El Magreb paga el precio de su desunión por Francis Ghiles
El Proceso de Barcelona sigue siendo una herramienta útil, pero insuficiente. Tal vez una mayor concertación de las políticas exteriores de Francia, Italia y España (y también de Alemania y Reino Unido) en la región magrebí, sacando las lecciones positivas de la experiencia conjunta en el sur del Líbano, conseguiría dar un nuevo impulso. Habría que animar más a los países del norte de África, que se muestran incapaces de convertirse en socios fiables, a que aceleren el paso.
Este diagnóstico es severo pero necesario, ya que quiere estar al servicio de una gran ambición: la de construir el Gran Magreb de arriba abajo, la de dar a las empresas, grandes y pequeñas, privadas y públicas, el papel central que les corresponde.
Mientras Marruecos no esté en condiciones de comprar gas y amoniaco argelinos, ¿cómo pueden sus grandes empresas competir en los mercados de exportación con posibilidades de tener éxito? Mientras Argelia importe bienes y servicios de China antes que de Marruecos, ¿cómo pueden crearse empleos? Y si no se reducen los costes de producción aquí y allá, ¿cómo se pretende que afluyan las inversiones extranjeras?
¿Podemos imaginar el día en que Argelia, cuyas reservas de divisas se cifran hoy en 160.000 millones de dólares, invierta sus capitales en el Magreb antes que acumular fortunas, que se devalúan rápidamente, en bancos occidentales? ¿Podemos soñar un día que Marruecos deje de temer que Argelia le corte un gas que todavía no le ha comprado?
El Magreb tiene una bandera que no ondea en ninguna parte. Son las jóvenes generaciones las que tienen que hacer frente al reto que sus mayores parecen rechazar.

