Marruecos: impaciencias y larga duración por Bernabé López García
Hay, sin duda, hechos intolerables: el cierre de un periódico como Le Journal hebdomadaire, el acoso al que éste y otros medios informativos se han visto sometidos en los últimos años. Otros impresentables, como la desproporcionalidad y la arbitrariedad con que la justicia marroquí ha dirimido ciertas acusaciones de difamación como en el caso del periódico citado o de Economie & Entreprises, con multas millonarias que acaban con los periódicos y con sus promotores. Otros vergonzosos, como la existencia de presos de opinión (es el caso de Chakib El Khiary condenado a tres años por denunciar hechos de corrupción).
Uno recuerda aquellos tiempos del "buen rey" que se dedicaba a deshacer los entuertos que la justicia cometía. Me refiero, por ejemplo, al asunto Ali Lmrabet que terminó siendo amnistiado por Mohamed VI. Eso sí, cuando la bola de nieve de la arbitrariedad del caso ya había contribuido pesadamente a enturbiar la imagen de un Marruecos que por entonces quería vender los progresos del modernista estatuto de familia, la Mudawana. No creo que las amnistías reales sean el mejor antídoto contra la venalidad manifiesta a la que nos tiene acostumbrados la justicia de nuestro vecino, pero casi las echamos de menos.
No lo digo yo, lo dice el citado Bruno de Thomas, para quien "la reforma de la justicia es la próxima frontera, y si no se hace, la confianza no llegará como tampoco las inversiones extranjeras sin las que no habrá crecimiento". Lo extraño es que, como considera este funcionario europeo, el propio monarca considere dicha reforma como "la prioridad de las prioridades" y a la vez se tope con tantas resistencias para llevarse a cabo.
Tirones de orejas los da Europa: el presupuesto que la Comisión pretendía destinar a la reforma de la justicia en 2010 ha sido puesto a disposición de la agricultura, porque, a juicio de su responsable, "de nada sirve apoyar una reforma que no existe".
Justo es querer que esas reformas se materialicen de inmediato, como pretenden los que -dentro y fuera- critican que se otorgue a Marruecos este Estatuto de socio privilegiado de la Unión Europea. Pero ése no es el tempo de los cambios sociales, sobre todo cuando lo que se pretende es transformar una sociedad tan profundamente conservadora como la marroquí.
Y queda la gran asignatura pendiente, el asunto del Sáhara, al que no se sabe dar solución. Una consecuencia positiva para Marruecos del caso Aminatu fue el lanzamiento de un debate nacional sobre la reorganización territorial e identitaria del Estado promovido desde la Comisión Consultiva para la Regionalización.
Marruecos no debería perder la oportunidad refundadora que le brinda este ejercicio de autoanálisis que conduce el que fuera hasta hace poco embajador en Madrid, Omar Azziman. Sólo así podrá ganar algo del tiempo perdido en estos 35 años transcurridos desde que una revista como Lamalif, anunciadora de un Marruecos avanzado, advirtiera que sólo la democratización de Marruecos podría reforzar su posición internacional y servirle de su mejor argumento para convencer en este espinoso asunto sahariano.

