Cómo la dinastía Han de China consiguió los Caballos Celestiales para crear su poderosa caballería

Los Caballos Celestiales permitieron crear la gran caballería china. Crédito: ChinaImages / depositphotos.comPUBLICADO ENHISTORIA

Jorge Álvarez4 Abr, 2024

En el artículo dedicado a los viajes de Zhang Qian, hacíamos referencia a una contienda que enfrentó a la China de la dinastía Han con el Reino de Dayuan de Asia Central. Sus habitantes poseían una cabaña equina de gran calidad, los llamados caballos de Ferganá, que se convirtieron en objeto de ambición de los chinos para mejorar su fuerza de caballería y poder enfrentarse así a su gran enemigo de entonces, los xiongnu. Cuando Dayuan se negó a venderles ejemplares los Han emprendieron en su contra dos expediciones militares, en lo que ha pasado a la historia como la Guerra de los Caballos Celestiales.

En realidad, Dayuan era el heredero del antiguo reino greco-bactriano, aquel estado helenístico fundado en la región de Bactriana en el año 250 a.C. por su gobernador, Diodoto I, tras separarse del Imperio Seleúcida. Aproximadamente un siglo más tarde las tribus nómadas yuezhi (también llamadas kushán, iranias nororientales), empezaron a emigrar desde la cuenca del Tarim hacia el oeste, estableciéndose en el norte de los dominios grecobactrianos, lo que hoy son Uzbekistán y Kazajistán, aprovechándo que el rey Eucrátides I estaba ocupado combatiendo en la India.

 

Esa oleada yuezhi empujó a los sakas, escitas del este que descendían de la cultura indoeuropea Andronovo, hacia Partia y Bactriana, a las que derrotaron, extendiéndose hasta los actuales Afganistán e India septentrional. Algunos se asentaron en el valle de Ferganá, una depresión intramontana localizada entre la cordillera del Tien Shan al norte y las montañas Alai al sur (su territorio se lo reparten ahora Uzbekistán, Tayikistán y Kirguistán) que, al estar regada por los ríos Naryn y Kara Daria, que se juntan en Namangan formando el Sir Daria, constituía la región más fértil y poblada de Asia Central.

Extensión del Reino Greco-Bactriano. Crédito: Rowanwindwhistler / Wikimedia Commons

Ese grupo de sakas de Ferganá, a los que los chinos conocían como sai-wang, fue el que sustituyó al reino greco-bactriano, hasta entonces controlado por la polis helena de Alejandría Escate, para fundar lo que en China denominaban el Reino Dayuan (o Tayuan) en torno al 160 a.C. Como decíamos, el rey Eucrátides no pudo impedirlo porque estaba inmerso en una guerra contra la dinastía indogriega Eutidemida que le costó la vida y su sucesor, Heliocles I, no consideró especialmente importante la pérdida de aquella provincia periférica.

Aproximadamente tres décadas después, en el 128 a.C., llegó allí el citado Zhang Qian. Era un plenipotenciario chino enviado por el joven emperador Wudi (o Wu de Han) con la misión de entablar una alianza con los yuezhi, para enfrentarse a la gran amenaza que sufría el norte de China desde hacía tiempo: las incursiones de los xiongnu, una confederación de pueblos nómadas que procedían de las estepas mongolas y de los que siglos más tarde descendieron los hunos. Ni la construcción de la Gran Muralla ni el heqin (entroncamiento por vía matrimonial) habían sido suficiente para frenarlos y el emperador decidió buscar aliados para ir a la guerra.

Zhang Qian emprendió su viaje en el 138 a.C., pero cayó prisionero de los xiongnu, que le mantuvieron esclavizado una década hasta que logró escapar y llegar a Dayuan. Allí encontró lo que definió como una floreciente civilización que había sometido como tributaria a la población grecobactriana -de la que adoptó sus costumbres- y mantenía alianzas con pueblos vecinos como los sogdianos de Kangju. Eran unas sesenta mil familias (en torno a trescientos mil habitantes) que vivían repartidos por unas setenta ciudades con capital en Guishan (hoy Juyand) dedicados al cultivo de arroz, trigo y uvas

Caballo Celestial de bronce hecho por los saka. Crédito: Miroslav Kutsev / Wikimedia Commons

Se habían vuelto sedentarios y urbanos, pues, pero sin olvidar su pasado nómada, que permanecía presente gracias a la cría de unos caballos espléndidos, fuertes y rápidos, sobre los que los guerreros saka eran capaces de disparar flechas al galope. Eran los llamados caballos de Ferganá, a los que los chinos bautizaron como «caballos celestiales» porque les vendrían muy bien para poder afrontar la superioridad de los xiongnu en la guerra ecuestre. Por lo tanto, Zhang Qian adquirió un número de ejemplares para llevárselos al emperador junto con otros novedosos productos como la alfalfa y las semillas de uva.

A cambio, parece ser que los chinos introdujeron en Dayuan la metalurgia de fundición, ya que hasta entonces los saka desconocían el uso de monedas y herramientas de metal. Sin embargo, el deseo de los Han de establecer una relación comercial a mayor escala no tuvo éxito; los saka habían acogido a Qian con amabilidad, pero se negaron a formar una alianza contra los xiongnu al considerar que vivían lo suficientemente lejos de ellos como para que constituyeran un peligro para ellos. El problema no les atañía y las insistientes embajadas chinas terminaron por hartarlos.

