Alianza de civilizaciones: un arma contra el yihadismo Por Javier Valenzuela
O sea que, en contra de lo que algunos afirman en España, no existe la menor contradicción entre la idea de la Alianza de Civilizaciones y el combate policial y judicial contra el islamismo radical y su vertiente más mortífera, el terrorismo yihadista. Al contrario, la Alianza de Civilizaciones da profundidad estratégica a la nunca suficientemente elogiada lucha cotidiana contra los yihadistas que llevan a cabo policías, agentes de los servicios de inteligencia, fiscales y jueces.
El yihadismo -una de las más graves amenazas para la libertad y la seguridad en este comienzo de siglo- no tiene solución fácil ni a corto plazo. Hay que combatirlo por tierra, mar y aire –globalmente, por emplear la expresión del momento-, y durante muchos años. Una incesante acción policial y judicial es obviamente imprescindible, pero ello no impide –al contrario- afrontar también la batalla política e ideológica. En lo relativo a la política, es urgente e imprescindible la creación de un Estado palestino, así como un impulso decidido a la democratización y la igualdad social en el mundo árabe y musulmán. En lo ideológico, hay que combatir las ideas de Bin Laden y los suyos con ideas. Es lo que los anglosajones llaman "the battle for hearts and minds".
En su libro "Contra todos los Enemigos", Richard A. Clarke, un alto funcionario que trabajó en los departamentos de seguridad nacional de Estados Unidos con los presidentes George Bush, Bill Clinton y George W. Bush, afirma: "El segundo objetivo prioritario tras el 11 de Septiembre debería haber sido la creación de un contrapeso ideológico a la versión fundamentalista y radical del islam de Al Qaeda, porque gran parte de la amenaza a la que nos enfrentamos es ideológica, la perversión de una religión. Las bombas y las balas, las esposas y los barrotes de la cárcel no van a atajar el foco de ese desafío ideológico".

