: ¡qué cinismo!Normalmente, los divorcios afectan a personas que en su día se quisieron...

Esta situación me hace sufrir, y todo lo quehago tiene algo que ver con ese sufrimiento, ya sea dirigir obras de Wagner enIsrael (¡y desde luego no fui el primero en hacerlo!), citar la Constituciónisraelí en la Knesset, fundar la Orquesta West-Eastern Divan junto al escritorEdward Said, organizar una escuela musical infantil en Berlín o, como haocurrido hace poco en Jerusalén, ofrecer un concierto para los dos pueblos.Algunas de estas actividades obtienen una atención exagerada de los medios decomunicación, pero yo las hago porque me enloquece comprobar hasta dóndepodemos llegar cada día los judíos con nuestras injusticias, y lo mucho queponemos en peligro la futura existencia de Israel. Por cínico que parezca, mealegro de haber nacido en 1942 y no en 1972. Tal como están las cosas, porfortuna no viviré para ver el día en que sea posible la desaparición del Estadojudío, del mismo modo que no asistiré al momento en que la música clásica quizáya no tenga ninguna presencia ni en nuestra mentalidad ni en nuestrossentimientos.


Hace años que no vivo en Israel y soy muyconsciente de que mi perspectiva es la de un forastero. A veces, la gente mepregunta "¿qué es un judío?". La respuesta es la siguiente: un judíoque tiene experiencias antisemitas en el Berlín de 2008 es diferente al que lastenía en 1940. El de 1940 se sentía amenazado; el de la actualidad puede pensaren su propia tierra, en Israel. Hoy en día puedo decirle al antisemita que"o bien aprendes a vivir conmigo o podemos seguir cada uno nuestro camino.Y punto", y esto supone una diferencia fundamental. A medio plazo, soypesimista respecto a Oriente Próximo, pero a largo plazo soy optimista. Oencontramos una forma de vivir con el otro o nos matamos. ¿Qué es lo que me daesperanza? Hacer música. Porque, ante una sinfonía de Beethoven, el Don Giovannide Mozart o Tristán e Isolda de Wagner, todos los seres humanos son iguales.

Alianza de Civilizaciones recibe Premio Avicena al entendimiento

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EFE

La Alianza de las Civilizaciones obtuvo hoy en Fráncfort el Premio Avicena que otorgó por primera vez un jurado independiente formado por representantes de diversas áreas de la sociedad civil a proyectos y actividades que fomentan al entendimiento entre Oriente y Occidente.

El Alto Representante de Naciones Unidas para la Alianza de Civilizaciones, el ex presidente de Portugal Jorge Sampaio, recogió el premio dotado con 50.000 euros en la Iglesia de San Pablo de Fráncfort, que acoge también todos los años el Premio de la Paz de los Libreros Alemanes.

El presidente de la asociación que fundó el premio en 2005, el turco Yasar Bilgin, destacó la labor de la Alianza de Civilizaciones como foro de encuentro de las culturas y como instrumento para superar los estereotipos en la percepción de Oriente y Occidente.

La Alianza de Civilizaciones contribuye así a combatir las fuerzas extremistas, dijo Bilgin.

Sampaio explicó que la dotación del premio será destinada a un proyecto juvenil de la Alianza.

La Alianza de Civilizaciones es una iniciativa patrocinada por España y Turquía y respaldada por la ONU, que tiene como objetivo promover el diálogo entre Occidente y el mundo islámico y combatir los extremismos y el terrorismo.

Fue propuesta por el presidente Rodríguez Zapatero en la 59º Asamblea General de la ONU en septiembre de 2004.

El premio en cuestión toma su nombre del médico y filósofo Avicena, quien vivió en Persia entre 979 y 1037 y quien con sus escritos ayudó, según la citada asociación, a tender puentes entre las culturas.