La diplomacia entre ambos reinos se resintió y, con cierta arrogancia, los saka se negaron a vender a los chinos más caballos. La situación continuó degradándose cuando agasajaron a un embajador xiongnu, en contraste con el trato frío que dispensaban a los de China, a los que no proporcionaban comida ni alojamiento salvo que lo pagaran. Además, los mercaderes chinos debían abonar cada vez más peajes para atravesar el territorio. Cuando un embajador de los Han llegó con mil piezas de oro y una estatua del mismo metal precioso para adquirir caballos y se le negó la entrada al país, destrozó la figura, lo que fue considerado un insulto y trajo graves consecuencias.

Caballo de oro del Museo de Maoling. Crédito: Bearas / Wikimedia Commons

Los saka mataron a todos los miembros de la delegación china y se quedaron con el tesoro. Aquella fue una excusa perfecta para que el emperador declarase la guerra a Dayuan y conseguir así lo que realmente ambicionaba, los caballos celestiales. Un ejército de veinte mil hombres y seis mil jinetes al mando del general Li Guangli, hermano de la concubina favorita del emperador, marchó contra el enemigo con el convencimiento de que sería una contienda fácil. La realidad resultó un tanto distinta porque, en primer lugar, aquella tropa, aunque numerosa, se había reclutado entre jóvenes delincuentes fronterizos cuyo valor militar era escaso.

Por otra parte, para alcanzar Dayuan debían atravesar desiertos y los oasis, donde se concentraban poblaciones, se negaron a abastacerlos, por lo que debían obligarlos por la fuerza. Dado que a menudo las gentes se atrincheraban en sus ciudades y los chinos no iban preparados para realizar asedios, si no lograban tomar el sitio en pocos días no tenían más remedio que continuar la marcha. De ese modo, los chinos llegaron a Dayuan agotados, hambrientos y sin moral de combate, además de muy mermados numéricamente por la consiguiente debilidad y las enfermedades. Perdieron la única batalla que libraron y Li Guangli decidió que no estaba en condiciones de intentar asaltar la capital, así que se retiró a Dunhuang.

La noticia cayó como un jarro de agua fría en la corte Han, donde algunos consejeros eran partidarios de renunciar a la campaña y centrar los esfuerzos contra los xiongnu. Pero el emperador temía perder prestigio y envió a su general importantes refuerzos que, si bien habían sido reclutados entre presidiarios y mercenarios (los «chicos malos», los apodaban), incrementaron los efectivos hasta sesenta mil. Además, iban acompañados de un vasto tren de suministros que incluía cien mil bueyes y decenas de miles animales de carga más, entre burros y camellos. Eso les permitió evitar el abastecimiento sobre el terreno.

Estatuillas de soldados chinos de época Han halladas en una tumba con sus escudos apilados delante. Crédito: Gary Lee Todd, Ph.D. / Wikimedia Commons

De todos modos, la expedición era tan impresionante que esta vez la mayoría de los territorios y oasis no opusieron resistencia, con la única excepción de Luntai, que por ello fue arrasada. Pese a todo, Li Guangli perdió a la mitad de sus hombres por enfermedades y deserciones, lo que no le impidió sitiar Alejandría Escate cuando por fin alcanzaron Dayuan. Eso sí, tampoco pudo contar para esa tarea con los dos mil jinetes del reino aliado de Wusun, que participaban en la misión pero no quisieron intervenir en el asedio.

Los saka intentaron forzar una batalla campal para aprovechar su magnífica caballería; sin embargo, los chinos contaban con ello y sus arqueros rechazaron las cargas. A continuación desviaron el curso del río cercano para rendir la ciudad por sed, ya que allí no había pozos. Cuarenta días más tarde abrieron brecha en las murallas y entraron.

Entonces la población mató a su rey, Wugua, envió su cabeza a Li Guangli y ofrecieron una rendición que incluía entregarle todos los caballos que quisiera; si no aceptaba, los matarían y la campaña resultaría inútil. El general chino aceptó y, tras reunir tres mil caballos y poner al frente de Dayuan a un noble que les era favorable, emprendió el regreso.

Estatuilla de bronze de un jinete de la caballería Han. Crédito: Gary Todd / Wikimedia Commons / Flickr

Durante el camino dividió sus fuerzas para someter a los distintos enclaves tocarios por los que habían de pasar, que se negaban a someterse a la soberanía de los Han y habían interrumpido el tráfico caravanero. Uno de ellos, Yucheng, venció al contingente enviado, aunque luego tuvo que huir ante la llegada del resto del ejército. Finalmente fue alcanzado y ejecutado, lo que sirvió de advertencia para los demás y no volvió a haber problemas el resto del viaje, aceptando todos el dominio de China en la zona que ésta bautizó como Regiones Occidentales. También Dayuan, un año más tarde, establecería relaciones diplomáticas.

Pese a todo, el éxito de la misión fue relativo. Se consiguieron los ansiados caballos, pero el mal trato que los oficiales dispensaron a las tropas debido a su baja estofa había provocado miles de deserciones, de manera que únicamente volvieron diez mil soldados y un millar de caballos.

Algo que no importó demasiado al emperador Wudi que, satisfecho, recompensó generosamente a todos porque, además de sentar las bases de su futura cabaña equina (que alcanzaría casi medio millón de ejemplares), quedaban abiertas otra vez las vías comerciales hacia Occidente, asentando la que iba a ser conocida como Ruta de la Seda.

Fuentes

Sima Qian, Mémoires historiques | Gregorio Doval Huecas, Breve historia de la China milenaria | Anthony François y Paulus Hulsewe, China in Central Asia: The Early Stage 125 BC – AD 23: an annotated translation of chapters 61 and 96 of the History of the Former Han Dynasty | Franco Cardini & Alessandro Vanoli, La Ruta de la Seda. Una historia milenaria entre Oriente y Occidente | Zhao Xu, Heavenly horses, the four-footed legends of the Silk Road | Wikipedia

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