Un mecanismo de diálogo. Por Felipe González

Asumir la diversidad cultural o religiosa como una riqueza compartida, en la que podemos encontrar valores comunes y objetivos que también lo sean, frente a la violencia destructiva, es un objetivo alcanzable que irá restando capacidad al terrorismo, a pesar de las muchas dificultades para encontrar rutas adecuadas.

Felipe González/Ex presidente del Gobierno de España     Fecha de actualización: 1/26/2008 La Prensagráfica El Salvador

La corriente de fondo que nos lleva a un diálogo entre civilizaciones va ganando fuerza frente a la tumultuosa corriente del choque de civilizaciones. Es una corriente más tranquila, que se mueve entre los meandros de la complejidad del momento histórico presente, en tanto que la profecía del choque de civilizaciones es más simple en sus planteamientos de amigo-enemigo y de confrontación para dominar. Por eso tiende a autocumplirse.

Como siempre, construir la paz, como condición necesaria para todo lo demás —el desarrollo o la cooperación—, es más difícil que declarar la guerra al otro, al que se supone que encarna el mal. Como siempre, el diálogo que busca el conocimiento del que es diferente y tiene una percepción distinta de la realidad es un ejercicio más costoso, que parte de la renuncia a la imposición de nuestras verdades, aun sin aceptar la imposición de las verdades del otro.

Venimos de un proceso histórico peculiar, por la profundidad y por la velocidad de los cambios. La caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la Unión Soviética llevaron a la desaparición de la vieja división del mundo en dos bloques ideológicos antagónicos y mutuamente excluyentes.

Inmediatamente afloraron realidades ocultas o aplastadas por esa división.

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