Michal Govrin: la maldición de errar

En la adolescencia empezó para mí un largo y complejo camino hacia la verdad, redefinida sin cesar para cada etapa de nuestra vida. Es un cuestionamiento abierto sobre el que vivo, un compromiso que llevo adelante, fiel a la ética de mi madre, la de comportarme como “un verdadero ser humano”. Eso constituye para mí la única verdadera lección que puede extraerse frente al abismo de la humanidad.
La mayoría de mis escritos, sean novelas, poemas o ensayos, tratan una y otra vez de traducir en palabras esa vivencia y ese deber singulares y extremos.
El amor de Ilana por el palestino Said la llena de un sentimiento de traición frente a su padre. ¿Puede hablarnos de eso?
La relación entre Ilana y Said resalta la dimensión apasionada, léase erótica, del conflicto israelo-palestino. Un conflicto que a fin de cuentas encuentra sus raíces en las religiones abrahámicas, fundadas en el espíritu de exclusión y una rivalidad apasionada entre hermanos.
Ese conflicto tiene consecuencias trágicas porque la lealtad hacia una de esas historias es percibida simplemente como traición inevitable hacia la otra. Ilana, que apoya el campo de la paz, piensa poder sobrepasar esa frontera incluso si traiciona el compromiso sionista de su padre. Pero a lo largo de la novela, al proseguir la lectura de los archivos del padre, comprende que el sueño de paz alimentado por éste no es alejado del suyo, mientras que por el contrario cuando ocurre la Guerra del Golfo y la Intifada se siente traicionada por Said y los miembros de la compañía teatral palestina que, poco a poco, le niegan su colaboración.

