Un mundo de contrastes por Doris Lessing

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Pero yo tengo presente la escuela en medio de la polvareda, en el noroeste de Zimbabwe. Miro esos rostros ligeramente expectantes y trato de contarles lo que he visto una semana antes […] Estoy segura de que cualquiera que haya pronunciado un discurso […] conoce ese momento en que los rostros que está mirando se vuelven inexpresivos. Nuestros auditores no entienden lo que decimos: ninguna imagen mental corresponde a lo que les explicamos. En este caso en particular, ninguna imagen de escuela rodeada de nubes de polvo donde el agua escasea y donde el festín del final del trimestre es una cabra que se acaba de sacrificar guisada en una gran marmita.

¿Les es realmente imposible imaginar una pobreza tan desnuda?

Hago lo que puedo. Ellos son chicos bien educados.

Estoy segura de que un día algunos obtendrán premios.

La charla llega a su fin. Ya con los profesores, pregunto, como siempre, si la biblioteca funciona y si los alumnos leen. Y aquí, en esta escuela para privilegiados, oigo lo que oigo siempre cuando visito escuelas de este tipo e incluso universidades.

“Usted sabe cómo son las cosas. Muchos alumnos nunca han leído nada, y la biblioteca funciona a medias.”

“Usted sabe cómo son las cosas”. Sí, en efecto, sabemos muy bien cómo son las cosas. Todos nosotros lo sabemos.

Vivimos en una “cultura en fragmentación” en la que nuestras certezas de hace sólo unas pocas décadas están en tela de juicio y donde es frecuente que hombres y mujeres jóvenes, que han disfrutado de años de estudio, no sepan nada del mundo, no hayan leído nunca nada, conozcan sólo alguna que otra especialización, los ordenadores por ejemplo. […]

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