Los palestinos que no existen por Mónica G. Prieto

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EL MUNDO

Unos 3.000 palestinos que perdieron su documentación hace 60 años viven en el limbo

BEIRUT.- Sesenta años después de la declaracion de independencia israelí en la Palestina bajo mandato británico, se puede hablar de varias categorías de palestinos: los ocupados, habitantes de la Cisjordania tomada por militares y colonos hebreos; los cercados, un millón y medio de habitantes de Gaza controlados por tierra, mar y aire por Tel Aviv; los refugiados, 5,5 millones de exiliados, la mayoría en condiciones lamentables, acogidos en los países del entorno; y los que, sencillamente, no existen.

Mohamed Yusef es uno de esos 3.000 ciudadanos sin identidad. Nació en Ramala hace 64 años, cuatro antes de que la política emprendida por la minoría judía para expulsar a la población natal –descrita por el historiador israelí Ilan Pappe como la "limpieza étnica de los palestinos"- comenzase.

"Sólo tenía cuatro años, pero recuerdo las calles de Ramala, la mezquita y la iglesia", dice hoy Yusef con la voz rota por el tabaco desde una desconchada oficina del campo de refugiados de Shatila, en Beirut. "Si no tuviera recuerdos no tendría identidad", farfulla en protesta por las dudas de tan tempranos recuerdos.

En 1948, su familia se marchó de la ciudad por miedo a las milicias judías y se estableció en Jordania, donde recibió un pasaporte en el que figuraba como palestino de origen. Con la mayoría de edad Mohamed se integró en el Ejército jordano, pero tras la Guerra de los Seis Días que derivó en la conquista israelí de toda Palestina, parte de Siria y de Egipto, el soldado Yusef se sumó a la escisión que nutrió las filas de Yasir Arafat para "participar en la revolución palestina".

Los ataques más espectaculares de las facciones y las repuestas israelíes comenzaban a afectar a Jordania, y el rey Husein decidió combatir, en septiembre de 1970 –conocido como el ‘Septiembre Negro’- a los palestinos. En julio de 1971, Arafat y sus combatientes de la Organización para la Liberación de Palestina, entre ellos Mohamed, fueron expulsados del reino.


Así fue como Mohamed se convirtió en nadie. Ninguna autoridad le pidió papeles para acceder al exilio libanés, pero una vez allí su pasaporte le expiró y la embajada jordana en Beirut se negó a renovárselo al haber sido expulsado.

Ahora, ni el Gobierno de Beirut ni la UNRWA, agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos, le reconocen, como no reconocen a otros 3.000 palestinos en su situación, la mayoría combatientes y allegados y la minoría, personas que simplemente perdieron sus documentos durante su huída.

"Me siento un fugitivo, permanentemente humillado", se queja Yusef. "No me atrevo a salir del campo de refugiados por miedo a que me detengan. Construí cuatro casas y de las cuatro me echaron por no tener papeles. La ONU me considera jordano y no palestino, y los jordanos me consideran palestino y dicen que no me pueden ayudar", se lamenta este hombre con seis hijos, todos ellos herederos de su condición de inexistentes.

Ciudadanos de segunda clase

Los refugiados palestinos asentados en el Líbano son tratados, de por sí, como ciudadanos de segunda clase. Los 400.000 exiliados tras la Naqba de 1948 –el ‘desastre’, como califican a la campaña de expulsiones que siguió a la declaración del Estado israelí que ahora celebra Tel Aviv con gran boato- o la campaña de 1967 no pueden acceder a 72 trabajos, según la Constitución libanesa, ni poseer una vivienda, como tampoco acceden nunca a un sueldo digno por alta que sea su formación profesional.

En el caso de los no documentados, ni siquiera pueden poseer un coche o un teléfono móvil, dado que no tienen un carné que presentar para firmar un contrato. "No puedo ni vender cafés o limpiar botas", se lamenta Mohamed.

Ahmed Talal, de 58 años, tiene más suerte: al ser empleado de la OLP recibe un salario por su trabajo en Shatila. Enseña su acreditación con orgullo, pese a ser inservible: un folio plastificado con el membrete de la OLP en Beirut que le identifica como nacido en Gaza.


"Si salgo del campo pueden arrestarme o no, depende del humor del oficial de turno, porque las autoridades no reconocen este papel", explica. Ahmed cuenta que fue expulsado en 1967 de Gaza, durante la Guerra de los Seis Días, y que tras pasar por Egipto, en Siria le afectó el ‘Septiembre Negro’ y fue expulsado como otros muchos militantes.

