Turquía: la fractura por Antonio Elorza
Acaba de proponer Juan Goytisolo razonablemente que el tránsito musulmán hacia la democracia no sea forzado desde Occidente. Es menos seguro, sin embargo, que las cosas se vean mejor desde dentro cuando la atmósfera es autoritaria (su propio caso en Marruecos) y que debamos menospreciar el peso ideológico de los orígenes en el islam.
Las normas del Corán y de los hadices son de obligado cumplimiento, incluso para islamistas modernizadores como los turcos o como Tariq Ramadan: de ahí que tenga éste que admitir a regañadientes el castigo físico a la mujer desobediente, la pena de muerte para los apóstatas o esa misma centralidad del velo en que ha caído Erdogan. Cierto que islamismo no equivale a nazismo, pero dentro del abanico de islamismos, siempre orientados a regir las sociedades por la sharía o ley coránica, las fórmulas radicales, de los Hermanos Musulmanes a los tablighi o a los wahhabíes de Arabia Saudí, desembocan inevitablemente en un totalitarismo horizontal o totalismo, sociedades cerradas en que todos cumplan con el mandato de "ordenar el bien y prohibir el mal".
Ante la ejecutoria de Erdogan, es de rigor la desconfianza, pero también lo es el reconocimiento de que el fracaso forzado de su conciliación hoy amenazada entre islam y democracia supondría un desastre para Turquía y para Europa.

