Alianza de Civilizaciones a la grande y a la chica
A CONTRAFLECHA
Mientras buena parte de Europa habla con naturalidad de rearme y de cambio de reglas, el Gobierno de Sánchez ha recuperado el “no a la guerra”

UE, belicismo, paz, diplomacia. / Pedripol
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En demasiadas ocasiones, la política se parece a una orquesta desafinada. Mucho ruido y poca música. Por eso conviene, de vez en cuando, buscar acordes más lentos, más respirables, que nos recuerden que el mundo también puede sonar de otra manera. Estos días, en medio del ruido de misiles, España ha dado una nota distinta. Un do pacifista que ha resonado con simpatía hasta en Turquía, un país donde conviven la belleza luminosa de las cúpulas de las mezquitas con las sombras de un régimen que despierta no pocas dudas humanísticas.
Mientras buena parte de Europa habla con naturalidad de rearme y de cambio de reglas, el Gobierno de Pedro Sánchez insiste en un tono que, en tiempos de testosterona, suena casi excéntrico; diplomacia, negociación, multilateralismo. Incluso se ha recuperado aquel no a la guerra que atravesó las plazas hace dos décadas. No es poca cosa. En un escenario donde la política internacional se ha convertido en una competición de chulería de barrio –misiles por aquí, drones por allá– plantarse ante figuras como Donald Trump o Benjamin Netanyahu sin aceptar su lógica de intimidación permanente es, como mínimo, una osadía. Pero una osadía no es todavía una política. Hace falta un proyecto.
España ha tenido históricamente una relación peculiar con el poder internacional. Demasiado pequeña para mandar, demasiado bien situada para no ser tenida en cuenta. Una posición incómoda, pero fértil; la del intermediario, la del puente. Quizá por eso, hace casi veinte años, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero lanzó, junto a Turquía, una idea que entonces fue recibida con una mezcla de ingenuidad y escepticismo. La Alianza de Civilizaciones.
La propuesta era sencilla en su formulación y ambiciosa en su alcance; promover el diálogo entre culturas, religiones y sociedades para evitar que el siglo XXI quedara atrapado en el relato del choque de culturas. Era, en cierto modo, una respuesta política al clima que habían dejado el 11-S y las guerras de Afganistán e Irak. Durante un tiempo, la propuesta tuvo vuelo. Hubo cumbres, proyectos educativos, y encuentros internacionales; pero, el mundo tiene una facilidad extraordinaria para volver a sus viejos reflejos y, poco a poco, la Alianza terminó arrinconada en un despacho discreto dentro de las Naciones Unidas.
Mientras tanto, el planeta siguió girando con ritmo más wagneriano que chopiniano. Fronteras con muros cada vez más altos y sangrientos, identidades cada vez más armadas, Ucrania, Gaza, Sudán, Yemen; la diplomacia entendida como falsos apretones de manos con tirones juveniles incluidos. Quizás, por todo ello, merezca la pena recuperar aquella alianza olvidada. Y no solo para lo geopolítico internacional.
Si algo define el siglo XXI no es el enfrentamiento de civilizaciones, sino su mezcla irreversible. Las ciudades europeas son ya realidades socioculturales donde conviven lenguas, religiones y memorias distintas. El Mediterráneo es al mismo tiempo frontera, fosa común y espacio de culturas compartidas. Las grandes migraciones climáticas, económicas y políticas están redibujando el mapa humano del planeta. Gestionar esa diversidad exige políticas del encuentro a dos escalas. Hay que jugársela a la grande y a la chica a la vez.
Una escalada sería la de la diplomacia internacional, los foros multilaterales, las instituciones capaces de mediar entre Estados. En ese estadio, una Alianza de las Civilizaciones renovada podría dejar de ser un gesto simbólico para convertirse en algo más ambicioso; una plataforma con capacidad real de mediación diplomática, de redistribución económica y de mixtura cultural. Un concertino, el instrumento que afina al resto de la orquesta.
Además, existe otra escalada igual de importante. La de las calles, los barrios, las plazas; la de la convivencia cotidiana. Porque las guerras empiezan mucho antes de que se dispare el primer misil. Empiezan cuando el vecino deja de ser vecino y pasa a convertirse en amenaza. Basta mirar lo que ocurre estos días en el barrio sevillano de la Macarena, donde han aparecido patrullas vecinales que dicen defender la seguridad, pero que en realidad funcionan como dispositivos de sospecha contra quienes tienen otro acento, otro color de piel o simplemente otra vida. Ahí, la idea de una alianza ciudadana de convivencia también debería desplegarse. Escuelas donde se enseña a convivir en diversidad, barrios donde la interculturalidad sea un proyecto común y no un problema policial, instituciones que entiendan que las identidades no son armas sino infraestructuras de buena vecindad. Si la Alianza de las Civilizaciones reaparece ahora plena de actualidad no es porque vaya a resolver los conflictos del mundo, sino porque propone algo radical en el contexto actual. Sustituir la lógica de la imposición por la del encuentro en dos dimensiones. Diplomacia internacional y convivencia cotidiana. Foros globales y plazas de barrio.
España, por geografía, por historia y por configuración sociológica está en una posición peculiar para impulsar ese doble movimiento. Es frontera sur de Europa, frontera norte de África, puente mediterráneo, puerto histórico hacia América; un país donde el islam, el judaísmo y el cristianismo dejaron huellas profundas y un territorio donde la identidad ha sido siempre mestiza y la pureza una ficción perversa.
En una buena orquesta y en un buen coro, cuando la música está afinada y las voces entran en su momento, ocurre algo extraño y hermoso. Las respiraciones empiezan a acompañarse y los corazones parecen latir al mismo tiempo. No porque todos los instrumentos sean iguales, sino porque han aprendido a escucharse, a sostener la nota común. Eso es conspirar en su sentido más antiguo; conspirar, respirar juntos . Quizás la política del siglo XXI consiste precisamente en aprender a respirar al mismo ritmo, en el mundo y en nuestras propias calles, para que la música de la convivencia no se convierta en marcha militar desafinada ni en rondalla nocturna.
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