Talal había partido de Gaza sin papeles, así que nunca tuvo documentos. "Antes no los necesitábamos", se sonríe. Ahora, sin ellos no puede hacer nada. "Por eso dejé a mi mujer y mis hijos en Siria, donde el certificado de la OLP es suficiente para que les permitan estar registrados, tener estudios y comprar una casa", puntualiza.

"Yo no puedo visitarles por miedo a que me arresten en el camino, pero dentro de dos años, cuando me jubile, me arriesgaré para reunirme con ellos en Damasco".

La casa de Talal, dos habitaciones insalubres propiedad de la UNRWA, es tan austera que carece de cualquier objeto prescindible. "La única propiedad que tengo es el recuerdo de Gaza, y es precisamente lo único que no puedo recuperar", se lamenta.

La realidad de África, a través de la mirada de los niños

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Save the Children inaugura la exposición fotográfica 'Niños de África', acerca de los problemas a los que se enfrenta la infancia en países como Ghana, Costa de Marfil, Angola, Mauritania o Nigeria.

CANAL SOLIDARIO

La exposición, que tendrá lugar en el centro cultural Espacio Ronda de Madrid hasta el 29 de mayo, cuenta con casi medio centenar de fotografías realizadas por el belga Jochen Schell, quien, a lo largo de un viaje por gran parte del continente africano, ha captado con su lente los problemas a los que se enfrenta la infancia en países como Ghana, Costa de Marfil, Angola, Mauritania o Nigeria.

Con ello, la exposición pretende mostrar la realidad que vive el continente africano, a través de la mirada de sus niños.

Los fondos recaudados por la exposición se destinarán a la campaña 'Reescribamos el futuro' de Save the Children, destinada a ofrecer educación a los niños y niñas que viven en países afectados por conflictos.

Dignidad. Impresiones desde Níger por Leire Pajín

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YO DONA

46 grados a la sombra. Níger era en el año 2005 el país más pobre del mundo según Naciones Unidas. Aquel año, la plaga de langostas y la sequía provocaron una crisis alimentaria grave, con serias consecuencias en la desnutrición de sus niños. Aquel año, la cooperación española se estrenó en dicho país. Hoy, su posición ha ido mejorando, subiendo cuatro puestos en el maldito "ranking" de los más pobres.

Sólo han hecho falta unas horas para situar a la delegación española en uno de los rincones más crueles del planeta. DIMOL significa dignidad, la que lleva a cabo esta ONGD local y su proyecto de construcción de un quirófano en el norte de Niamey, algo sencillamente imprescindible. No encuentro una manera más acertada para calificar la lucha de esta ONGD a favor de la integridad de las mujeres.

En Níger cada año entre 1000 y 2000 mujeres, en su mayoría niñas, son llevadas al infierno del dolor, la vulneración y el rechazo. Mujeres forzadas desde muy pequeñas por sus maridos, sufriendo mortalidad como consecuencia del parto y provocándoles enfermedades como la fístula obstetricia.

Ésta provoca el desgarro a las mujeres por dentro y por fuera: acaba con sus órganos y se lleva su integridad por delante. Repudiadas por sus maridos y familias, deambulan por un continente empobrecido buscando alguien que respete su dignidad.

Ahí entra la cooperación española, apoyando la construcción de quirófanos para poder operarlas con privacidad, donando micro créditos para conseguir su autonomía, sensibilizando a una sociedad que discrimina a las víctimas y alaba a los verdugos.

Mauritania, Malí, Níger y otros tantos países aún por llegar para alzar la voz y gritar, para denunciar una de las violaciones más flagrantes de Derechos Humanos y prestarles la voz a aquellas que viven amordazadas. Necesitamos situar fuerzas y redes en un mundo que necesita a sus mujeres, porque en África ellas son las excluidas entre los excluidos, pero también son la esperanza y la palanca más fiable del desarrollo.

En ese contexto se celebra el tercer encuentro de mujeres por un mundo mejor, y en ese sueño de igualdad, se alienta la cooperación española.

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