Las iraníes desafían a los ayatolás por Ángeles Espinosa

El caso de Acheraf ratifica el acierto de las feministas. Esta mujer, que se gana la vida limpiando casas, nunca se hubiera planteado manifestarse por la igualdad, pero ha vivido en su propia piel la discriminación consagrada en la legislación iraní. Cuando el año pasado su marido, un militar, decidió divorciarse de ella por su negativa a aceptar que se casara con una segunda esposa, la puso directamente en la calle. "He estado tres meses durmiendo en un parque, así que no me venga Ahmadineyad diciendo que este país respeta mucho a sus mujeres", se queja. Ahora ha firmado gustosa una tarjeta contra el proyecto de ley para la protección de la familia que, entre otras medidas, pretende eximir al marido del permiso de la primera esposa para casarse con una segunda mujer.

Según la legislación basada en la sharía (ley islámica), un hombre puede divorciarse de su mujer con sólo decirlo tres veces ante dos testigos. Pero si una mujer inicia un proceso de separación, pierde su derecho a las propiedades familiares y a sus hijos que, a partir de los siete años, pasan automáticamente a la custodia del padre. El divorcio es, según todas las consultadas, uno de los que más llega de la Campaña. "En todas las familias hay algún problema por ese motivo", admite G. A., una presentadora de televisión divorciada, que teme el momento de entregar a su pequeña al padre dentro de dos años.

Además, las jóvenes iraníes, miembros de la llamada generación J (la de los nacidos bajo Jomeini y crecidos bajo Jamenei, que suponen un 70% de la población), no parecen dispuestas a conformarse con ser ciudadanos de segunda. "Crecimos alimentadas con los valores idealistas de la revolución y la justicia. Nos educaron para protestar contra las injusticias de la sociedad, pero luego ha resultado que todo era para la galería. Cuando hemos querido ejercer lo aprendido, el Gobierno no lo ha tolerado", se duele Mirza.

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