Los marroquís conversos al cristianismo sufren la presión policial y el rechazo de la sociedad.

El islam es oficial y la libertad de culto solo se concibe para los extranjeros

EL PERIODICO

Basta con entrar en casa de Fuad para ver al enemigo, a ojos del reino alauí, que guarda dentro. Sobre la mesa del salón, una gran biblia en árabe hace las veces de pequeño altar. Dos guitarras se apoyan en la impoluta pared. Una cruz de Cristo pende de un tramo de la chimenea, otra más pequeña cuelga del cuello de Fuad, que la luce con orgullo. Pero el problema es que el joven es marroquí, vive en Fez –la capital espiritual del reino– y en su casa hay culto. Las tres condiciones para que él y su familia sean perseguidos y amenazados por las autoridades del país por traicionar la ortodoxia religiosa. «¡Aquí la religión oficial del Estado es el islam y el rito, el suní, y lo que salga de ahí no está permitido!», grita indignado Fuad.

En efecto, para el Estado –y la sociedad–, todo marroquí es musulmán. El culto de otras religiones es tolerado, pero dando por supuesto que quienes lo practican son solo extranjeros. Y el artículo 220 del Código Penal castiga el proselitismo con hasta tres años de cárcel.

Miedo

Para Fuad no es fácil despertar cada mañana pensando que un grupo de gendarmes puede entrar en su casa y hacer una redada en mitad de una eucaristía. Ni asumir que vive rodeado de chivatos, empezando por el conserje del edificio, al que las autoridades suelen interrogar para que explique los detalles de la vida de un marroquí converso. Aunque lo peor ocurrió el pasado 8 de marzo, cuando unos 70 cristianos extranjeros, casi todos evangélicos, y un joven franciscano egipcio, Rami Zaki, de la iglesia de Larache (norte), fueron expulsados del país. Los evangelistas regentaban un orfanato en la localidad de Aín Leuh, en el Medio Atlas, y las autoridades consideraron que sus enseñanzas alejaban a los pequeños del islam.

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