Salvar Doha

Tradicionalmente ha sido la defensa de los intereses de los agricultores en los dos grandes bloques occidentales, la Unión Europea y Estados Unidos, lo que ha impedido un acuerdo comercial global. Ahora, sin embargo, es en EE UU donde las manifestaciones proteccionistas son más explícitas. Los candidatos presidenciales, en particular Barack Obama, manejan esa retórica electoralista de protección de los intereses domésticos, rentable en momentos como los actuales de marcadas dificultades económicas.

Han de ser los grandes, los más ricos, quienes cedan en los próximos días en las distintas formas de subsidios a los agricultores de sus países y de reducción de los aranceles, en los productos del campo y en los industriales. Los elevados subsidios y aranceles penalizan en última instancia el libre comercio, pero sobre todo son una losa insoportable para algunas economías en desarrollo, sobre todo africanas y suramericanas, cuyos ingresos por exportaciones dependen casi exclusivamente de un puñado de cultivos.

El fracaso de Doha no sólo cargaría de incertidumbre el entorno global. También dificultaría la necesaria concertación internacional en múltiples aspectos: desde los que atañen a la todavía muy precaria estabilidad financiera hasta los relativos a la seguridad energética, los precios de los alimentos o el cambio climático, por poner algunos ejemplos en los que no existen soluciones nacionales.

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