Barbarie, religión y progreso por Juan Luis Cebrián
En su prólogo al famosísimo libro de Ibn Hazm, El Collar de la Paloma, don José Ortega y Gasset insiste en su apreciación de que "la Edad Media europea es inseparable de la civilización islámica ya que consiste precisamente en la convivencia, positiva y negativa a la vez, del cristianismo y el islamismo sobre un área común impregnada por la cultura grecorromana", lo que le lleva a concluir que los primeros escolásticos no fueron los monjes de Occidente sino los árabes, a los que Aristóteles llega antes que a la mayoría de los pensadores cristianos.
La idea de que son las religiones las que limitan y definen el entorno de la civilización ha llevado a sugerir que ese es el motivo fundamental por el que el progreso fue diferente a ambas orillas del Mediterráneo. Pero si lo fue, y cuando lo ha sido, se debió fundamentalmente a las imposiciones del poder. Sin las Cruzadas y la Inquisición, sin la insidiosa Reconquista ibérica, podríamos -¿quién sabe?- haber asistido al florecimiento de una civilización mediterránea, ecuménica y no sincretista, en la que convivieran diversos legados de la cultura grecolatina, lo mismo que conviven hoy las dos Europas, la de la cerveza y el vino, la de la mantequilla y el aceite de oliva, en una sola idea de democracia. El poder religioso, aliado con el trono, se encargó sin embargo de eliminar el pluralismo, tanto en el seno del islam como en el de la cristiandad. Los liberales de unas y otras religiones sufrieron persecución y exilio por los poderes de esta tierra. Lo único que podemos decir ahora es que no tuvo que ser así, y que todavía podría no ser así. Ojalá (ua xa Alah) que la Alianza de Civilizaciones, impulsada por Rodríguez Zapatero y las Naciones Unidas, sirva al menos para reflexionar al respecto, escapando a la tentación, demasiado evidente, de convertirse en un elemento más de la propaganda política.

