Ricos veranenates del Golfo en El Líbano por Tomas Alcoverro
A los libaneses se les hace la boca agua hablando de emires. En verdad, hay príncipes y princesas en esta temporada estival. No se olvide que las monarquías del petróleo rebosan de millares de personas con títulos principescos porque los miembros de las familias reinantes son legión. En Bhamdun, muchachos con vaqueros, blusas, tocados de graciosas gorritas de colores, se lamentan del aburrimiento de cada día. En algunos de sus hoteles y residencias se prohíben las visitas femeninas. Por las calles patrullan soldados armados y parejas de agentes municipales femeninos, con uniformes escarlata, para velar por el estricto cumplimiento del orden público.
A diferencia de Beirut, los veraneantes de Bhamdun viven en un ambiente relajado, piadoso, con flamantes mezquitas y alguna que otra librería, donde se exhiben lujosas ediciones del Corán. En la cafetería Diwaniya -imitando estos populares pabellones de los pueblos del Golfo en los que los hombres, arrellenados entre cojines o sentados en bancos de madera matan las horas- los parroquianos sorben tacitas de té y fuman con indolencia las pipas de agua del narguileh. Pronto llegará el mes del Ramadán…
La región de Aley, Bhamdun, Sofar, de mayoria de población drusa, mucho antes de convertirse en centro estival de moda, fue privilegiado lugar de residencias del verano de la burguesía local. Funcionaba un trenecito entre Beirut y Damasco, cuyos railes fueron arrancados hace décadas que necesistaba horas para salvar su distancia, parándose en cada una de estas estaciones, ahora abandonadas o semidestruidas, a través de las montañas y de la planicie de la Bekáa. Su nostalgía casi perdida, es la de un tiempo vencido de lentos y plácidos estios libaneses.

