El hombre de Kabul – Spojmai Zariab

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Asombrado, piensa en la tiranía del tiempo, en su propia hija, que en su ausencia se convirtió también ella en mujer y piensa en esa niñez robada y en su paternidad perdida para siempre.

Este relato me conmovió sobremanera. Por entonces yo era joven y no sabía qué era la pobreza. No tenía otras preocupaciones que acompañar a don Quijote en sus aventuras, compartir la melancolía de Renée, reír con Moliere, descubrir la enamorada Madame de Raynal, sentarme al borde del lago con Lamartine y al borde del Don apacible con Cholojov, compartir la amargura del viejo Goriot, seguir en sus venganzas al conde de Montecristo, sollozar con Fantine y Cosette, escrutar la nobleza de las palabras de Tolstoi, llorar con la muerte de Werther… Inspirada por Dostoievski, visitaba su casa de los muertos, me metamorfoseaba en insecto con Kafka y deambulaba tras las murallas de su castillo, escuchaba las palabras de Sartre y el doblar de las campanas de Hemingway, me lanzaba con Proust en busca del tiempo perdido, admiraba el Cristo de nuevo crucificado de Kazantzakis, vivía los cien años de soledad de García Márquez, olvidando al hombre de Kabul y sus sufrimientos en el exilio.

Yo, que estaba al abrigo de la miseria y había conocido la guerra sólo a través de los libros, me veía también al abrigo del exilio hasta el final de mis días…

En esa época ignoraba que un día, a mi pesar, la mano injusta de la historia haría de cada afgano el Hombre de Kabul de Tagore, que la locura de la historia dividiría a todo un país dispersando a los afganos por todo el mundo, lejos de sus padres, madres, hijos y hermanos.

No conozco entre mis allegados una sola familia a quien el desgarramiento del exilio no haya golpeado y que, sin haber leído Tagore, no haya vivido la historia del hombre de Kabul ni haya padecido su dolor en carne propia.

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