Barbarie, religión y progreso por Juan Luis Cebrián
Sen discute la idea -tan extendida- de que los conceptos de libertad, de tolerancia o de convivencia entre religiones e ideologías plurales y diferentes, son prioritaria u originariamente occidentales. Pone numerosos ejemplos de pensadores y gobernantes musulmanes que fueron más respetuosos con las libertades religiosas de sus súbditos que lo eran sus contemporáneos cristianos. Por lo demás, insiste en que una identidad impuesta o heredada, mantenida en nombre de los principios o de la tradición, no es comparable a la que es consecuencia de una elección libre. Es la libertad de los ciudadanos, su derecho a elegir, lo que caracteriza a las democracias. Coincido, por lo mismo, con él en que la multiculturalidad sólo es plausible y beneficiosa cuando se produce como corolario de la diversidad pluralista que emana del ejercicio de la libertad. El multiculturalismo ejercido en nombre de principios heredados a través de la familia o la religión, e impuestos a veces coactivamente por el entorno social, no puede merecer la protección ni la simpatía de los poderes del Estado. Por eso la escuela pública debe instruir acerca de las diversas religiones y su papel histórico, político y social, pero desde el punto de vista democrático es inadmisible establecer en ella aulas para el adoctrinamiento religioso, cualquiera que sea la confesión que se propague.
Estas son cuestiones que merecen un mejor análisis tanto a la hora de hablar del diálogo o la alianza de civilizaciones como a la de plantearse los problemas generados por la oleada de inmigrantes, legales o no, que llega a los países desarrollados. Una sociedad democrática es lo menos parecido a una sociedad homogénea, pero no puede convertirse en una federación de tribus en la que cada una establezca sus propias normas de comportamiento y su relación con el resto. Por mucho que dialoguen entre sí. Es preciso el establecimiento de unos valores comunes, que quizá puedan reducirse a un solo enunciado: el ejercicio de la libertad. Sólo desde esa plataforma, que presupone el respeto al otro y la duda sobre el yo, podrá construirse el diálogo y el acuerdo.

