«Mis hijos no son islámicos, ¡quieren vivir la vida!»
La que a los 13 años fuera una hija de María, que iba de voluntaria los fines de semana a dar de comer a los necesitados, pasó al final de la dictadura franquista por un periodo de compromiso político, que la llevó a posiciones comunistas. Luego suavizó su discurso. Sin embargo, mantuvo latente cierto "vacío espiritual". Gran lectora desde la infancia, empezó a interesarse por la cultura árabe española y a frecuentar a musulmanes. "Lo que te rompe los esquemas es conocerlos…". Y en 1996 se convirtió al islam, para ella, una religión centrada "en el amor y el respeto". Otra cosa es que haya "iluminados", una "minoría", que distorsionan la imagen de más de 1.000 millones de personas. "El problema es cuando se utiliza la religión como excusa para martirizar a un pueblo o para dominar a la mujer". Y es debido a ideas preconcebidas, dice, por lo que el islam despierta tanto miedo.
Mientras explica con detalle la composición del babaghanush (un paté de berenjena con sésamo) insiste en la necesidad de erradicar los guetos. Para ella, "un marginado es una bomba de relojería, sea musulmán o cristiano". No hay recetas, dice, pero la pérdida de las raíces es uno de los mayores problemas de los musulmanes. Y también la imposición de la religión a los hijos. Y los suyos, dos jóvenes de 28 y 31 años, hijos de un matrimonio anterior ¿son musulmanes? "No", responde entre carcajadas, "ellos quieren vivir la vida".

