Los marroquís conversos al cristianismo sufren la presión policial y el rechazo de la sociedad.

Estas expulsiones han disparado la alarma en la comunidad de los conversos marroquís. «Las autoridades conocen nuestra conversión y desde que echaron a nuestros hermanos, la policía me llama para sacarme información, me preguntan a qué iglesia voy. Seguramente hasta estén preparando alguna redada en mi casa», dice Fuad.

El evangelio le quitó a Fuad la idea del suicidio. «Quería matarme, no quería vivir. Hasta que un día, como me gustaba leer de todo, comencé a estudiar el Nuevo Testamento que compré en una librería y fue cuando encontré sentido a mi vida», recuerda sonriente.

Fuad se bautizó en el mar, pero sus dos «hermanos» que comparten con él el almuerzo fueron bautizados en un cuarto de baño. Son Yunes y Amal. Se convirtieron recientemente al cristianismo a pesar del hostigamiento policial y el rechazo social. «Si mis padres se enteran de que soy cristiana, van a matarme», dice nerviosa Amal.

Al igual que ella, Yunes vive su fe de manera clandestina. «Nuestro círculo de amigos es cristiano porque no todos los musulmanes respetan la decisión de la conversión», explica. Según el joven, el número de convertidos al cristianismo aumenta cada año en Marruecos. Pero las autoridades «rechazan dar cifras oficiales porque es malo para su reputación como país islámico. Y eso que la Constitución prevé la libertad de culto y ¡no penaliza la conversión!», grita.

«No hacemos daño a nadie»

Yunes explica que a menudo deben defenderse de acusaciones de la policía como esta: «Los extranjeros juegan con vuestras mentes y seguro que os ofrecen dinero por rezar en la iglesia, ¿no?» Su respuesta es que no se sienten manipulados por nadie, que son marroquís y cristianos a la vez y que la Iglesia marroquí existe. Datos de la prensa local apuntan a que la comunidad de cristianos en el país supera los 30.000, pero los arzobispados consideran que no alcanza las 2.000 personas.

En casa de Fuad, cada semana se congregan ocho o diez personas para la eucaristía. Cantan, rezan, leen la Biblia y exponen sus pecados… «Somos muy felices y no hacemos daño a nadie. En cada ciudad hay casas iglesia», asegura Fuad, que lo prefiere así porque si los marroquís acuden al culto en los templos protestantes o católicos oficiales se ponen en peligro y pueden provocar problemas a los sacerdotes. El padre Mateo, por ejemplo, párroco de la iglesia católica de Fez, teme acogerles: «Me pueden cerrar el templo».

Fuad y Yunes nos acompañan al irnos y ahí están otra vez. Agentes de la policía secreta sentados en un café junto a su edificio.

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