Barbarie, religión y progreso por Juan Luis Cebrián

Convertir las civilizaciones en sistemas cerrados, autárquicos, incomunicados entre sí, capaces de confrontarse o aliarse, como en un orden militar, es una impostación ficticia al servicio de la política. La civilización, el progreso como tal, está hecho precisamente de muchas culturas, de muchas y variopintas civilizaciones que a cada rato reciben préstamos del prójimo y otorgan dádivas de su propia identidad. No hay, ni ha habido nunca, desarrollo humano sin mestizaje. Pero si se entienden las civilizaciones como compartimentos casi estancos, en vez de como el fruto indeciso, y aun difuso, del devenir de la sociedad, es fácilmente comprensible también la ambición que padecen quienes contemplan el mundo desde la globalidad de una verdad revelada: asumen siempre la civilización propia como la más avanzada y deseable para la humanidad, y se disponen a extenderla no importa utilizando qué métodos. Los imperios coloniales europeos construyeron, así, el mito conceptual del Oriente, al que correspondió enseguida la autoidentificación de Occidente, común denominador utilizado hoy por Bin Laden para señalar los objetivos de sus acciones terroristas. De nada sirve, por ejemplo, contemplar la evolución reciente de Japón, cuya sociedad asume rasgos culturales de los típicamente llamados occidentales, integrándoles en una tradición milenaria que hace siglos fue penetrada igualmente por el budismo zen.

El establecimiento de identidades formales, diferentes y opuestas entre sí, es condición básica para el juego del poder. Lo mismo nos permite invadir Irak que seleccionar la raza o el carácter de los individuos, como hizo Hitler en su día y pretende ahora emular Tony Blair.

Amartya Sen ha escrito un libro memorable (Identity and Violence) donde pone de relieve que las muchas identidades que suelen coincidir en un individuo o grupo suelen ser complementarias y no discriminatorias entre sí. Su reconocimiento da sentido a la democracia, al ejercicio de la libertad y al pluralismo de las sociedades modernas. Uno puede ser a la vez catalán, español, europeo, arquitecto, hombre o mujer, moreno o rubio, alto o bajo, cristiano, judío o musulmán, sentir su identidad en todas esas cosas a la vez, y de manera prioritaria en alguna de ellas, según las ocasiones. Una identidad no anula a las demás, ni tiene por qué ser contradictoria con ellas.

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