Las iraníes desafían a los ayatolás por Ángeles Espinosa
"El millón de firmas es lo de menos. Lo importante es educar a la gente", subraya Delaram. Las jóvenes feministas destacan el papel clave del Centro Cultural de la Mujer, abierto hace ocho años durante el mandato del reformista Mohamed Jatamí y que su sucesor, el ultraconservador Mahmud Ahmadineyad, amenaza con cerrar. Fue uno de los primeros foros en los que se habló de la Campaña. "Sacó el movimiento de las mujeres de las casas a las calles", recuerda la activista, que sin embargo se muestra muy crítica con Jatamí. "No llevó a cabo un cambio de verdad porque no modificó las leyes y ahora vuelven a utilizarlas en nuestra contra", explica.
Tahmasebi está de acuerdo. Durante las dos primeras décadas tras la revolución islámica, sólo las mujeres religiosas estuvieron presentes en el espacio público. Contribuyeron al esfuerzo de guerra (1980-1988) y a la reconstrucción posterior a través de las organizaciones de caridad. Las feministas laicas sólo pudieron emerger cuando bajo Jatamí se abrió un espacio para la sociedad civil. "Los grupos políticos abordaron por primera vez los problemas y derechos de las mujeres, pero el Consejo de Guardianes vetó las leyes aprobadas en el Parlamento", recuerda. Pero señala un avance importante: "Se abrió una discusión pública".
Aun así, el interés se siguió circunscribiendo a las élites. Los dos millares de mujeres que acudieron a la manifestación de Haft-e Tir eran universitarias y profesionales. Se dieron cuenta de que los verdaderos problemas de las iraníes eran económicos y del debate subsiguiente surgió la idea de la Campaña. "Cuando preguntamos a las mujeres qué querían cambiar, nos sorprendió que la mayoría respondió: ‘Tener derecho a salir de casa’, sin permiso, se entiende", expone Tahmasebi. Y esa aspiración es algo que une a tres generaciones de mujeres de todo el espectro social, de estudiantes a profesionales, pasando por amas de casa de las capas más modestas.

