Versos de dentro y fuera

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Usa las gafas negras como vincha, y, sosteniendo en la mano un megáfono de hojalata, inaugura la jornada con estas palabras: “Amistad es una palabra sagrada. Nunca se da sino entre gente de bien. No puede haber amistad donde existe la crueldad, la deslealtad, la injusticia”. Silvia Elena Machado está leyendo de uno de los afiches que una pequeña editorial independiente, Superabundans Haut, pegó sobre las paredes rosadas del salón de usos múltiples de la Unidad 31 del penal de mujeres de Ezeiza, en la periferia de Buenos Aires. Cada viernes, desde hace cinco años, se celebra allí un taller de poesía al que acuden entre diez y quince reclusas. Hoy es día de fiesta, pues se celebra el 2º Festival de Poesía en la Cárcel “Yo no fui”.

Un remolino de personas sigue a Silvia Elena por el salón de usos múltiples de la Unidad 31 de Ezeiza. Su voz sigue el texto del Discurso de la servidumbre voluntaria de Étienne de la Boétie: “Los malvados no se quieren entre sí, sino que se temen. No son amigos, sino cómplices.” El megáfono pasa de mano en mano, y a Silvia Elena, que regresa a la cárcel por primera vez después de diez meses de haber quedado en libertad (y que junto a otras compañeras en libertad participa de la continuidad del taller en una asamblea barrial), le sigue Laura Ross, una “interna femenina” sin fecha de salida al mundo: “Decidíos a dejar de estar sometidos…”. Otras internas, otras voces, leen con dificultad, con timidez, con palmadas en la espalda de sus compañeras. Al terminar, suenan los aplausos. Afuera es un día de sol, pero las guardiacárceles no tienen autorización para abrir la puerta al pequeño patio.

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